Me quedé bajo la lluvia hasta que dejé de llorar. No porque se me hubiera quitado el dolor, sino porque entendí que las lágrimas no iban a devolverme a mi hijo.
Metí la mano en el forro roto de mi chamarra de mezclilla. Ahí, cosida por dentro, estaba la única pieza de mi vida anterior que nunca me atreví a tirar: una tarjeta negra de titanio y un teléfono satelital diminuto.
Lo encendí con los dedos temblando y marqué el número que me sabía de memoria.
—Residencia Iturbide —contestó una voz grave.
—Don Julián… soy yo.
Hubo silencio.
—¿Señorita Mariana?
Escuchar mi nombre real me partió el alma.
—Necesito a mi padre. Y necesito al equipo legal completo. No a los abogados elegantes de juntas. Quiero a los que no negocian. Quiero a los que destruyen.
—Su padre la buscó durante 3 años.
Miré hacia la ventana del hospital.
—Dígale que encontró a su hija… pero que le robaron a su nieto.
En menos de 9 horas, un avión privado aterrizó en Guadalajara. Mi padre, Ernesto Iturbide, bajó sin guardaespaldas visibles, pero con la mirada de un hombre capaz de comprar una ciudad entera si alguien tocaba a su familia.
Cuando me vio, no dijo nada. Me abrazó. Y por primera vez desde que Rodrigo me echó, volví a sentirme viva.
—Perdóname, papá —murmuré.
—No —respondió él—. Perdóname tú por no haberte encontrado antes.
Durante los siguientes meses desaparecí del mapa. Para Rodrigo, yo era una mujer rota que había aceptado su destino. Para la prensa, el nacimiento del “heredero Alcázar” fue portada de revistas sociales. Jimena salía en fotos cargando a mi hijo. Eloísa presumía que por fin tenía “un nieto de sangre fuerte”. Rodrigo, con el dinero liberado por el fideicomiso, empezó a comprar departamentos, caballos, relojes y voluntades.
Pero no cuidaba a Nicolás. Mi hijo vivía entre nanas, cámaras y protocolos. Eso fue lo primero que documentamos.
Mis abogados consiguieron testimonios de enfermeras, transferencias sospechosas al hospital, recetas falsas, diagnósticos fabricados y videos donde Rodrigo admitía que se había casado conmigo por la cláusula del abuelo. Don Julián, que había sido director de seguridad de mi familia durante 30 años, encontró algo peor: Rodrigo había usado parte del fideicomiso para cubrir deudas de sus empresas quebradas.
—No basta con recuperar a Nicolás —le dije a mi padre una noche, en la casa familiar de Las Lomas—. Quiero que todos vean lo que son.
Mi padre dejó su copa sobre la mesa.
—Entonces no los vamos a atacar por fuera. Los vamos a comprar por dentro.
A través de fondos privados y empresas intermediarias, Grupo Iturbide empezó a adquirir deuda de Constructora Alcázar, sus hipotecas, sus pagarés, sus contratos vencidos. Rodrigo creyó que un inversionista misterioso lo estaba rescatando. Su ego lo volvió ciego.
La oportunidad llegó en el bautizo de Nicolás, organizado en una hacienda de lujo en Tequila. No me invitaron como Mariana Soto. Me invitaron como la presidenta de un fondo internacional que acababa de convertirse en su mayor inversionista.
Llegué vestida de negro, con el cabello recogido, lentes oscuros y escolta propia.
Rodrigo vino hacia mí sonriendo.
—Licenciada, es un honor tenerla aquí.
—El honor dependerá de lo que encuentre —respondí.
Él no me reconoció. Jimena me miró de arriba abajo, incómoda. Eloísa intentó medir mi apellido por la calidad de mis joyas.
Entonces escuché el llanto de mi hijo.
Nicolás estaba en brazos de una nana, lejos del altar, mientras Jimena posaba para las cámaras fingiendo ternura.
Me acerqué a él. Mi bebé me miró. Yo no sé si un niño de 6 meses puede recordar el olor de su madre, pero en cuanto estiró sus bracitos hacia mí, supe que mi alma había vuelto al cuerpo.
Rodrigo se puso rígido.
—No toque al niño.
Me quité los lentes.
—¿Ahora sí te importa quién lo toca?
El rostro de Rodrigo perdió todo color.
—Mariana…
Sonreí sin alegría.
—No. Ese fue el nombre de la mujer pobre que tiraste a la calle. Mi nombre es Mariana Iturbide Rivas.
Y antes de que Rodrigo pudiera inventar otra mentira, las pantallas del salón se encendieron con el video que iba a hundir a toda su familia.
PARTE 3 Continua en la siguiente pagina