—Baja el cuchillo, mamá —ordenó Andrés.
Beatriz miró su propia mano, como si apenas comprendiera lo que sostenía. Lo dejó sobre la mesa, pero no se calmó. Tomó el pastel con ambos brazos y, antes de que alguien pudiera detenerla, lo lanzó.
Yo cerré los ojos, segura de que me golpearía.
El pastel se estrelló contra el pecho de Andrés.
La crema cubrió su camisa. Las flores de azúcar cayeron al piso y la frase “viviendo de mi hijo” quedó partida sobre sus zapatos.
Beatriz se quedó inmóvil.
Por un instante pensé que pediría perdón. En vez de eso, tomó su bolsa.
—Cuando esa mujer te quite todo, no vengas a buscarme.
Salió del restaurante sin despedirse.
Nadie fue detrás de ella.
Andrés se limpió el rostro con una servilleta. No dijo nada, pero en sus ojos vi una tristeza distinta al enojo. Era el dolor de un hijo que acababa de descubrir hasta dónde podía llegar su madre con tal de no aceptar un límite.
Los invitados ayudaron a recoger. Mis papás querían llevarnos con ellos, pero Andrés insistió en que terminaríamos la noche en casa. En el coche permaneció callado. Al llegar, metió la camisa manchada en una bolsa y la dejó sobre una silla.
—No la tires —me pidió—. Todavía no.
A la mañana siguiente mi teléfono tenía dieciocho llamadas perdidas de Beatriz.
Luego llegaron los audios.
En el primero lloraba. En el segundo me acusaba de haber destruido su reputación. En el tercero decía que me denunciaría por difamación. En el último habló con una calma que me dio más miedo que sus gritos.
—Voy a demostrarle a Andrés quién eres. Cuando vea que solo te casaste por interés, él mismo te va a sacar de su vida.
Le enseñé todo a mi esposo.
—Se acabó —dijo.
La llamó con el altavoz activado.
—Mamá, deja de contactar a Natalia.
—¿Ya te dio permiso de hablar?
—No vuelvas a insultarla.
—Yo intento abrirte los ojos. Esa mujer te separó de tu familia.
—Tú lo estás haciendo sola.
Beatriz guardó silencio.
Andrés continuó:
—Si vuelves a amenazarla, a buscar a sus padres o a publicar algo sobre ella, cortaremos todo contacto contigo.
—Soy tu madre.
—Y Natalia es mi esposa. No voy a permitir que la humilles para sentir que sigues controlando mi vida.
Beatriz colgó.
Creímos que por fin entendería. Nos equivocamos.
Esa misma tarde escribió a mis compañeras de trabajo diciendo que yo había manipulado a Andrés para quedarme con su departamento. Le mandó a mi mamá un mensaje donde le exigía que “educara mejor a su hija”. También publicó una frase en redes sobre las mujeres que entran a una familia “con cara de humildes y manos de ladronas”.
No mencionó mi nombre, pero todos sabían de quién hablaba.
Andrés tomó capturas.
—No respondas —me dijo—. Vamos a guardar todo.
Ahí empezó a cambiar algo en mí. Ya no quería defenderme con lágrimas ni tratar de convencer a Beatriz de que yo no era su enemiga. Quería pruebas.
Guardé los audios, las llamadas, sus publicaciones y los mensajes enviados a mi familia. También llamé a Raúl, mi suegro.
Él vivía solo en un departamento de la colonia Del Valle desde que se separó. Cuando le conté lo ocurrido, suspiró como alguien que ya conocía el final de esa historia.
—No fue la primera vez que hizo algo así —me dijo.
Entonces me explicó lo que casi nadie sabía.
Durante años, Beatriz había fingido caídas, escondido medicamentos y provocado escenas para comprobar quién corría a ayudarla. Una vez llamó a Andrés de madrugada diciendo que había un hombre afuera de su casa. Cuando él llegó, descubrió que solo era el repartidor de una farmacia. Otra vez hizo creer a Raúl que había perdido una joya familiar para acusar a la muchacha que limpiaba.
Pero la peor mentira ocurrió dos meses antes de nuestro aniversario.
Raúl había viajado con tres amigos a Valle de Bravo. Beatriz, que tenía gripe, insistió en que fuera. La segunda noche lo llamó llorando. Dijo que le dolía el pecho, que no sentía el brazo izquierdo y que quizá estaba sufriendo un infarto.
Raúl compró el primer boleto de regreso.
Andrés y yo fuimos a su casa pensando que encontraríamos una ambulancia. La encontramos viendo una serie, comiendo palomitas y riéndose.
—Solo quería saber si Raúl todavía me amaba —nos dijo.
Cuando él aterrizó, escuchó nuestros mensajes y comprendió el engaño. Al día siguiente empacó.
—No me fui porque dejara de quererla —me explicó—. Me fui porque convirtió mi amor en una prueba interminable.
Le pregunté si aceptaría contar la verdad frente a la familia.
Raúl tardó en responder.
—No quería exhibirla. Pero si sigue dañándolos, tendré que hacerlo.
Esa noche Andrés recibió un mensaje de su tía Clara. Beatriz estaba convocando a todos a una comida el domingo. Decía que presentaría documentos para demostrar que yo había estafado a su hijo.
Yo sabía que era imposible.
Aun así, una duda me atravesó cuando Andrés revisó la cuenta del departamento y descubrió que faltaba un expediente con nuestras escrituras y el contrato prenupcial.
Solo tres personas tenían llave de la casa.
Andrés, yo… y Beatriz.
¿Crees que Beatriz realmente tenía una prueba o estaba preparando una mentira todavía peor?
PARTE 3 Para obtener más información,continúa en la página siguiente