Yo sentí un nudo en la garganta.
Hacía mucho tiempo que no la veía tan feliz.
Cuando conocimos a Roberto, me cayó bien.
No era presumido.
No hablaba demasiado de sí mismo.
Y nunca intentó ocupar el lugar de mi padre.
Se dirigía a mi madre con una ternura que me conmovía.
Si ella se levantaba de la mesa, él apartaba suavemente la silla.
Si hacía frío, le acercaba su suéter.
Una vez descubrió que el barandal del porche estaba flojo y regresó al día siguiente con herramientas para repararlo.
También trataba muy bien a Camila.
Le preguntaba por la escuela.
Escuchaba sus historias.
Y cuando supo que quería estudiar medicina, le regaló un libro ilustrado sobre el cuerpo humano.
—Para la futura doctora de la familia —le dijo.
Camila quedó encantada.
Parecía que mi madre había encontrado a un hombre maravilloso.
Pero había algo que no lograba comprender.
Roberto jamás se quedaba después de las siete y media.
Al principio no le dimos importancia.
Todos tenemos responsabilidades.
Quizá le gustaba dormir temprano.
Quizá tenía alguna rutina.
Pero después comenzó a resultar extraño.
Cada domingo venía a cenar.
Llegaba a las cinco y media.
Conversaba tranquilamente.
Ayudaba a poner la mesa.
Y a las siete en punto comenzaba a mirar su reloj.
A las siete y veinte ya estaba recogiendo sus cosas.
Y a las siete y veinticinco se despedía.
Siempre llevaba el mismo maletín de cuero café.
Estaba gastado en las esquinas.
La agarradera tenía una pequeña reparación hecha con hilo oscuro.
Roberto lo colocaba cuidadosamente junto a su silla.
Nunca lo perdía de vista.
Las excusas cambiaban.
Una noche decía:
—Tengo que hablar con un cliente que vive en otro país.
Otra:
—Un vecino necesita que lo ayude con una reparación.
Y otra:
—Quedé de recibir a una persona en mi casa.
Mi madre aceptaba todas sus explicaciones.
Yo no.
Una tarde le pregunté:
—Mamá, ¿no te parece raro?
Ella levantó la mirada de sus plantas.
—¿Qué cosa?
—Que Roberto siempre tenga algo que hacer exactamente a la misma hora.
Suspiró.
—Es un hombre ocupado,
PARTE3
Mariana.
—Pero nunca se queda a cenar tranquilamente.
—Sí cena con nosotros.
—Sabes a qué me refiero.
Mi madre dejó las tijeras de jardinería sobre la mesa.
—Hija, después de tantos años sola, por fin encontré a alguien que me hace feliz. No quiero pasarme el tiempo buscando razones para desconfiar.
Sus palabras me hicieron sentir culpable.
Pero mis dudas no desaparecieron.
Había otro detalle.
Después de seis meses de relación, mi madre todavía no conocía la casa de Roberto.
Él decía que estaba haciendo reparaciones.
Que tenía cosas desordenadas.
Que prefería visitarla a ella.
Además, aseguraba vivir al norte de Puebla, cerca de una zona residencial tranquila.
Sin embargo, Camila lo había visto dos veces tomar la carretera hacia el sur después de nuestras cenas.
La primera vez pensó que había ido a comprar algo.
La segunda me lo contó.
—Mamá, ¿no se supone que Roberto vive del otro lado?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué siempre se va hacia la salida de Atlixco?
Me quedé pensando.
Aquello reforzó mis sospechas.
Una noche hablé con mi tía Rosa.
Era hermana menor de mi madre y tenía un carácter mucho más desconfiado.
Cuando le conté lo que ocurría, frunció el ceño.
—Ese hombre tiene otra mujer.
—No lo sabemos.
—Mariana, tengo sesenta y ocho años. No necesito que alguien me explique cómo se comporta un hombre cuando esconde algo.
Yo no quería creerlo.
Pero empecé a observarlo con más atención.
Llegó el cumpleaños de mi madre.
Organizamos una cena pequeña en su casa.
Estaríamos mi madre, Camila, mi tía Rosa, Roberto y yo.
Compramos flores.
Decoramos la mesa.
Preparamos mole poblano, arroz y ensalada.
Mi madre hizo personalmente un pay de chocolate.
Era el postre favorito de Roberto.
Pasó toda la tarde en la cocina.
Cuando le pregunté por qué se esforzaba tanto, sonrió.
—Porque quiero que tenga una noche bonita.
Aquella respuesta me dolió.
Mi madre estaba enamorada.
Y yo tenía miedo de que alguien volviera a romperle el corazón.
Roberto llegó a las seis.
Traía un ramo de rosas rojas y una caja pequeña.
Dentro había un broche de plata con forma de flor.
Mi madre lo miró emocionada.
—Roberto, está precioso.
Él se lo colocó con cuidado.
—Lo vi y pensé en ti.
La cena transcurrió entre risas.
Camila contó una historia divertida de la escuela.
Mi tía Rosa recordó una travesura de nuestra infancia.
Roberto parecía relajado.
Incluso hizo bromas.
Por un momento pensé que quizá estábamos exagerando.
Entonces miró su reloj.
Siete y dieciséis.
Lo vi tensarse.
A las siete y veinte comenzó a guardar sus cosas.
Mi madre se levantó para traer el postre.
—Espérame, Roberto. Hice tu pay favorito.
Él miró nuevamente la hora.
Siete y veintiséis.
—Perdóname, preciosa, pero tengo que irme.
Mi madre se quedó inmóvil con el pay entre las manos.
—¿No puedes quedarte diez minutos más?
Roberto parecía verdaderamente angustiado.
—Ojalá pudiera.
Le dio un beso en la mejilla.
—Te prometo que mañana lo probamos juntos.
Después tomó su maletín.
Y salió.
Vi cómo mi madre intentaba sonreír.
—Bueno, habrá más pastel para nosotros.
Pero su voz sonó triste.
Dejó el postre sobre la mesa.
Mi tía Rosa me miró significativamente.
Yo apreté los labios.
Estaba a punto de decir algo cuando noté que Camila había desaparecido.
Su chamarra ya no estaba en la silla.
Me acerqué a la ventana.
Alcancé a ver que se subía a un automóvil de aplicación que acababa de detenerse frente a la casa.
Mi corazón dio un vuelco.
La llamé inmediatamente.
No contestó.
Le envié un mensaje.
«Camila, ¿dónde estás?»
Pasaron varios minutos.
Finalmente respondió:
«Estoy bien, mamá. Regreso pronto».
Sentí una mezcla de alivio y enojo.
No sabía qué estaba haciendo.
Pero tenía una sospecha.
Había decidido seguir a Roberto.
Los siguientes cuarenta minutos fueron interminables.
Intenté llamarla varias veces.
No contestó.
Mi madre comenzó a preocuparse.
—¿Dónde está Camila?
—Salió un momento.
—¿A estas horas?
No sabía qué responder.
Mi tía Rosa caminaba de un lado a otro.
—Te dije que ese hombre escondía algo.
Yo solamente miraba la puerta.
Entonces escuchamos un automóvil detenerse.
Corrí a abrir.
Camila entró con el rostro empapado de lágrimas.
Tenía los ojos rojos.
Respiraba con dificultad.
Y sostenía contra su pecho el viejo maletín de Roberto.
—¡Camila! —exclamé—. ¿Qué hiciste?
Mi hija no respondió.
Caminó directamente hacia la mesa.
Colocó el maletín junto al pay de chocolate.
Mi madre se levantó.
—¿Ése no es el maletín de Roberto?
Camila asintió.
—Sí, abuelita.
—¿Por qué lo tienes tú?
Mi hija comenzó a llorar todavía más.
—Por favor, no me pregunten cómo lo conseguí.
La tomé por los hombros.
—Camila, necesito saber si estás bien.
Asintió rápidamente.
—Estoy bien, mamá. No me pasó nada.
Respiró profundamente.
—Pero tienen que ver esto.
Abrió el maletín.
Y todos nos quedamos en silencio.
No había fotografías de otra mujer.
Ni cartas románticas.
Ni recibos de hoteles.
Ni un segundo teléfono.
Había un libro infantil.
Era pequeño, de pasta azul.
Las esquinas estaban desgastadas.
Algunas páginas tenían marcas de dedos.
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