PARTE 1
“Si esa niña llegó sola hasta mi puerta, alguien la mandó a morir.”
Eso pensó Rafael Mendoza cuando el guardia le avisó por el interfono que una menor estaba afuera de su residencia en San Pedro Garza García, bajo una lluvia que parecía partir el cielo.
Hacía apenas una semana, una camioneta blindada había explotado en la entrada principal. Rafael no iba dentro por una casualidad absurda: su madre le había llamado para reclamarle que nunca la visitaba. Desde entonces, nadie entraba ni salía sin revisión. Nadie confiaba en nadie.
—Dice que viene por la entrevista de limpieza —dijo el guardia, nervioso—. Que su mamá no pudo venir.
Rafael dejó el vaso de tequila sobre el escritorio. Tenía fama de empresario, pero en Monterrey todos sabían que los Mendoza habían construido su fortuna con demasiada sangre y demasiados silencios.
—Revísenla con cuidado. Si no trae nada, súbanla.
Minutos después, la puerta del estudio se abrió.
La niña tendría ocho años. Venía empapada, con el cabello negro pegado a la cara y unos zapatos escolares llenos de lodo. Lo que hizo que Rafael se quedara inmóvil fue el mandil.
Era un mandil de limpieza para adulto, enrollado varias veces en su cintura flaquita. En las manos sostenía una hoja doblada y mojada.
—Buenas noches, señor —dijo, intentando no temblar—. Me llamo Sofía Hernández. Mi mamá está enferma, pero yo vine por ella.
El mayordomo, don Tomás, bajó la mirada. Hasta los escoltas parecieron incómodos.
Rafael se acercó despacio y se agachó frente a ella.
—¿Viniste sola?
Sofía asintió.
—Tomé un camión desde la colonia Independencia y luego caminé. Mi mamá dijo que este trabajo era importante. Lloró porque no podía levantarse. Entonces me puse su mandil para que usted viera que venía en serio.
La voz de la niña rompió algo dentro de la habitación.
—¿Y qué traes ahí?
—El currículum de mi mamá. Se llama Marisol Hernández. Limpia casas, oficinas, lo que sea. También sabe usar computadora, pero nadie le da oportunidad porque se enferma mucho.
Rafael tomó la hoja. El papel estaba arrugado, con manchas de lluvia. Leyó los datos: experiencia, referencias, teléfono. Al final había una dirección escrita con otra letra.
La letra no era de Marisol.
Rafael la reconoció.
—Sofía —preguntó con mucho cuidado—, ¿quién le dio esta dirección a tu mamá?
La niña se encogió.
—Un señor. Dijo que usted podía ayudarla.
El silencio cayó pesado.
—¿Cómo era ese señor?
—Traía un anillo. Uno negro, con un águila.
Rafael sintió que la sangre se le helaba. Ese anillo no lo usaba cualquiera. Era el símbolo de la familia Mendoza.
Antes de que pudiera preguntar más, un escolta apareció en la puerta, pálido.
—Patrón… encontramos algo en la bolsa del abrigo de la niña.
Sofía retrocedió.
—Yo no robé nada, se lo juro.
El hombre extendió la mano. Dentro de una bolsa de plástico había una tarjeta metálica y un papelito.
Rafael lo abrió.
Solo decía: Sótano Oriente.
Por primera vez en años, don Tomás vio miedo en los ojos de Rafael Mendoza.
No por él.
Por la niña que estaba parada en su estudio.
Porque Sofía no había llegado a pedir trabajo.
Alguien la había usado para meter una advertencia en la casa.
Y lo peor era que esa advertencia venía de alguien con sangre Mendoza.
No podía creerse lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente