Dejé la carpeta sobre la mesa y lo abracé.
Al principio su cuerpo se quedó rígido, como si no esperara ese gesto.
Pero unos segundos después me abrazó también.
— No tienes que ser fuerte todo el tiempo — murmuré —. Para eso estamos juntos.
Alejandro apoyó la frente sobre mi hombro.
— Pensé que te asustarías.
— Me asusté — admití —. Pero no por lo que imaginabas.
Nos quedamos así unos segundos.
Luego me aparté un poco y lo miré con una pequeña sonrisa.
— Primero vamos a tirar este colchón.
Alejandro soltó una risa real esta vez.
— Creo que es una buena idea.
— Y después — continué — vamos a ir al hospital juntos para que el médico me explique todo.
— ¿Juntos?
— Sí. Porque si algo pasa… lo enfrentamos los dos.
Esa noche, por primera vez en meses, el aire de la casa se sintió diferente.
Abrimos las ventanas.
Sacamos el colchón viejo al patio.
El viento cálido de Guadalajara entró en la habitación, llevándose poco a poco aquel olor que tanto me había atormentado.
Y mientras estábamos sentados juntos en el borde de la cama vacía, Alejandro tomó mi mano.
— Gracias por no rendirte conmigo — dijo en voz baja.
Apreté su mano con suavidad.
— El matrimonio no se trata de no tener problemas — respondí —. Se trata de no enfrentarlos solos.
Y en ese momento entendí algo.
A veces, lo que parece un misterio aterrador…
solo es el dolor de alguien que ama demasiado como para pedir ayuda.
Y aquella noche en Guadalajara, en medio de una habitación sin colchón y con las ventanas abiertas, nuestro matrimonio no terminó.
En realidad…
acababa de empezar de nuevo.