Parte 1: El silencio que me inquietó
Regresé a casa esa tarde sintiéndome agotada, pero algo hizo que olvidara todo: el silencio.
No era el silencio tranquilo de un bebé dormido… era algo distinto, pesado, incómodo.
Mi hija Sofía tenía apenas tres meses, y normalmente llenaba la casa con pequeños sonidos y movimientos. Pero ese día no se escuchaba nada.
—¿Suegra? —llamé desde la entrada—. ¿Dónde está Sofía?
Apareció con calma y dijo:
—No te preocupes, ya está tranquila.
Sentí un nudo en el estómago.
Fui rápidamente a la habitación y encontré a mi bebé acostada, envuelta de una forma demasiado ajustada, con muy poco espacio para moverse.
Sin pensarlo, la tomé en brazos y la acomodé con cuidado. Estaba inusualmente quieta.
Algo no estaba bien.
No dudé: salí de inmediato hacia el hospital.