Sus hijos no habían comido en meses, hasta que la viuda obesa llamó a la puerta… y el ranchero la dejó quedarse.

A la mañana siguiente, Rufina ya había hecho café de olla antes de que Mateo regresara del corral.

Él no preguntó cómo supo que le gustaba cargado. Ella no dijo que lo había visto arrugar la cara la noche anterior con el café aguado que encontró en la jarra.

Emiliano apareció descalzo, con el cabello parado, caminó directo hacia ella, levantó los brazos y dijo:

—Ru.

Desde ese día, Rufina fue Ru para él.

Lupita, en cambio, tardó más.

Había aprendido a desconfiar de todo lo que parecía bueno. Se quedaba en la puerta de la cocina viendo cómo Rufina amasaba, cómo preguntaba dónde estaban las cosas, cómo obedecía cuando Lupita decía que a Milo no le gustaba el huevo muy cocido.

Rufina nunca le quitó el mando de golpe. Nunca le dijo “tú eres una niña, vete a jugar”. Al contrario, la trató como alguien que sabía cosas importantes.

Eso desarmó a Lupita más que cualquier caricia.

Pasaron las semanas.

La casa empezó a oler a pan, café, sopa caliente y ropa limpia secándose al sol.

Emiliano seguía a Rufina por todas partes y peleaba en silencio por ganarse a la gata: le ofrecía tortilla, botones, una cuchara de madera y una vez hasta un calcetín.

La gata aceptaba los regalos y luego lo ignoraba con crueldad.

Mateo observaba desde lejos.

Veía cómo su hija dejaba de apretar los hombros. Veía cómo su hijo empezaba a reír. Veía a Rufina moverse por la casa sin invadirla, como si entendiera que allí había heridas que no podían tocarse con prisa.

Una tarde llegó Diego, hermano menor de Mateo.

Entró sin quitarse el sombrero y se quedó mirando la cocina como quien confirma un rumor.

—La tía Socorro tiene cuarto listo para los niños —dijo—. Sobre todo para Lupita. Necesita una mujer de la familia, no una desconocida que un día se va a cansar.

Lupita se quedó helada. Rufina siguió amasando.

Diego no bajó la voz.

—Mi cuñada murió en ese cuarto hace 14 meses. Lupita fue quien la encontró. Esa niña ya perdió demasiado. Una mujer de paso no es ayuda, Mateo. Es otra pérdida esperando fecha.

Rufina levantó la mirada. No había enojo en su cara. Solo una tristeza quieta.

—No está equivocado —dijo.

Luego se acercó a Lupita y, sin pedir permiso, la cargó.

La niña se puso rígida un segundo, sorprendida de que alguien recordara que también podía ser cargada. Después se aflojó contra su pecho.

Esa noche, Diego discutió con Mateo hasta tarde.

Rufina no quiso escuchar, pero las paredes del rancho eran delgadas.

—Cuando se vaya, los va a destrozar —dijo Diego—. Y a ti también.

Mateo respondió después de un silencio largo:

—Estuvo enferma 3 días el mes pasado. No se fue.

Diego no tuvo respuesta. Pero dejó la duda sembrada.

Unos días después, Rufina amaneció con fiebre.

Mateo encontró la cocina fría y sintió un miedo antiguo, el mismo de cuando su esposa Elena había dejado de cantar por las mañanas.

Fue al cuarto de Rufina y la halló temblando, diciendo que estaba bien.

Él arrimó una silla y pasó la noche cambiándole paños fríos, sosteniéndole el vaso, acomodándole la cobija con manos torpes pero cuidadosas.

En la madrugada, cuando la fiebre subió, Mateo habló sin mirarla.

—Elena tarareaba cuando hacía tortillas. Yo la oía desde el establo. Nunca le dije que me gustaba. Siempre pensé que habría tiempo.

Rufina, medio dormida, respondió:

—Yo también fingí estar bien cuando murió Tomás. Fingí tanto que un día ya no supe cómo se sentía estar mal. Eso me asustó más que la tristeza.

No se dijeron más.

Pero algo cambió.

Cuando Rufina sanó, Mateo ya no se alejaba tanto.

Lupita empezó a pararse junto a ella para amasar. Emiliano dormía mejor si Rufina le decía desde la puerta:

—Aquí estoy, Milo.

Y la gata, contra todo pronóstico, permitió que el niño se sentara a su lado.

—La está venciendo —dijo Lupita una mañana.

—Solo insiste —respondió Rufina.

La niña la miró.

—Como usted con nosotros.

Rufina no pudo contestar.

En primavera, Mateo llevó a Rufina al pueblo por provisiones.

En la tienda, todos los ojos se les fueron encima.

Un hombre sonrió con malicia.

—Qué arreglo tan curioso tiene en su rancho, Cárdenas.

Mateo se quedó quieto. Luego lo miró de frente.

—Rufina mantiene mi casa en pie. Mis hijos comen. Mi hijo está subiendo de peso por primera vez en más de 1 año. No recuerdo haber pedido su opinión.

Rufina sintió que algo se le apretaba en el pecho.

Pero después oyó a una mujer murmurar junto a las telas:

—Habrá que ver para qué quiere un hombre a una mujer así. Para mirarla no ha de ser.

Rufina no dijo nada. Había escuchado cosas peores. Pero dolió igual.

En el camino de regreso, Mateo le ayudó a subir a la carreta y no soltó su mano de inmediato.

Ella tampoco la retiró.

4 noches después, él se sentó frente a ella en la cocina.

—El pueblo habla —dijo—. Yo puedo darle mi apellido. Hacer esto correcto. Permanente.

Rufina lo miró largamente.

Vio al hombre que le había cuidado la fiebre, al padre que se estaba reconstruyendo en silencio, al viudo que todavía cargaba una canción no dicha.

Entonces respondió:

—No quiero su apellido, don Mateo… pero puedo alimentar a sus hijos.

El silencio cayó pesado.

Mateo se levantó sin hablar y se fue a su cuarto.

Rufina se quedó sola.

Pensó en Diego: “una mujer de paso”.

Pensó en Lupita: “ya no dice mamá”.

Pensó en Emiliano llamándola Ru en la oscuridad.

Esa noche empezó a empacar.

Lupita apareció en la puerta, vio la bolsa y no dijo nada. Se fue al cuarto de su hermano.

Un minuto después volvió con Emiliano de la mano.

El niño, medio dormido, levantó los brazos.

—Ru.

Lupita tragó saliva.

—Quédese —susurró.

Una sola palabra, pero llevaba dentro 14 meses de miedo.

Rufina miró la bolsa. Miró al niño. Miró a la niña que por fin pedía algo para ella.

Dejó caer la ropa sobre la cama.

La gata entró, se subió encima de la bolsa y se sentó como si sellara un contrato.

Emiliano sonrió.

—Mía.

Parte 3                       Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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