Le pidió a un desconocido que fingiera amarla para callar a su ex…

PARTE 1

—Por favor… abrázame como si me quisieras. Mi ex está mirando.

Renata Villalobos lo dijo con la garganta apretada, sujetando apenas la manga de un hombre que no conocía.

Estaban en una cena de beneficencia en un hotel de Paseo de la Reforma, de esas donde las sonrisas cuestan más que los vestidos y la gente saluda con una mano mientras con la otra mide tu apellido, tu cuerpo y tu cartera.

Renata había llegado sola.

Usaba un vestido color vino que le marcaba la cintura, los brazos y esas curvas que durante años intentó esconder con sacos enormes y ropa negra.

No era delgada.

Nunca lo fue.

Tenía caderas anchas, rostro bonito, manos nerviosas y una forma de caminar como si pidiera permiso para no estorbar.

Todo por culpa de Mauricio Arriaga.

Su ex prometido.

El hombre que durante 4 años la presentó como “la mujer de mi vida” frente a sus socios, pero en privado le decía:

—Con esa panza nadie te va a tomar en serio, mi amor.

Mauricio le quitaba el pan de la mesa.

Le cambiaba los postres por agua mineral.

Le decía que era por salud, por imagen, por su futuro.

Y cuando Renata lloraba, él sonreía como si le estuviera haciendo un favor.

—No seas dramática. Alguien tiene que decirte la verdad.

8 meses antes, Mauricio la dejó por Bárbara Luján, una influencer fitness de San Pedro Garza García que vendía rutinas, licuados detox y frases sobre amor propio mientras posaba en bikini frente al mar.

Esa noche, Mauricio estaba ahí.

Con Bárbara.

Y cuando Renata lo vio levantar la copa hacia ella con una sonrisa burlona, sintió que los 8 meses de terapia, esfuerzo y silencio se le caían al piso.

Por eso tomó al primer hombre que tuvo cerca.

Un desconocido de traje negro.

Él no reaccionó de inmediato.

Solo miró la mano de Renata sobre su brazo.

Era alto, de espalda amplia, cabello oscuro peinado hacia atrás y una presencia tan pesada que parecía apagar el ruido a su alrededor.

Sus ojos no fueron crueles.

No la recorrieron de arriba abajo.

No hicieron esa mueca horrible de los hombres que creen que abrazar a una mujer grande es un sacrificio.

Solo la miraron.

Con atención.

—Mírame —dijo él.

No levantó la voz.

No hizo falta.

Renata levantó la cara.

—¿Quién es tu ex?

Ella tragó saliva.

—El de traje azul marino. El que está con la rubia. No deja de mirarme.

El hombre no volteó enseguida.

Primero observó los ojos húmedos de Renata, sus dedos temblando y esa vergüenza vieja que se le notaba hasta en los hombros.

—¿Qué te hizo?

Renata soltó una risa pequeña, rota.

—Me convenció de que mi cuerpo era una disculpa.

Algo cambió en él.

No fue enojo explosivo.

Fue peor.

Una calma helada.

De esas que dan más miedo que un grito.

El desconocido dejó su copa sobre la charola de un mesero y tomó la mano de Renata con una firmeza tranquila.

—Entonces esta noche no vas a pedir disculpas.

La llevó al centro del salón.

La orquesta tocaba un bolero suave.

Algunos invitados voltearon.

Renata quiso soltarlo.

—No sé bailar bien.

—No tienes que hacerlo perfecto. Solo tienes que dejar de encogerte.

Él la abrazó.

No con lástima.

No con distancia.

La abrazó como si ella tuviera derecho a ocupar todo el espacio que su cuerpo necesitara.

Renata sintió que se le quebraba algo por dentro.

—Me están viendo —susurró.

—Que vean.

—Mauricio se va a burlar.

—Entonces que se atragante con su propia risa.

Renata soltó una carcajada nerviosa.

Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió ridícula.

Se sintió viva.

Pero la paz duró poco.

Mauricio caminó hacia ellos con una sonrisa torcida.

Bárbara venía detrás, fingiendo incomodidad mientras grababa con el celular escondido.

—Renata —dijo Mauricio—. Qué sorpresa. No sabía que ahora rentabas acompañantes.

Ella se puso rígida.

El desconocido no la soltó.

Solo giró despacio.

Y cuando Mauricio vio su rostro, la burla se le murió en la boca.

Se quedó blanco.

Blanco de verdad.

Como si acabara de reconocer a alguien que nadie sensato se atrevería a provocar.

—Señor… Beltrán —balbuceó.

Renata sintió un frío recorrerle la espalda.

Mauricio, el hombre que la humilló durante años, estaba temblando frente al desconocido que acababa de abrazarla.

Y entonces el salón entero guardó silencio.

PARTE 2:Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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