La oscuridad cayó sobre urgencias como una tapa de ataúd. Sin energía, los seguros magnéticos se abrieron y los pasillos quedaron libres. Pacientes y familiares se escondían detrás de camillas, rezando en voz baja. El hombre de gris ya no necesitaba fingir. Tenía el hospital entero para terminar su trabajo.
Mateo apenas podía mantenerse en pie. Una pierna de carne y 2 prótesis no bastaban cuando el veneno seguía peleando dentro de su sistema. Daniela pasó su brazo por debajo del hombro del capitán.
—No puede caminar así.
—Si me quedo aquí, los mato a todos.
—Usted no mata a nadie.
Mateo la miró con una tristeza antigua.
—Eso quisiera creer.
Sombra olfateó el piso. Había sangre del atacante. El perro empezó a avanzar en silencio, guiándolos hacia el sótano. Ramiro iba delante, con una lámpara apagada en la mano. Quintana iba detrás, temblando tanto que sus zapatos raspaban el piso.
—Cállese —susurró Mateo.
Pero el doctor no pudo controlar el miedo. Echó a correr por un pasillo lateral.
—¡Doctor! —gritó Daniela.
Un disparo seco cortó la oscuridad. Quintana cayó sin un sonido más.
Daniela quiso correr hacia él, pero Mateo la sujetó.
—Ya no podemos ayudarlo.
La frase le dolió como una bofetada, pero sabía que era verdad.
Llegaron al cuarto de oxígeno del sótano, una sala fría llena de tanques blancos y tuberías gruesas. Ramiro cerró la puerta de acero.
Mateo se deslizó contra la pared, agotado.
—Va a volar las bisagras. Es un limpiador. No negocia.
Daniela miró las tuberías. Recordó sus capacitaciones, los protocolos de gases, los riesgos de una chispa donde hubiera oxígeno concentrado. No pensó como soldado. Pensó como enfermera que conocía cada rincón de un hospital.
—No podemos ganarle con balas —dijo—. Pero podemos hacer que su propia explosión lo detenga.
Ramiro la miró horrorizado.
—¿Quiere volar el cuarto?
—No. Solo la entrada. Abriremos una línea cerca de la puerta y nos cubriremos detrás del muro de concreto.
Mateo sonrió débilmente.
—Daniela Vargas… usted nació para sobrevivir.
La cerradura metálica sonó desde afuera.
Ramiro abrió la válvula. Un silbido furioso llenó la entrada. Los 3 se arrastraron detrás del muro. Sombra se pegó al pecho de Mateo.
—Boca abierta, oídos cubiertos —ordenó Daniela.
La explosión llegó como un trueno blanco.
La puerta salió disparada. El fuego devoró el oxígeno concentrado en una llamarada feroz. El hombre de gris apareció entre humo y chispas, quemado, aturdido, pero todavía de pie. Sus gafas nocturnas se habían derretido sobre el casco. Aun así levantó el arma.
Sombra saltó.
El perro atravesó el humo como un rayo oscuro y lo derribó. El atacante cayó, pero sacó el cuchillo. Iba a hundírselo en el pecho.
—¡Sombra, fuera! —rugió Mateo.
El perro obedeció.
Mateo, con las manos temblando demasiado para disparar, usó lo único firme que le quedaba: su prótesis. Le dio un golpe brutal en el rostro al atacante, pero el esfuerzo lo venció. Cayó paralizado.
El hombre de gris se levantó, sangrando, y apuntó a la frente de Mateo.
—Las anomalías se corrigen —dijo.
Daniela apareció detrás de él.
No usó la pistola. No usó un cuchillo. Usó una jeringa del carro de urgencias que había guardado en el bolsillo. Se la clavó en el cuello y empujó el émbolo.
El hombre intentó girar, pero sus músculos dejaron de obedecer. Cayó rígido al suelo, consciente, con los ojos llenos de terror.
Daniela se arrodilló junto a él y le colocó una bolsa de ventilación en la boca.
—No voy a dejar que muera —le dijo, respirando con dificultad—. Usted va a vivir para decir quién lo mandó.
Al amanecer, la Guardia Nacional y agentes federales rodearon el hospital. El Proyecto Xolotl salió a la luz: nombres, laboratorios clandestinos, mandos comprados y soldados desaparecidos. La carpeta que Mateo había protegido con su vida destruyó a los hombres que creían poder esconderse detrás de sellos oficiales.
Daniela estaba sentada en la defensa de una ambulancia, cubierta con una manta térmica, cuando su padre llegó corriendo. El sargento Rogelio Vargas, viejo entrenador de perros, la abrazó tan fuerte que por fin ella se permitió llorar.
—Yo solo quería que trabajaras bajo techo —murmuró él, con la voz quebrada.
—Sí, papá —respondió Daniela, riendo entre lágrimas—. Muy tranquilo el turno.
Unos pasos lentos sonaron frente a ella.
Mateo Arriaga venía apoyado en 2 médicos federales. Estaba pálido, vendado, destruido… pero vivo. A su lado, Sombra caminaba con una venda alrededor del costado, orgulloso como un general herido.
Mateo se detuvo frente a Daniela. Se quitó las placas militares del cuello y las puso en su mano.
—Le pedí ayuda, enfermera Vargas —dijo—. Usted salvó mi vida, la de mi perro y el honor de mis hermanos muertos. Guárdelas hasta que vuelva por ellas.
Daniela cerró los dedos sobre el metal tibio.
—¿A dónde va?
Mateo miró los helicópteros federales que esperaban en la lluvia.
—A contar la verdad. Y a tumbar las puertas que falten.
Sombra se acercó y empujó suavemente la mano de Daniela con el hocico. Ella le rascó detrás de las orejas.
—Cuídelo, campeón.
El perro ladró una vez, firme, como una promesa.
Cuando Mateo y Sombra subieron al helicóptero, el sol comenzó a romper las nubes sobre la Ciudad de México. Daniela respiró hondo, se limpió las lágrimas y miró hacia urgencias.
La sala estaba destruida. Había cristales, humo, sangre y paredes quemadas.
Pero también había gente viva.
Y eso bastaba.
Daniela se acomodó el uniforme, apretó las placas militares contra el pecho y volvió a entrar al hospital.
Su turno todavía no terminaba.