PARTE 1
—No se lo acerquen todavía. Primero necesito saber si nació niño.
La voz de Rodrigo atravesó la sala de parto como un cuchillo. Yo seguía temblando sobre la cama del Hospital San Javier, en Guadalajara, con el cuerpo molido, el cabello pegado a la frente y el corazón desbordado por el llanto de mi bebé. Acababa de traerlo al mundo después de 11 horas de dolor, miedo y esperanza. Mi hijo lloraba fuerte, como si supiera que tenía que defenderse desde el primer segundo.
—Rodrigo… —susurré, apenas pudiendo respirar—. Ven. Es nuestro hijo.
Él estaba junto al ventanal, impecable con su traje gris, revisando su celular como si el parto hubiera sido una junta más. No lloró. No sonrió. Ni siquiera preguntó si yo estaba bien.
Una enfermera dijo:
—Es niño, señor.
Entonces Rodrigo levantó la cara. Por primera vez en toda la noche, sonrió. Pero no fue una sonrisa de padre. Fue la sonrisa de un hombre que acababa de cobrar un cheque.
Se acercó lentamente a la cuna térmica, miró al bebé y dijo:
—Perfecto. Ya podemos terminar con esto.
Sentí que el aire se me iba.
—¿Terminar con qué?
Rodrigo volteó hacia mí con una calma cruel.
—Con esta farsa, Mariana. Tú ya cumpliste.
Me reí nerviosa, creyendo que la anestesia me estaba haciendo escuchar cosas.
—No digas tonterías. Acabo de dar a luz.
Él se inclinó cerca de mi oído. Olía a perfume caro, el mismo que yo le había comprado con mi sueldo cuando fingía trabajar como recepcionista en una constructora.
—Ojalá nunca me hubiera casado contigo.
El llanto de mi hijo se volvió lejano. Sentí frío en los huesos.
La puerta se abrió y entró su madre, doña Eloísa Alcázar, con un abrigo blanco y perlas en el cuello. Detrás venía Jimena, la “socia” de Rodrigo, demasiado arreglada para ser madrugada, demasiado cómoda para ser visita.
—¿Ya nació el heredero? —preguntó Eloísa, sin mirarme.
—Sí, mamá —respondió Rodrigo—. Varón.
Jimena aplaudió bajito.
—Ay, qué bendición. Ahora sí la familia Alcázar vuelve a estar completa.
Intenté incorporarme, pero el dolor me dobló.
—¿Qué está pasando? Ese bebé es mío.
Eloísa se acercó a la cama con una sonrisa de lástima falsa.
—Tuviste una función, Mariana. Y la hiciste bien. No te estamos negando eso.
Rodrigo sacó una carpeta de piel negra y la dejó sobre mis piernas.
—Son los papeles del divorcio. También hay una renuncia voluntaria a la custodia. Te voy a depositar 30.000 pesos mensuales durante 1 año. Para alguien como tú, es bastante.
—No voy a firmar nada.
Jimena tomó al bebé en brazos antes de que yo pudiera tocarlo.
—Pobrecita —dijo, meciendo a mi hijo—. Está alterada. Seguro es la depresión posparto.
Eloísa chasqueó los dedos y dos hombres de seguridad aparecieron en la puerta.
—Tenemos médicos que pueden confirmar que estás inestable. Si haces escándalo, no volverás a ver al niño.
—¡Es mi hijo! —grité, extendiendo los brazos.
Rodrigo ni siquiera parpadeó.
—Mi abuelo dejó una cláusula muy clara: si yo tenía un heredero varón antes de los 35, recibía el control total del fideicomiso familiar. Tú fuiste útil, Mariana. No confundas utilidad con amor.
Me sacaron de la habitación en silla de ruedas, todavía débil, todavía sangrando, todavía suplicando ver a mi bebé. Las enfermeras bajaron la mirada. Nadie quiso meterse con los Alcázar.
Me dejaron en la entrada de urgencias con una bolsa de ropa, la carpeta del divorcio y la lluvia cayéndome encima.
Desde la banqueta vi la ventana iluminada de la suite donde Jimena sostenía a mi hijo como si fuera suyo.
Entonces recordé algo que ellos jamás supieron: Mariana Soto no existía.
Mi verdadero nombre era Mariana Iturbide Rivas, única hija del grupo financiero más poderoso de México.
Y Rodrigo Alcázar acababa de cometer el error más caro de su vida.
No podía imaginar lo que iba a pasar cuando la mujer pobre que despreciaron regresara a reclamarlo todo.
PARTE 2 Continua en la siguiente pagina