Pero tres meses después, todos en el asentamiento quedaron en shock por los rumores que se extendieron sobre lo que le había ocurrido a Lucía en el momento en que cruzó el umbral de la casa de su marido…
Esa palabra resonó largo tiempo en su cabeza, como algo imposible.
Lucía estaba de pie en la puerta de la pequeña habitación y por primera vez en muchos años no sentía que la hubieran acorralado.
Miraba a Nantan y trataba de entender cómo había sucedido que el hombre al que todos llamaban un salvaje cruel resultaría ser el único que le dio el derecho de decidir por sí misma.
Aquella noche no durmió durante mucho tiempo. Escuchaba el viento en las colinas, el leve crepitar del fuego y los pasos de Nantan afuera. Realmente se había quedado allí, como había dicho. No intentó entrar, no exigió nada, no le recordó que según las leyes del pueblo ella ya le pertenece.
Al amanecer Lucía salió al patio. Nantan estaba sentado junto al fuego, afilando tranquilamente un cuchillo. Al verla, solo avanzando, como si su acuerdo silencioso fuera la cosa más natural del mundo.
Y fue precisamente en ese momento cuando Lucía sintió
un sentimiento extraño, casi desconocido. Sin miedo, sin sumisión y ni siquiera gratitud.
Era algo más profundo: una llamada certeza de que quizás su vida no había terminado allí, en el pueblo donde la consideraban una maldición.
Se sentó lentamente a su lado y extendiendo las manos hacia el calor del fuego. Por primera vez en muchos años no quería huir del futuro.
Pasaron varios meses. Un día, uno de los habitantes del pueblo, al pasar por las colinas, vio por casualidad su casa.
Se detuvo y observó con asombro cómo Lucía reía ayudando a Nantan en las labores, cómo hablaban con calma y sencillez, como personas que habían encontrado la una en la otra un apoyo. Lo que vio lo conmocionó tanto que, al volver al pueblo, lo contó todo de inmediato.
El rumor se expandió al instante. La gente no creía a sus propios oídos. Precisamente la
muchacha que consideraba perdida y condenada para siempre resultó de pronto ser feliz.
Es más: había logrado dar felicidad a un hombre al que todos estaban acostumbrados a temer.
Y quizás fue precisamente ese día cuando en el pueblo se preguntaron por primera vez si a veces la verdad resulta ser completamente distinta de como uno está acostumbrado a cree
