PARTE 1
“Lárgate antes de que llame a la patrulla… mi hijo compró este departamento para mí.”
Me quedé helada en la entrada, con dos maletas a los lados, el cuerpo molido después de seis semanas fuera de la Ciudad de México cuidando a mi hermana en Guadalajara tras una cirugía delicada. Lo único que quería era llegar a mi casa, bañarme, poner agua para un café y dormir en mi propia cama.
Pero mi casa ya no olía a mi casa.
Antes, el departamento 1202 tenía un olor muy mío: jabón de ropa con aroma a algodón, café recién molido y ese silencio profundo que se siente cuando cierras la puerta y por fin el mundo se queda afuera. Esa tarde olía a aromatizante barato de lavanda, pan quemado y humedad.
La televisión estaba a todo volumen con una telenovela de la tarde. Sobre mi sillón gris, donde yo siempre dejaba una manta tejida por mi abuela, había cojines dorados horribles con frases religiosas. Mis fotos familiares ya no estaban en la repisa. En su lugar había portarretratos plateados con fotos de Diego cuando era niño.
Y en medio de la sala estaba Teresa, mi suegra.
Usaba una bata de satín color durazno que yo reconocí de inmediato, porque Diego me había dicho que era un regalo “especial” para mí en Navidad. En una mano sostenía mi taza de cerámica pintada a mano, la última taza que mi abuela me había regalado antes de morir.
“¿Teresa?”, dije apenas. “¿Qué estás haciendo en mi departamento?”
Ella soltó una risa seca, burlona, como si yo fuera una niña haciendo una pregunta tonta.
“¿Tu departamento? Ay, Mariana, de veras que Diego tenía razón. Me dijo que ibas a volver alterada, que después de lo de tu hermana ya no estabas pensando bien.”
Sentí que la sangre me subía a la cara.
“Deja esa taza.”
Teresa miró la taza, sonrió y la puso sobre mi mesa de mármol, sin portavasos, como si quisiera dejar marca.
“Eres una exagerada. Siempre tan delicadita con tus cosas. Por eso mi hijo se cansó de ti. Me dijo todo, Mariana. Me dijo que ya no soportaba que le echaras en cara tu dinero, tus bonos, tu departamento, tus logros. Me dijo que esta casa necesitaba una mujer de verdad.”
Miré alrededor. Mis cortinas de lino habían sido reemplazadas por unas cortinas pesadas color vino, como de funeraria. En el comedor, mi lámpara moderna estaba cubierta con encaje blanco. Mi biblioteca estaba vacía a medias. Mis libros estaban amontonados en cajas.
“Diego no pudo comprarle nada”, dije, intentando mantener la voz firme. “Este departamento lo compré yo antes de casarme.”
Teresa dio un paso hacia mí.
“Eso crees tú. Mi hijo ya arregló los papeles. Mientras tú andabas de mártir con tu hermana, él hizo lo que tenía que hacer. Este lugar ahora es mío. Y tú eres basura viviendo de mi hijo.”
No sé qué me dolió más: la mentira, la invasión o verla levantar otra vez la taza de mi abuela.
“Una mantenida con título universitario”, escupió. “Eso eres.”
No grité. No lloré. No le di el espectáculo que estaba esperando.
Saqué mi celular y llamé a seguridad.
“Buenas tardes. Soy Mariana Salazar, del 1202. Hay una persona no autorizada dentro de mi departamento. Está amenazándome y se niega a salir. Necesito al jefe de seguridad y a la administradora con el registro de propietarios.”
Teresa abrió los ojos.
“No te atrevas.”
“Ya lo hice.”
“¡Esta es mi casa!”
“Tienes un minuto para juntar lo que trajiste”, le dije. “Cuando suba seguridad, vas a salir por ese elevador frente a todos.”
El elevador sonó cinco minutos después.
Entraron Ramiro, el jefe de seguridad, dos guardias y la señora Leticia, administradora del edificio. Leticia revisó su tableta sin saludar a Teresa.
“Departamento 1202. Propietaria: Mariana Salazar Robles. Compra registrada hace cuatro años. Bien adquirido antes del matrimonio. Sin copropietarios. Sin cesión. Sin usufructo.”
Teresa se puso pálida.
“Mi hijo firmó documentos.”
Leticia la miró con frialdad.
“Entonces tendrá que mostrarlos ante la autoridad. Por ahora usted está invadiendo propiedad privada.”
La sacaron en bata, con una maleta pequeña llena de mis mascadas de seda. Mientras las puertas del elevador se cerraban, Teresa gritó:
“¡Ríete ahorita, Mariana! ¡No sabes lo que Diego ya firmó! ¡Te vas a quedar sin casa, sin dinero y sin apellido!”
El silencio volvió, pero ya no era paz. Era miedo.
Leticia bajó la voz.
“Mariana… Diego vino la semana pasada con un notario.”
Sentí que el piso se me iba.
Porque en México nadie lleva a un notario a un edificio por casualidad.
Y yo todavía no sabía que lo peor apenas iba a empezar…
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