¿QUIÉN TE HIZO ESTO?”, PREGUNTÓ EL JEFE MÁS TEMIDO DE MÉXICO…

Amalia vivía sola detrás del muro de piedra, sin poder, visitada solo bajo supervisión, aprendiendo lentamente que el amor sin control era un idioma que nunca quiso estudiar. En verano quitaron el nombre de Humberto Solórzano del muro de bronce del teatro. Naomi estuvo allí con las otras mujeres. No aplaudió. Solo vio cómo las letras se desprendían una por una. Al volver a casa, Luna la recibió con un bloque morado. —Para ti —anunció. Naomi lo aceptó con seriedad. —Gracias. ¿Es importante? —Sí —dijo Luna—. Es la parte de arriba. Naomi miró a Mateo. Él la miró de vuelta. Algo pasó entre ellos, callado y entendido. La parte de arriba se había caído una vez. Ahora estaban construyendo distinto. No perfecto. No sin dolor. Pero con verdad. Y por primera vez en años, cuando Naomi despertó a las 4:47 de la mañana siguiente, no se levantó de la cama. Escuchó la respiración de su hija por el monitor. Sintió a Mateo dormido a su lado, una mano abierta sobre la sábana entre ambos, sin sujetarla, sin reclamarla, simplemente ahí. La memoria seguía. También el duelo. También el trabajo. Pero debajo de todo, firme e imposible de negar, había algo que el accidente no mató, que Solórzano no rompió y que Doña Amalia no logró enterrar. Una vida. Su vida. Naomi cerró los ojos y, por una vez, dejó que la mañana llegara sin pelear. FIN

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