Nunca lo hacía con brusquedad cuando era ella. Solo giró la manija y, al notar el seguro, dijo desde afuera:
—Isabela.
Su voz no era dura. Eso la asustó más.
—Estoy bien —respondió, intentando sonar normal.
—Abre.
Ella respiró hondo. Se miró al espejo. Tenía los ojos rojos, el cabello recogido de cualquier manera y la cara pálida. No parecía la mujer elegante que él había conocido en aquella gala benéfica, meses atrás, cuando ella tocaba el violonchelo para recaudar fondos para niños con cáncer. Parecía una muchacha perdida en una casa demasiado grande.
Abrió la puerta.
Damián estaba allí, con su traje negro, la camisa abierta en el cuello y el cansancio marcado en el rostro. No parecía un monstruo. Ese era el problema. Nunca lo había parecido con ella.
A sus treinta y ocho años, Damián Santoro tenía la mirada de un hombre acostumbrado a dar órdenes y cargar muertos ajenos en la conciencia. Pero cuando miraba a Isabela, algo se le desarmaba.
—¿Por qué estás llorando? —preguntó.
—No estoy llorando.
Él bajó la vista a sus manos. Ella las tenía apretadas contra el abdomen.
—Isabela.
Ella se apartó.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Siempre dices algo, aunque no abras la boca.
Damián entró despacio al baño. Su presencia llenó el espacio. Olía a lluvia, a perfume caro y a calle. Isabela retrocedió un paso, no porque le tuviera miedo físico, sino porque le tenía miedo a lo que sentía cuando él estaba cerca.
—El médico vino esta mañana —dijo él.
Isabela levantó la mirada de golpe.
—¿Qué médico?
—El que atendió a mi madre. Dijo que te vio salir de la farmacia.
La sangre se le bajó a los pies.
—¿Y ahora también mandas a vigilar lo que compro?
—No. Pero en esta casa todo el mundo habla.
—Claro —dijo ella con una sonrisa amarga—. En esta casa todos hablan menos cuando deberían decir la verdad.
Damián apretó la mandíbula. Durante meses, esa frase había sido una herida abierta entre ellos. La verdad.
La verdad era que Isabela había sido acusada de pasar información de los Santoro a una familia enemiga. La verdad era que Damián había encontrado transferencias bancarias a su nombre, llamadas registradas desde su teléfono y una carpeta con documentos privados en su computadora. La verdad era que ella juró que no lo hizo, pero él, rodeado de pruebas falsas y de hombres que le exigían sangre, no supo creerle a tiempo.
Y la verdad más dolorosa era que Isabela, para proteger a su hermano menor, había aceptado callar parte de la historia.
Porque Tomás, su hermano, estaba endeudado con gente peligrosa. Y alguien había usado eso para obligarla a entrar en la mansión, no como espía, sino como carnada. Le pidieron que robara información. Ella se negó. Pero cuando el escándalo estalló, todos creyeron que había obedecido.
Todos menos su propio corazón, que seguía recordando cómo Damián la había mirado la primera vez que la escuchó tocar música.
—No sé qué estás insinuando —dijo Isabela.
Damián no respondió. Sus ojos se movieron por el baño: el lavamanos, el espejo empañado, la caja rota sobre el mármol.
La caja.
Isabela sintió que se le cerraba la garganta.
La había dejado ahí. Vacía. Abierta. La caja de la prueba.
Damián la tomó lentamente.
Leyó.
El aire cambió.
—¿Estás embarazada? —preguntó.
No sonó furioso. Sonó roto.
Isabela extendió la mano para quitarle la caja.
—No.
—Isabela.
—No.
—Mírame.
—¡Te dije que no!
El silencio que siguió fue tan fuerte que hasta el agua del grifo parecía un grito.
Damián bajó la vista al bote de basura.
Ella se movió rápido, demasiado tarde.
—No lo hagas.
Pero él ya se había arrodillado.
Damián Santoro, el hombre ante quien muchos bajaban la cabeza, el millonario al que nadie se atrevía a tocar sin permiso, metió la mano desnuda en el bote de basura.
—Damián, basta —dijo ella, con la voz quebrada.
Él apartó papeles, pañuelos, envoltorios. No hizo ningún gesto de repulsión. Como si la basura no importara. Como si lo único que importara en el mundo fueran aquellas dos rayas que ella había intentado esconder.
Cuando sacó la prueba, la sostuvo con ambas manos.
Dos rayas.
Positivo.
Damián cerró los ojos.
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