EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».
Durante seis meses estuvimos convencidos de que el novio de mi madre escondía otra familia.
Siempre llegaba con flores, sonreía durante la cena y trataba a todos con una amabilidad que parecía sincera.
Pero cuando el reloj se acercaba a las siete y media, se transformaba.
Miraba la hora.
Se ponía nervioso.
Tomaba su viejo maletín de cuero.
Y desaparecía.
Nunca se quedaba a tomar café.
Nunca aceptaba una segunda rebanada de pastel.
Y jamás permitía que alguien lo acompañara.
Mi madre decía que debíamos confiar en él.
Yo pensaba que estaba siendo demasiado ingenua.
Hasta que mi hija de quince años decidió seguirlo.
Aquella noche regresó a casa temblando, con los ojos hinchados de tanto llorar.
Traía el maletín del hombre entre sus brazos.
Y lo que descubrimos cambió nuestra familia para siempre.
Me llamo Mariana.
Tengo cuarenta y seis años y una hija adolescente llamada Camila.
Mi madre, doña Elena, acababa de cumplir setenta y dos años cuando conoció a Roberto.
Había pasado once años sola.
Mi padre falleció de un infarto cuando yo todavía estaba criando a Camila, y desde entonces mi madre había aprendido a vivir con una ausencia que nunca terminó de desaparecer.
Durante mucho tiempo se negó a salir con alguien.
Si una amiga le sugería conocer a un viudo, respondía que estaba demasiado ocupada.
Si alguien la invitaba a una reunión, encontraba una excusa.
Su mundo se redujo a su casa, sus plantas, la iglesia los domingos y las visitas de su nieta.
Yo intentaba convencerla de que todavía tenía derecho a enamorarse.
Ella siempre sonreía.
—Ay, hija, esas cosas ya no son para mí.
Pero todo cambió una mañana de primavera.
Mi madre participaba en un grupo de jardinería de la colonia.
Cada sábado se reunían para intercambiar plantas, semillas y consejos.
Fue allí donde conoció a Roberto Salcedo.
Tenía cincuenta y siete años.
Era alto, de cabello entrecano y una sonrisa tranquila.
Sabía muchísimo sobre rosales.
Y, según mi madre, tenía una paciencia extraordinaria para escuchar.
La primera vez que ella me habló de él, fingió indiferencia.
—Conocí a un señor muy amable en el grupo de jardinería.
—¿Ah, sí? —pregunté.
—Sí. Me ayudó a cargar unas macetas.
—Qué atento.
—También me explicó cómo salvar mi bugambilia.
La miré.
—Mamá, ¿cómo se llama?
Se sonrojó.
Mi madre, a sus setenta y dos años, se sonrojó como una muchacha.
—Roberto.
No pude evitar sonreír.
Dos semanas después, Roberto la invitó a tomar café.
Al mes siguiente comenzaron a salir juntos.
Y poco a poco vi regresar a la mujer que había conocido antes de la muerte de mi padre.
Mi madre volvió a pintarse los labios.
Compró un perfume nuevo.
Se arreglaba el cabello antes de salir.
Y una tarde apareció en mi casa con un vestido rojo que jamás se habría atrevido a comprar durante sus años de viudez.
—¿Cómo me veo? —preguntó.
Camila levantó la mirada de su cuaderno.
—¡Abuelita, pareces artista de televisión!
Mi madre soltó una carcajada.
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