PARTE 1
“Si tu hija vino a robarle la atención a Camila, entonces que aprenda a no creerse más que nadie”, dijo mi mamá, parada junto a la mesa del pastel, con unas tijeras todavía en la mano.
Yo me quedé helada.
Acababa de llegar a la casa de mi hermana Patricia, en una colonia tranquila de Guadalajara, después de un turno doble en la clínica donde trabajo como enfermera. Venía cansada, con el uniforme pegado al cuerpo y la cabeza llena de pendientes, pero tranquila porque había dejado a mi hija Regina en una fiesta familiar. No era con extraños. Era con su abuela Teresa, su abuelo Ramón, su tía Patricia y sus primos.
Camila, la hija de Patricia, cumplía 12 años. Regina tenía 11.
Esa mañana, antes de irse, Regina había estado emocionadísima. Se probó 3 vestidos hasta escoger uno color lavanda, sencillo, bonito, de esos que hacen que una niña se sienta especial sin dejar de verse niña. Lo que más le importaba era su cabello: largo, negro, ondulado, cuidado con una paciencia que me conmovía.
Yo le había hecho una media trenza con listones pequeños. Ella se miró al espejo y me preguntó bajito:
—¿No crees que me veo demasiado arreglada?
—Te ves hermosa, hija. Vas a una fiesta, no a pedir permiso para existir.
Se rió. Luego metió en una bolsa el regalo que había preparado para Camila: una pulsera hecha por ella y una carta llena de dibujitos.
Cuando la dejé en casa de Patricia, mi hermana apenas la vio de arriba abajo.
—Ay, Regina, qué producida vienes.
No me gustó el tono, pero pensé que estaba exagerando. Le di un beso a mi hija y me fui.
Horas después, al regresar por ella, la encontré sentada en la sala, con las manos escondidas entre las piernas y la mirada clavada en el piso.
Su cabello ya no era su cabello.
Se lo habían cortado a mordidas, como con rabia. Un lado le llegaba al mentón, el otro apenas tapaba la oreja. La trenza estaba deshecha en mechones tirados dentro de una bolsa de basura transparente, junto a platos de pastel y vasos con refresco.
—Regina… ¿qué pasó?
Ella levantó la cara. Tenía los ojos hinchados.
—Mamá… me lo cortaron.
Sentí que me arrancaban el aire.
—¿Quién?
No contestó al principio. Solo miró hacia la cocina.
Ahí estaban mi mamá y Patricia, como si nada. Mi papá veía el partido en la televisión. Camila tenía la cara seria, pero no parecía arrepentida. Mi sobrino Diego se reía con el celular en la mano.
—Dijeron que yo estaba arruinando la fiesta —susurró Regina—. Que todos me estaban viendo a mí.
Caminé hasta la mesa.
—¿Quién tocó a mi hija?
Patricia soltó una risa seca.
—No empieces, Laura. Solo le bajamos tantito lo llamativa.
—¿Le bajaron?
Mi mamá dio un paso al frente.
—Camila estaba llorando. Era su día. Regina no quiso hacerse una coleta ni quitarse esos listones. Se puso altanera.
—Tiene 11 años.
—Y por eso mismo debe aprender humildad —dijo mi papá sin despegar los ojos de la tele.
Regina se aferró a mi mano. Yo la sentí temblar.
—Nos vamos —dije.
Patricia murmuró:
—Haz tu drama. Al rato se te pasa. El pelo crece.
En la puerta, Camila soltó algo que me partió en 2:
—De todos modos ya no se ve más bonita que yo.
Regina bajó la cabeza, y en ese segundo entendí que aquello no era una travesura familiar, sino una humillación planeada.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
¿Ustedes habrían salido en silencio como Laura o habrían enfrentado a toda la familia en ese mismo momento?
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente