Regina no habló durante casi todo el camino. Iba pegada a la ventana, tocándose las puntas desiguales como si cada mechón cortado le doliera en la piel. Yo manejaba despacio porque las manos me temblaban tanto que tuve que detenerme 2 veces antes de llegar a casa.
Cuando entramos, le preparé leche caliente, no porque eso arreglara algo, sino porque no sabía qué más hacer con el dolor que traía atorado.
Se sentó en la cocina con mi sudadera puesta. Parecía más pequeña que nunca.
—Mamá —dijo de pronto—, yo no me dejé.
La taza casi se me cayó.
—¿Qué quieres decir?
Regina tragó saliva.
—Les dije que no. Muchas veces. La tía Paty me sentó a la fuerza. Mi abuela me agarró los brazos. El abuelo Ramón dijo: “Así se le quita lo creída”. Y Diego estaba grabando.
Sentí una presión horrible en el pecho.
—¿Te sujetaron?
Ella asintió.
—Camila decía: “Córtale más, todavía se ve bonita”.
Me arrodillé frente a ella.
—Escúchame bien, hija. Tú no hiciste nada malo. Nada. Lo que hicieron ellos estuvo mal.
—Pero la abuela dijo que si yo lloraba era porque sabía que había provocado todo.
—No. Eso se llama culparte para no hacerse responsables.
Regina me miró como si necesitara permiso para creerme.
—¿Entonces sí puedo enojarme?
La abracé.
—Puedes enojarte todo lo que quieras.
Esa noche le pedí que me contara todo, sin presionarla. Me dijo que al principio solo le pidieron que se quitara los listones. Luego Patricia le dijo que se recogiera el pelo porque “parecía quinceañera”. Regina respondió que su peinado se lo había hecho su mamá. Camila empezó a llorar diciendo que todos hablaban de Regina. Mi mamá, en lugar de calmar a la cumpleañera, tomó unas tijeras de la cocina.
—Te vamos a ayudar a verte más sencilla —le dijo.
Regina intentó levantarse. Patricia la empujó de nuevo a la silla.
Ahí entendí que no bastaba con cortar relación. Había que hacer algo más.
—Diego grabó, ¿verdad?
Regina bajó la mirada.
—Sí. Lo subió al grupo de primos, pero luego lo borró.
—Escríbele.
Ella dudó.
—¿Y si se burla?
—Que se burle. Necesitamos la verdad.
Regina tomó mi celular y escribió: “Diego, mándame el video. Quiero verlo.”
Pasaron 2 minutos. Llegó el archivo con un mensaje: “Jajaja, te viste bien intensa.”
Lo abrí.
En la pantalla, mi hija lloraba mientras Patricia le sujetaba el hombro. Mi mamá apretaba sus muñecas. Mi papá decía desde el sillón: “Ya, para que aprenda”. Camila gritaba que le cortaran el fleco. Diego se reía detrás de la cámara.
Regina no gritaba insultos. No empujaba. No provocaba.
Solo repetía:
—Por favor, no. Ya no.
Apagué el video y miré a mi hija.
—Vamos a denunciar.
No le dije “por tu bien” como si su voz no importara. Le pregunté:
—¿Quieres hacerlo?
Regina tardó un momento.
—Sí. Porque si no, van a decir que fue mi culpa.
Fuimos al Ministerio Público esa misma noche. Una licenciada llamada Herrera nos atendió. Vio el video, escuchó a Regina y pidió que se levantara el reporte. También dijo que avisarían al DIF porque había una menor agredida por adultos dentro de una reunión familiar.
Al día siguiente, mi teléfono no dejó de sonar.
Mi mamá gritó que yo estaba destruyendo a la familia. Patricia lloró diciendo que Camila estaba asustada porque el DIF fue a su casa. Mi papá mandó un audio furioso:
—Por un corte de pelo vas a meternos en problemas legales.
Yo respondí:
—No fue por el pelo. Fue porque sujetaron a mi hija mientras suplicaba.
Por la tarde, Patricia publicó en Facebook que Regina había pedido “un cambio de look” y que yo la estaba usando para vengarme de viejos pleitos. Varias tías comentaron que yo era exagerada. Una vecina escribió: “Hoy en día ya nadie aguanta nada.”
Le enseñé la publicación a Regina con cuidado. Pensé que se rompería.
Pero me miró con una firmeza que nunca le había visto.
—Sube el video, mamá.
Y cuando puse el dedo sobre el botón de publicar, supe que la verdad iba a quemar más que cualquier mentira.
¿Qué creen que debería hacer Laura ahora: proteger a Regina aunque toda la familia la odie, o guardar silencio para evitar más escándalo?
PARTE 3 Para obtener más información,continúa en la página siguiente