“¿Puede ayudarme?”, preguntó un capitán SEAL herido a la nueva enfermera, hasta que su perro de servicio paralizó toda la sala de urgencias.

—No registre mi nombre. Si aparece en el sistema, van a saber dónde estoy.

—¿Quiénes?

Mateo tragó con dificultad.

—Los mismos que mataron a mi equipo.

Antes de que Daniela pudiera responder, Sombra se levantó. No miraba a su dueño. Miraba hacia el pasillo principal.

Un hombre con uniforme quirúrgico gris estaba parado junto a la estación de enfermería. No traía gafete. No traía expediente. Solo observaba la sala 3 con una calma espantosa.

Cuando vio que Daniela lo había notado, sonrió apenas y desapareció por las escaleras.

Mateo soltó un sonido ronco.

—Mi mochila… en la silla.

Daniela fue hasta la silla de ruedas. Bajo el asiento encontró un compartimento oculto. Dentro había un teléfono satelital, una pistola negra y una carpeta amarillenta con letras rojas:

PROYECTO XOLOTL.

CLASIFICADO.

Mateo apenas movió los labios.

—No querían curarnos… querían convertirnos en armas.

Entonces el monitor cardíaco empezó a gritar.

La línea verde se volvió plana.

—¡Está en paro! —gritó Quintana—. ¡Carro rojo!

Daniela comenzó compresiones con las manos temblando. Sombra se colocó en la entrada de la sala, quieto como una sombra viva.

Y en ese instante, las luces del hospital parpadearon.

Luego todo el pasillo quedó bañado por una luz roja de emergencia.

Al fondo, el hombre de uniforme gris regresaba.

Esta vez traía un arma en la mano.

Parte 2

Daniela no era policía, ni soldado, ni heroína. Era una enfermera que sabía encontrar venas difíciles, calmar madres desesperadas y sostener la mano de un moribundo sin llorar hasta después. Pero esa noche, mientras el doctor Quintana gritaba órdenes inútiles y el capitán Mateo Arriaga yacía clínicamente muerto frente a ella, entendió que las reglas normales habían dejado de existir.

—No es un infarto —dijo Daniela, revisando la pequeña mancha negra bajo la oreja de Mateo—. Lo inyectaron con algo.

El tejido alrededor de la punción estaba oscuro, como si la piel se estuviera muriendo.

—Necesitamos atropina y pralidoxima. El hospital tiene kits para ataques químicos.

—¿Te volviste toxicóloga? —escupió Quintana.

—No, doctor. Pero él me lo dijo antes de morirse.

Los guardias llegaron con un lazo metálico para atrapar a Sombra. El perro no ladró. Saltó contra el primero y lo derribó contra una charola quirúrgica. El estruendo hizo retroceder a todos.

—¡Que alguien le dispare! —gritó Quintana.

—¡Nadie se mueve! —rugió Daniela.

Su voz cortó la sala como un latigazo. Hasta Sombra giró una oreja hacia ella.

Ramiro, el guardia caído, levantó las manos desde el piso.

—Señorita, ese perro casi me arranca el alma.

—Entonces ayúdeme a salvar al dueño antes de que decida que todos somos enemigos.

Ramiro tragó saliva.

Daniela le explicó el camino hacia la farmacia del sótano, donde estaban los antídotos. Él dudó al ver al hombre armado acercándose por el pasillo.

—Si no vuelve en 3 minutos —dijo ella—, este hombre muere. Y después morimos nosotros.

Ramiro salió por la puerta de descontaminación.

El hombre de gris disparó contra el seguro de cristal. Tres golpes secos. El vidrio se agrietó como hielo.

Sombra se lanzó antes de que la puerta abriera por completo. Sus dientes atraparon el antebrazo del atacante. El hombre no gritó; apenas soltó un gruñido. Sacó un cuchillo curvo, pero Daniela, por puro reflejo, tomó la pistola de Mateo y disparó.

El tiro no le dio a nadie. Rompió el marco metálico y llenó el aire de polvo y chispas. Pero bastó para que el atacante perdiera el equilibrio. Ramiro, regresando por el otro acceso, lo golpeó con una lámpara pesada. El hombre de gris se soltó del perro y huyó, dejando sangre en el piso.

Sombra volvió cojeando a la camilla y apoyó la cabeza sobre el cuerpo inmóvil de Mateo.

Daniela abrió la carpeta del Proyecto Xolotl mientras ventilaba manualmente al capitán. Lo que leyó le revolvió el estómago.

No era una misión militar. Era un experimento.

Una empresa privada, financiada por funcionarios corruptos, había probado un compuesto en soldados mexicanos heridos en operaciones secretas. El químico anulaba el miedo, el dolor y el agotamiento. Convertía a un hombre en una máquina capaz de pelear hasta romperse por dentro.

Todos habían muerto.

Todos, excepto Mateo.

Su sangre había resistido el compuesto. Por eso querían capturarlo. Si no podían tenerlo vivo, lo querían muerto.

—Dios mío —susurró Daniela—. Los usaron como ratas.

Ramiro volvió empapado en sudor con una caja amarilla.

—El tipo está en el sótano. Va a cortar la energía de respaldo.

Daniela tomó los autoinyectores. Primero el verde. Luego el negro. Los hundió en el muslo de Mateo, contando los segundos con los dientes apretados.

Nada.

La línea seguía plana.

—Ya se fue —dijo Quintana, con la voz rota.

—No —respondió Daniela—. Todavía no.

El desfibrilador no cargaba por la falla eléctrica. Entonces vio el teléfono satelital de Mateo, grueso, pesado, con batería industrial. Una idea absurda, peligrosa, desesperada, le cruzó la mente.

Improvisaron una descarga con cables, batería y las palas muertas del desfibrilador. Quintana gritó que era una locura. Daniela no lo escuchó.

—¡Atrás!

La descarga hizo que el cuerpo de Mateo se arqueara violentamente. Las pantallas se apagaron. El olor a quemado llenó la sala.

Por un segundo, todo fue silencio.

Daniela cayó al piso, con los brazos entumidos. Sombra soltó un gemido largo, casi humano, y puso el hocico contra la mejilla de su dueño.

Entonces Mateo respiró.

Fue un sonido brutal, húmedo, como si el alma regresara a golpes.

Abrió los ojos.

—Sombra… —raspó.

El perro ladró una sola vez y metió la cabeza bajo su mano.

Daniela lloró sin darse cuenta.

—Capitán, volvió.

Mateo intentó incorporarse. Su cuerpo ardía, sus manos temblaban, pero sus ojos ya estaban vivos.

—¿El hombre de gris?

—Sigue en el hospital.

La luz roja se apagó.

El edificio quedó en oscuridad total.

Mateo tomó la pistola, aunque apenas podía sostenerla.

—Entonces viene por mí.

Parte 3

 Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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