Mi hermana levantó mi mano frente a toda la escuela, y Valeria gritó que por fin alguien iba a pagar por salir con

Mi estómago se hundió.

Julia, mi mejor amiga actual, estaba de pie junto a la pared, pálida.

Hizo un gesto como diciendo que no me moviera, pero yo no entendí.

Solo vi a Diego Salazar al fondo del auditorio, mi crush desde 6 de primaria, mirando la escena con los ojos abiertos.

Pensé, con una vergüenza absurda, que tal vez si él levantaba la mano todo dejaría de doler.

Pero Diego no levantó nada.

—500 pesos —dijo alguien.

Valeria se rio.

—Yo doy 600 para que no se quede sin comprador.

Las risas volvieron.

Entonces una voz masculina cortó el ruido.

—2000 pesos.

Todos voltearon.

Era Mateo Ibarra, capitán del equipo de basquetbol, alto, serio, con la mochila colgada de un hombro y las cejas más cuidadas de toda la preparatoria.

Yo apenas había hablado con él 1 vez, cuando me pidió una pluma en matemáticas.

—2000 a la 1, 2000 a las 2… vendido —anunció el maestro.

El golpe del mazo sonó como una sentencia.

Bajé del escenario temblando.

Mariana quiso abrazarme, pero la empujé.

—Me vendiste.

—No digas eso.

—¡Eso hicieron!

Tú levantaste mi mano, papá me obligó a sonreír y mamá prefirió que me tragara la vergüenza para que nadie hablara.

Mi mamá se acercó.

—Emilia, no hagas drama.

Algo se me quebró por dentro.

No fue Valeria.

Fue escuchar a mi propia madre llamar drama a mi humillación.

Mateo apareció con unas margaritas blancas en la mano.

—No quería que esto fuera peor.

Las compré afuera.

Yo quise odiarlo, pero su voz sonó sincera.

La cita fue al día siguiente en una cafetería del centro.

Mateo no fue pesado ni presumido.

Me contó que sus compañeros lo presionaban todo el tiempo, que odiaba lanzar tiros libres cuando todos gritaban su nombre, que a veces ser popular era otra forma de estar atrapado.

Yo terminé confesándole lo del concurso de oratoria, mi miedo al club de debate y lo mucho que me dolía que Valeria usara nuestra historia como arma.

Por 1 hora, no me sentí invisible.

Por 1 hora, pensé que tal vez algo bueno podía salir de la peor noche de mi vida.

Hasta que el lunes, para demostrarle a Valeria que no había sido una cita por lástima, me acerqué a Mateo frente a los casilleros.

—¿Quieres salir otra vez este fin de semana?

Sin subasta.

Solo nosotros.

Mateo perdió el color.

—Emilia… perdón.

Creo que entendiste mal.

La pasé bien, pero no fue así.

No eres mi tipo.

El pasillo se quedó helado.

Valeria, detrás de mí, levantó su celular.

—¿Ven?

Se los dije.

Ni pagado quiso repetir.

Corrí al baño con la garganta ardiendo.

Julia entró detrás de mí, cerró la puerta y me agarró los hombros.

—Emi, escúchame.

Lo de la subasta no fue un accidente.

La miré sin respirar.

—Valeria lo planeó todo desde antes.

Parte 2

Julia me contó que Carla, la supuesta chica de la cita original, no había tenido ninguna emergencia familiar; Valeria la convenció de esconderse en el baño justo antes del anuncio, porque sabía que Mariana, desesperada por salvar el evento de mi papá, levantaría mi mano si veía al maestro Carranza en problemas.

Lo peor era que Valeria no quería solo burlarse de mí.

Había conseguido fotos de mi diario viejo, ese donde yo escribí que Diego Salazar era el único que tal vez algún día me miraría como algo más que la hermana de Mariana, y pensaba leerlas en voz alta si nadie pujaba por mí.

Julia lo vio todo demasiado tarde y, en pánico, le escribió a Mateo para que ofertara antes de que Valeria ganara la subasta.

Por eso Mateo pagó.

No por mí.

Para obtener más información,continúa en la página siguiente

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *