PARTE 1
—No vamos a volver por ti, papá. Busca cómo llegar solo al asilo; ya hiciste bastante por nosotros.
Leí el mensaje de mi hijo tres veces, sentado en una banca del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, con una maleta casi vacía entre las rodillas.
Me llamo Ernesto Salgado, tengo 68 años y durante cuarenta y un años reparé motores en Azcapotzalco. Después de que mi esposa, Elena, murió de cáncer, mi casa en la colonia Del Valle quedó demasiado silenciosa. Por eso, cuando mi hijo Diego dijo que él y su esposa, Fernanda, querían llevarme de viaje a España, creí que intentaba acercarse de nuevo.
Aquella mañana pasaron por mí temprano. Fernanda apenas me saludó y Diego casi no habló. Quise pensar que estaban cansados.
En el aeropuerto caminaron delante de mí. En el mostrador vi que Diego entregaba documentos, recibía pases de abordar y los guardaba sin darme ninguno.
—¿Y el mío?
—Ahorita te lo doy, papá. Espéranos aquí. Fernanda y yo tenemos que resolver algo.
Se fueron.
Diez minutos. Veinte. Cuarenta y cinco.
No contestaron mis llamadas.
Entonces abrí la maleta.
Mis camisas habían desaparecido. Solo había ropa vieja y una hoja con la dirección de una residencia para adultos mayores en Tlalpan.
Debajo, con la letra de Fernanda, decía: “Pregunte por la administradora. Ya está avisada”.
Fue entonces cuando llegó el mensaje de Diego.
“No vamos a volver por ti, papá. Busca cómo llegar solo al asilo; ya hiciste bastante por nosotros.”
Sentí que el ruido del aeropuerto se alejaba.
Quise comprar agua, pero mi tarjeta fue rechazada. Abrí la aplicación del banco y me quedé helado: los 780 mil pesos que Elena y yo habíamos guardado para mi vejez habían desaparecido esa misma mañana.
El concepto de la operación decía: “Boletos internacionales y servicios de viaje”.
Otro mensaje apareció.
“Considéralo pago por todo lo que gastaste criándome.”
No lloré. Solo me pregunté en qué momento mi hijo había dejado de verme como su padre para verme como una cuenta bancaria.
Entonces escuché varios pasos detenerse frente a mí.
Levanté la mirada.
Cuatro hombres de traje rodeaban a una mujer de unos sesenta y tantos años, elegante, de cabello canoso recogido. No llevaba joyas llamativas. Lo que me hizo olvidar por un segundo mi propia desgracia fue una cicatriz de quemadura que cruzaba su mano izquierda.
Yo conocía esa cicatriz.
Ella me observó largamente.
—¿Usted trabajaba en un taller de la colonia Industrial hace treinta y dos años? —preguntó.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Sí.
La mujer acercó la mano marcada.
—Me llamo Beatriz Alcántara. Usted me sacó de un incendio cuando yo estaba atrapada debajo de un estante.
El recuerdo volvió de golpe: humo, metal ardiendo, una joven gritando que no sentía la mano.
Beatriz se sentó a mi lado y miró la maleta abierta.
—No sé qué le ocurrió hoy, don Ernesto. Pero sé qué clase de hombre era usted aquella noche.
Luego dijo algo tan absurdo que pensé que había escuchado mal.
—Necesito un esposo. Legalmente. Y lo necesito antes de cuarenta y siete días.
La miré sin responder.
—Si acepta escucharme —añadió—, puedo explicarle por qué. Y también puedo ayudarlo a recuperar exactamente lo que le quitaron.
Yo ya no tenía vuelo, dinero ni un lugar al que quisiera regresar.
Así que me puse de pie y tomé mi maleta.
Y yo todavía no podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
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