EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».

Mi tía Rosa le mostró una pequeña pulsera que llevaba puesta.

Pero fue Camila quien consiguió hacerla reír.

Se sentó junto a la cama.

—Me dijeron que te gustan los cuentos de dragones.

Lucía abrió los ojos.

—¡Muchísimo!

Camila sonrió.

—Pues yo hago la mejor voz de dragón del mundo.

Roberto levantó una ceja.

—Eso está por verse.

Camila lo miró con fingida seriedad.

—Con todo respeto, don Roberto,

PARTE 5
su dragón suena como una motocicleta descompuesta.

Lucía soltó una carcajada.

Fue una risa pequeña.

Pero llenó toda la habitación.

Roberto se llevó una mano al pecho.

—¡Qué falta de respeto!

Camila hizo un rugido exagerado.

Lucía volvió a reír.

Y mi madre tuvo que secarse las lágrimas con un pañuelo.

A las ocho y cuarto, Roberto sacó el libro del maletín.

La niña extendió las manos.

—¡El del dragón!

Él se sentó a su lado.

Abrió la primera página.

La portada estaba gastada.

Algunas hojas tenían pequeños dobleces.

Lucía se acomodó entre las almohadas.

Nosotros nos sentamos alrededor.

Y entonces Roberto comenzó a leer.

Su voz era tranquila.

Cálida.

Conocía cada palabra.

En la primera página había una frase que Lucía repetía siempre con él:

—Hasta la luz más pequeña puede mostrarte el camino de regreso a casa.

La niña la pronunció al mismo tiempo.

Mi madre tomó la mano de Roberto.

Él levantó la mirada.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Pero siguió leyendo.

Aquella noche entendí por qué Roberto nunca se quedaba después de las siete y media.

No era una costumbre extraña.

No era una aventura secreta.

Era una promesa.

Una promesa hecha a una niña de seis años que había perdido a su mamá y que ahora luchaba contra una enfermedad terrible.

Cuando todo a su alrededor cambiaba, había algo que Lucía podía esperar con seguridad.

Su abuelo llegaría.

Abriría el libro.

Haría las voces de los personajes.

Y permanecería allí hasta que ella pudiera cerrar los ojos sin miedo.

Cuando Lucía finalmente se durmió, salimos al pasillo.

Roberto se apoyó contra la pared.

Parecía agotado.

Mi madre se acercó.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

Él bajó la cabeza.

—Tenía miedo de perderte.

Mi madre le acarició la mejilla.

—Roberto, yo no puedo prometerte que todo saldrá bien.

Él asintió.

—Lo sé.

—Pero sí puedo prometerte que no vas a pasar por esto solo.

Roberto comenzó a llorar.

Mi madre lo abrazó.

Y yo me quedé observándolos.

Aquel hombre que siempre parecía tan sereno llevaba meses enfrentando el miedo más grande de su vida sin permitir que nadie lo ayudara.

Esa noche dejó de hacerlo.

Los meses siguientes fueron difíciles.

Mucho más difíciles de lo que imaginábamos.

Lucía continuó con sus tratamientos.

Hubo días en que se sentía suficientemente bien para jugar.

Y otros en que apenas podía comer.

Algunas noches tenía fiebre.

Otras estaba demasiado cansada para escuchar el cuento completo.

Pero siempre pedía que Roberto estuviera allí.

Y él nunca faltaba.

La diferencia era que ahora no iba solo.

Mi madre comenzó a acompañarlo con frecuencia.

Le llevaba libros nuevos.

Pequeños juguetes.

Dibujos de flores.

Y unas mantitas suaves que ella misma tejía.

Mi tía Rosa preparaba comida para Roberto, porque descubrió que muchas veces pasaba todo el día sin alimentarse bien.

Yo lo ayudaba con trámites y citas médicas.

Y Camila encontró una nueva razón para esforzarse en la escuela.

Una tarde mi hija llegó con varios libros de ciencias.

—Mamá, quiero aprender más sobre la enfermedad de Lucía.

Me senté a su lado.

—¿Por qué?

—Porque quiero entender lo que le pasa.

Guardó silencio.

Después añadió:

—Y porque algún día quiero ayudar a niños como ella.

La abracé.

Mi hija siempre había dicho que quería estudiar medicina.

Pero hasta entonces lo veía como una profesión interesante.

Ahora había conocido a una niña que convertía cada pequeño avance en una celebración.

Y eso le dio un significado diferente a su sueño.

Lucía y Camila se volvieron inseparables.

Camila le ayudaba a colorear.

Le enseñaba canciones.

Inventaba historias.

Y, por supuesto, seguía haciendo su famosa voz de dragón.

Roberto fingía sentirse ofendido.

—Mi voz es mucho mejor.

Lucía se reía.

—¡No, abuelito! ¡La de Camila sí da miedo!

Él se llevaba una mano al corazón.

—Después de tantos años de experiencia, me han reemplazado.

Todos reíamos.

Y durante unos minutos olvidábamos que estábamos en una habitación de hospital.

Mi madre también cambió.

Antes de conocer a Roberto, su vida giraba alrededor de los recuerdos.

Hablaba de mi padre.

De los años que habían compartido.

De las cosas que nunca volverían.

Pero ahora tenía nuevos planes.

Buscaba recetas que Lucía pudiera disfrutar cuando se sintiera mejor.

Elegía colores para decorar una habitación.

Compraba semillas para plantar flores que la niña pudiera cuidar algún día.

Una tarde le pregunté:

—Mamá, ¿no tienes miedo?

Estábamos sentadas en su jardín.

Ella levantó la mirada.

—Muchísimo.

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