El magnate invitó a la hija de su empleada doméstica a jugar ajedrez para burlarse de ella…

La exconductora ocultó una sonrisa detrás de su copa.

El senador soltó una carcajada.

Pero Alejandro sintió algo distinto.

Por primera vez en toda la noche…

Había dejado de aburrirse.

Sus ojos brillaron.

¿Quieres jugar ajedrez conmigo?

Sofía lo observó unos segundos.

Luego respondió con absoluta tranquilidad.

-No.

Quiero enseñarle que las personas no valen por el dinero que tienen.

Y que algunas partidas se pierden mucho antes de mover la primera pieza.

Y por primera vez en muchos años…

Alejandro Salvatierra sintió una pequeña incomodidad atravesarle el pecho.

Porque aquella niña no tenía miedo.

Y los hombres acostumbrados a dominarlo todo suelen sentirse aterrados cuando descubren a alguien que simplemente no puede ser comprado.

Y esa noche…

La partida apenas estaba comenzando.

Alejandro apoyó los codos sobre las rodillas y observó a Sofía como si acabara de descubrir una nueva especie de animal.

Primero sintió diversión.

Después curiosidad.

Y finalmente algo mucho más peligroso para un hombre como él.

Orgullo.

Un orgullo herido.

Porque nadie le hablaba de aquella manera.

Mucho menos una niña con un vestido desteñido y unos tenis desgastados.

Las conversaciones alrededor comenzaron a apagarse.

El cuarteto de cuerdas dejó de tocar discretamente.

Incluso algunos meseros se detuvieron junto a las puertas de cristal.

Lucía caminó apresuradamente hacia su hija.

—Sofi, por favor…

—Mamá, está bien.

—No está bien.

—Sí está bien.

La niña tomó suavemente la mano de su madre.

—Tú siempre me dices que cuando alguien quiere hacerte sentir pequeña, debes recordar quién eres.

Lucía sintió un nudo en la garganta.

Alejandro sonrió.

—¿Y quién eres tú?

Sofía acomodó una de sus trenzas detrás de la oreja.

—Una estudiante.

—¿Una estudiante?

-Si.

—¿De qué?

—De muchas cosas.

Pero el ajedrez es mi favorito.

Varias personas soltaron pequeñas risas.

Alejandro señaló el asiento.

—Entonces siéntate.

Quiero ver cuánto dura tu confianza.

Lucía intervino.

—Señor Salvatierra, ella es una niña.

—Precisamente por eso será divertido.

—No quiero que la humillen.

Alejandro levantó una ceja.

—¿Humillarla?

¿Acaso tienes miedo de que perder?

Para obtener más información,continúa en la página siguiente

Sofía se sentó.

Tranquila.

Serena.

Como si no estuviera rodeado de empresarios multimillonarios, políticos y celebridades.

Como si estuviera sentado en la biblioteca pública de la colonia donde vivía.

Miró el tablero.

Alejandro ya había jugado e4.

Ella movió inmediatamente.

—c5.

Algunas personas intercambiaron miradas.

Alejandro sonrió.

—Defensa Siciliana.

Interesante.

—Es mi favorita.

—¿Quién te la enseñó?

—Mi papá.

Hubo un breve silencio.

Lucía bajó la mirada.

Sofía continuó.

—Muró hace dos años.

Pero antes me dijo algo.

—¿Qué te dijo?

—Que el ajedrez es el único lugar donde un rey puede ser derrotado por un peón si se vuelve arrogante.

Algunas sonrisas desaparecieron.

Alejandro movió un caballo.

—Bonita frase.

Pero las frases no ganan partidas.

-No.

Las malas decisiones sí las pierden.

El senador Rodrigo soltó una carcajada.

—Esta niña tiene lengua de abogado.

La exconductora añadió:

—O de periodista.

Alejandro continuó jugando.

Los primeros movimientos fueron rápidos.

Sofía respondió casi sin pensar.

Alejandro comenzó a tardar más.

Cinco minutos.

Diez minutos.

Quince minutos.

La música ya había desaparecido.

La fiesta estaba detenida.

Nadie bebé.

Nadie conversaba.

Todos observaban.

Lucía permanecía inmóvil detrás de Sofía.

Temía que aquello terminara mal.

Alejandro era conocido por despedir empleados por cosas mucho menores.

Entonces ocurrió algo extraño.

Alejandro dejó de sonreír.

Su expresión cambió.

Miró el tablero.

Volvió a mirarlo.

Se volteó hacia adelante.

Por primera vez en años estaba jugando seriamente.

Y por primera vez en años…

Estaba perdiendo.

El empresario de bienes raíces que estaba junto a él susurró.

—Alejandro…

¿Está bien?

Alejandro ignoró la pregunta.

Movió una torre.

Sofía respondió inmediatamente.

—Caballo a d6.

El hombre quedó inmóvil.

Miró la posición.

Su reina estaba atrapada.

Dos movimientos más tarde perdería una torre.

Cuatro movimientos más tarde perdería la iniciativa.

Y seis movimientos después…

El rey quedaría completamente expuesto.

Rodrigo Zamora se acercó.

—¿Qué pasa?

Alejandro tragó saliva.

—La niña…

La niña está jugando una variante de Fischer.

Sofía.

—No exactamente.

Es una modificación.

Mi papá y yo la estudiamos durante meses.

—¿Cuántos meses?

—Nueve.

—¿Y cuántos años tenías?

—Ocho.

Las personas comenzaron a mirarla de otra manera.

Ya no era una niña pobre.

Era algo inesperado.

Algo incómodo.

Algo que rompía el orden natural que aquella gente creía entender.

Alejandro levantó la vista.

—¿Dónde estudias ajedrez?

—En internet.

—¿Tienes computadora?

-No.

—¿Entonces?

—La biblioteca tiene dos computadoras.

Nos dejamos usar una hora al día.

Alejandro guardó silencio.

—¿Participas en torneos?

-No.

Cuestan dinero.

—¿Tienes entrenador?

-No.

—¿Libros?

Sofía levantó el ejemplar que había dejado sobre una mesa.

Era viejo.

Con las hojas amarillentas.

Las esquinas dobladas.

El título decía:

“Partidas inmortales del ajedrez”.

—Lo encontré usado en un mercado.

Costó cuarenta pesos.

Alejandro sintió una presión extraña en el pecho.

Recordó sus propios inicios.

Cuando tenía doce años.

Cuando vivía en un pequeño departamento en la colonia Guerrero.

Cuando compartía una habitación con tres hermanos.

Cuando su padre trabajaba como mecánico.

Cuando prometió que sería rico.

Tan rico que nunca volvería a sentirse menos que nadie.

Y entonces comprendió algo terrible.

En el camino se había convertido exactamente en las personas que alguna vez despreciaba.

La partida continuó.

Veinte minutos más tarde.

Alejandro respiró profundamente.

Sabía que estaba terminado.

Movió el rey.

Sofía levantó lentamente la reina.

La colocada en una casilla blanca.

Observó al magnate.

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