Mi hermana levantó mi mano frente a toda la escuela, y Valeria gritó que por fin alguien iba a pagar por salir con “la invisible”.
El auditorio del Colegio Valle Dorado explotó en risas.
Yo sentí que el vestido rosa que mi mamá me había obligado a usar me apretaba el pecho como una venda mojada.
No era mi vestido, no era mi noche y, definitivamente, no era mi idea estar parada bajo las luces del escenario mientras medio Guadalajara me miraba como si yo fuera un premio defectuoso.
—¡Mariana, bájame la mano!
—susurré, jalándola con desesperación.
Pero mi hermana sonreía nerviosa, como si acabara de cometer una travesura pequeña y no una traición pública.
—Emi, tranquila.
Es por la biblioteca.
—¡Yo no soy parte de la biblioteca!
Mi papá, desde la primera fila, me clavó esa mirada de “no hagas quedar mal a la familia”.
Él era tesorero del comité de padres y llevaba semanas presumiendo que la subasta sería un éxito.
Mi mamá, sentada a su lado, solo se acomodó el collar y murmuró algo que leí en sus labios: “compórtate”.
Eso era lo peor de ser la hermana menor de Mariana Robles.
Ella era capitana de futbol, presidenta estudiantil, reina de la kermés y la hija que todos saludaban con orgullo.
Yo era la de 15 años que chocó contra un casillero el primer día de clases, la que se trabó en una exposición y vomitó junto al podio en secundaria, la que aprendió a caminar pegada a las paredes para no llamar la atención.
El maestro Carranza intentó salvar la situación.
—Bueno, parece que tenemos a una nueva voluntaria para la cena con tarjeta de regalo de 2500 pesos en La Terraza de Don Julián.
¡Un aplauso para Emilia Robles!
Nadie aplaudió al principio.
Luego Valeria empezó.
Valeria Montes había sido mi mejor amiga.
Compartíamos tortas en el recreo, pulseras de hilo y secretos que yo jamás le conté a nadie más.
Luego volvió de un campamento de porristas en Puerto Vallarta con 2 amigas nuevas, uñas largas y una crueldad que parecía perfume caro.
Desde entonces me llamaba “sombra de Mariana”.
Esa tarde no solo se burló.
Sacó su celular.
—Sonrían, chicos.
Esto va directo al grupo de generación.
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