Un charco negro apareció bajo la puerta.
Retrocedimos.
La ceniza chisporroteó.
El agua se detuvo.
Por un momento.
Luego empezó a atravesarla.
Martha miró a Ethan.
—Quiere algo.
—A mí.
—No.
Ella observó el agua.
—Si solo quisiera llevarte, ya lo habría hecho.
—Entonces ¿qué quiere?
Martha me miró.
Yo.
—¿Por qué me mira así?
La voz detrás de la puerta cambió.
Ahora era Ethan.
Pero Ethan estaba a mi lado.
—Claire.
Me cubrí los oídos.
—No escuches —dijo el verdadero Ethan.
—Claire…
La voz exterior sonaba desesperada.
—Él no es yo.
Miré a Ethan.
—No.
—El que está contigo salió del agua.
—No.
—Yo sigo aquí abajo.
—¡Cállate!
La voz comenzó a llorar.
—Por favor.
Ethan tomó mi rostro entre sus manos.
—Mírame.
Lo hice.
—No escuches.
—¿Cómo sé cuál eres tú?
Su expresión se quebró.
No tenía respuesta.
La puerta se abrió de golpe.
No había nadie.
Solo oscuridad.
Y un camino de agua negra extendiéndose bosque abajo.
Hacia el cañón.
Martha susurró:
—Nos está invitando.
—¿A qué?
—A terminar esto.
Llegamos al río poco antes del amanecer.
No sé por qué fuimos.
Quizá porque huir ya no tenía sentido.
Quizá porque todos queríamos una respuesta.
La superficie estaba inmóvil.
Ethan se acercó.
—No.
Lo agarré.
—Si entras, no vuelves.
—Eso no lo sabes.
—Tú tampoco.
Martha observaba el agua.
—Hay algo ahí.
Una figura apareció bajo la superficie.
Luego otra.
Y otra.
Docenas.
Personas.
Rostros.
Todos mirando hacia arriba.
Reconocí uno.
Sam, el barquero.
—No.
Martha jadeó.
—Sam.
Su cuerpo flotaba de pie bajo el agua.
Los ojos abiertos.
—¿Cuándo…?
Una voz surgió detrás de nosotros.
—Hace una hora.
Nos giramos.
Sam estaba allí.
De pie sobre el sendero.
Seco.
Martha retrocedió.
—No.
Sam sonrió.
—Me llamó mi esposa.
—Tu esposa lleva doce años muerta.
—Lo sé.
Su sonrisa desapareció.
—Por eso abrí la puerta.
El Sam bajo el agua levantó una mano.
El Sam junto a nosotros hizo lo mismo.
—¿Cuál es real? —susurré.
Ethan respondió:
—Ambos.
Lo miré.
—Blackwater no copia.
Miró las figuras.
—Divide.
Martha palideció.
—Eso es imposible.
—No para aquello.
—¿Qué quieres decir?
Ethan respiró lentamente.
—Cuando alguien cae, el río conserva una versión.
—¿Una versión de qué?
—De ti.
Señaló a Sam.
—Un cuerpo puede salir. Otro puede quedarse.
—¿Y cuál tiene el alma? —pregunté.
Ethan me miró.
—Esa es la pregunta equivocada.
El Sam del sendero comenzó a llorar.
—Yo recuerdo mi vida.
El Sam bajo el agua golpeó la superficie desde abajo.
—Él también —dijo Ethan.
Entonces comprendí por qué Martha nunca podía saber con certeza quién regresaba.
Tal vez ambos creían ser reales.
—¿Y tú? —pregunté.
Ethan miró el agua.
—Yo creo que soy el que salió.
—¿Crees?
—Sí.
—¿No lo sabes?
—No.
Sentí que me faltaba el aire.
—Entonces tu otra versión…
—Puede seguir ahí.
Una silueta se acercó a la superficie.
Tenía el rostro de Ethan.
Exactamente su rostro.
Sus ojos marrones.
Su misma cicatriz en la barbilla.
El Ethan junto a mí dejó de respirar.
La figura bajo el agua sonrió.
Y habló.
No sé cómo.
Pero la escuchamos perfectamente.
—Claire.
Mi mano soltó a Ethan.
—No.
La figura extendió una palma contra la superficie.
—Él te mintió.
Ethan dio un paso.
—No lo escuches.
—Él te eligió porque necesitaba que lo sacaras.
—Eso ya lo sé.
—No.
La figura sonrió.
—No sabes todo.
Miré al Ethan queestaba conmigo.
—¿Qué falta?
—Claire—
La versión bajo el agua respondió:
—Él sabía que uno de nosotros tendría que quedarse.
Silencio.
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