El jefe de la mafia presenció cómo su asistente con sobrepeso tenía una cita romántica…

PARTE 2

Renata se levantó furiosa, tomó su bolso y caminó hacia la salida. Mauricio la siguió sin tocarla. En la banqueta, el aire frío de la noche le golpeó el rostro y la ayudó a respirar.

—Me voy sola —dijo ella.

—No.

—No me ordene nada fuera de la oficina.

Mauricio se acercó, pero esta vez su voz fue más baja.

—Renata, escúchame. Víctor Cárdenas estaba en ese restaurante. No vine solo por celos.

Ella lo miró con desconfianza.

—¿Qué tiene que ver Cárdenas?

Antes de que él respondiera, el rugido de una camioneta negra rompió la calle. El vehículo dobló sin luces por la esquina. Mauricio reaccionó antes de pensar. Se lanzó sobre Renata y la empujó contra el suelo, cubriéndola con su cuerpo.

Los cristales del restaurante estallaron detrás de ellos.

La gente gritó. Las mesas cayeron. Los guaruras de Mauricio respondieron desde la camioneta estacionada a media cuadra. El ataque duró menos de 1 minuto, pero a Renata le pareció eterno. Sintió el peso de Mauricio encima, sus brazos protegiéndole la cabeza, su respiración áspera junto a su oído.

Cuando todo quedó en silencio, él se incorporó de golpe.

—¿Estás herida? Mírame, Renata. Mírame.

—Estoy bien —jadeó ella—. Tú estás sangrando.

Una línea roja bajaba por el brazo izquierdo de Mauricio, pero él ni siquiera se miró.

—A la camioneta. Ahora.

Esta vez Renata no discutió.

El chofer los llevó a toda velocidad hacia un departamento privado en Santa Fe. Durante el camino, Mauricio no soltó la mano de Renata. Ella temblaba. Había organizado operaciones imposibles, revisado documentos peligrosos y descubierto fraudes millonarios, pero jamás había sentido la muerte tan cerca.

Al llegar, Mauricio cerró la puerta con llave. El departamento era enorme, frío, con ventanales que mostraban la ciudad como un mar de luces. Renata, todavía con el vestido manchado de polvo, encontró un botiquín en el baño y regresó a la sala.

—Siéntese.

Mauricio obedeció.

Ella cortó la manga de su camisa con unas tijeras pequeñas y limpió la herida. Tenía el pulso firme, aunque por dentro seguía rota.

—Fue Cárdenas —dijo él.

—Lo sé.

Mauricio la observó.

—¿Cómo que lo sabes?

Renata apretó la venda alrededor de su brazo.

—Porque lleva 6 meses robándote.

El silencio se volvió pesado.

—Explícate.

—Los embarques de Veracruz no cuadraban. Las facturas decían una cosa, los pesos registrados otra. Cárdenas estaba usando tus rutas para sacar dinero y culparte cuando algo saliera mal.

Mauricio se levantó a medias.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque usted no escucha. Usted ordena.

La frase lo detuvo.

Renata caminó hacia la mesa, sacó una memoria de su bolso y la dejó frente a él.

—Hace 3 semanas abrí una cuenta espejo con autorización legal de la empresa. Esta noche Cárdenas esperaba recibir 20 millones de pesos en una transferencia falsa. Nunca llegaron a sus manos. Están bloqueados en una cuenta segura, junto con pruebas de sus desvíos, sus sobornos y sus amenazas.

Mauricio la miró como si la viera por primera vez.

—La cita…

—Fue una coartada. Andrés es contador. Le pedí que me ayudara a revisar unos movimientos sin saber toda la historia. Y también sabía que usted iba a mandarme seguir.

Él soltó una risa breve, incrédula.

—Me tendiste una trampa.

—Le salvé la empresa.

—Me salvaste la vida.

Renata bajó la mirada. El enojo comenzó a mezclarse con algo más doloroso.

—Durante 5 años hice todo por usted. Me quedé hasta tarde, arreglé errores que no eran míos, aguanté miradas, comentarios, desprecios. Todos pensaban que yo era solo la asistente gorda que sabía usar Excel. Y usted…

La voz se le quebró.

—Usted era el único que quería que me viera. Pero para usted también era invisible.

Mauricio dio un paso hacia ella.

—No eras invisible.

—Entonces, ¿qué era?

Él tardó en responder.

—Eras la única persona limpia en medio de todo lo que yo había construido. La única que no me temía, la única que podía decirme que estaba equivocado. Y yo fui tan cobarde que preferí llamarlo confianza en lugar de admitir que no sabía vivir sin ti.

Renata lo miró con lágrimas contenidas.

—No me diga eso ahora solo porque otro hombre me invitó a cenar.

—No fue por él. Fue porque te vi sonreír lejos de mí y entendí que un día podías irte. Y tuve miedo.

La palabra “miedo” sonó extraña en su boca. Mauricio Salvatierra, el hombre que hacía temblar a media ciudad, acababa de decir que tenía miedo.

Renata respiró hondo.

—Si quiere que me quede, tendrá que cambiar algo más que su manera de mirarme.

—Lo que quieras.

—No. Lo que sea correcto. Se acabaron las operaciones sucias, los tratos con Cárdenas y las amenazas disfrazadas de negocios. Yo no voy a ser reina de un imperio podrido.

Mauricio se quedó en silencio. Afuera, las sirenas se perdían entre las avenidas.

—No sé si puedo salir de eso sin perderlo todo —admitió.

Renata tomó la memoria y se la puso en la mano.

—Entonces empiece perdiendo lo que nunca debió tener.

PARTE 3:Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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