Mordi la mano de Mauricio con tanta rabia que sintió el sabor a sangre. Él soltó un gruñido y logré zafarme lo suficiente para patearlo y tirar una lámpara de buró que estalló contra el piso. El estruendo resonó por toda la casa. Corrí hacia la puerta, pero estaba cerrada con llave por fuera. Estábamos atrapados.
En cuestión de segundos, la puerta se abrió de golpe. Doña Rosario estaba ahí, perfectamente peinada, sin una arruga en su bata de dormir, como si llevara horas esperando en el pasillo. Detrás de ella asomaba Elena, la esposa de Mauricio, pálida como un fantasma. Yo temblaba de pies a cabeza, señalando a Mauricio, esperando que doña Rosario llamara a la policía. Pero lo que salió de la boca de esa mujer me heló la sangre.
“¡Qué vergüenza, Valeria!” gritó doña Rosario, fingiendo indignación. “¡Tu primera noche en esta casa y ya estás provocando a tu cuñado!”
Mauricio, acomodándose la camisa con total cinismo, agachó la cabeza. “Mamá, escuché un ruido, entré a ver si Mateo estaba bien, y esta loca se me echó encima. Quiso aprovecharse.”
Yo me quedé muda. El descaro era tan monstruoso que me dejó sin aire. Miré a Mateo en el suelo; doña Rosario ni siquiera se dignó a levantarlo. Me acerqué a él para quitarle la mordaza, llorando de impotencia. Al día siguiente, doña Rosario convocó a la familia. Frente a tíos y primos, me humillaron. Me quitaron mi credencial del INE y mi celular con la excusa de que “no estaba bien de los nervios”. Y entonces, sacaron el pagaré. Resultó que doña Rosario había inflado la deuda con intereses usureros y “gastos médicos fantasmas”. Si yo hablaba, si intentaba huir, embargarían la casita de lámina de mi madre y le quitarían el tratamiento. Estaba secuestrada.
Los meses siguientes fueron un infierno. Fui rebajada a la sirvienta de la casa. Mauricio me miraba con burla cada que pasaba, sabiendo que yo no podía hacer nada. Pero no contaban con dos cosas. La primera, que el dolor te hace más inteligente. La segunda, que Elena, la esposa de Mauricio, también estaba harta del infierno. Una noche, mientras lavábamos los trastes, Elena deslizó un viejo celular de prepago dentro de la bolsa de mis delantales. “Ponlo a grabar y escóndelo. Yo ya no puedo proteger a mis hijos de este monstruo,” me susurró sin mirarme.
Desde ese día, me convertí en una sombra que escuchaba. Escondía el teléfono bajo los cojines de la sala, detrás de las macetas, en la cocina. Grabé cómo doña Rosario instruía a las sirvientas para que no me dejaran salir sola. Grabé cómo Mauricio se burlaba de que mi mamá estaba “viviendo de fiado”. Pero el golpe maestro llegó una tarde calurosa de mayo.
Había escondido el teléfono en la oficina de la maderería. Mauricio y doña Rosario estaban bebiendo tequila, discutiendo por dinero. De pronto, Mauricio levantó la voz: “¡No me exijas, mamá! Sabes muy bien que si yo hablo de lo que pasó hace cuatro años, te hundes conmigo. Yo le aflojé los seguros a la sierra eléctrica, sí, pero tú me diste la orden para quitar a Mateo del testamento de mi papá. ¡Le quitamos las manos por tu avaricia, y ahora tú me tapas lo de Valeria o te hundo!”
Cuando escuché esa grabación esa misma noche en la oscuridad de mi cuarto, junto a Mateo, los dos lloramos. Mateo no había perdido las manos en un accidente; su propia sangre lo había mutilado por la herencia. Mateo, con los ojos inyectados en rabia, me miró y asintió. Era momento de destruir a esa familia.
La oportunidad perfecta llegó en el “Cabo de Año”, la misa del primer aniversario luctuoso del difunto padre de Mateo. Toda la familia, el sacerdote, los compadres ricos y las autoridades del pueblo estarían en la gran sala de la casa. Doña Rosario había planeado usar ese día para obligarme a firmar un documento donde yo cedía todos los derechos maritales y me declaraba “incapaz”. Se acercó a mí con el papel y una pluma frente a todos. La sala estaba en silencio. Lo que ella no sabía era que yo había conectado el viejo celular de Elena a las bocinas de la casa por Bluetooth. La tensión era insoportable. Era ahora o nunca…
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