PARTE 1
La bofetada resonó con tal fuerza en el invernadero del castillo que hasta los pajes dejaron de respirar. Camille permaneció paralizada, con la mejilla ardiendo, mientras los dedos de su madrastra la sujetaban con fuerza, como si arrastrara a una sirvienta por el pelo delante de 260 invitados.
—No tenías derecho a venir —susurró Éliane, apretando los dientes bajo una sonrisa forzada—. Hoy no. No con esa cara de mártir.
Camille no había tirado nada, gritado nada ni interrumpido nada. Simplemente caminaba por el sendero bordeado de peonías blancas, con un bolso de mano beige pegado al pecho, vestida con un vestido azul noche que nadie podría calificar de provocativo. Pero su presencia bastaba para desentonar, pues recordaba a una mujer muerta cuyo retrato había sido borrado del salón.
Al final del pasillo, Juliette, su querida hermanastra, permanecía de pie bajo el arco floral, con los hombros cubiertos de tul y la barbilla en alto. No lloraba. Observaba. Con la misma mirada que tenía de niña, cuando escondía los cuadernos de Camille y luego juraba que había sido un accidente.
André, el padre de Camille, llegó cruzando las filas. Por un instante, creyó ver al hombre que solía atarle los cordones antes de ir a la escuela. Entonces él la miró como si buscara algún secreto vergonzoso.
—Discúlpate —ordenó.
Camille se llevó la mano a la mejilla.
” Qué ? ”
Éliane apretó el puño. “Estar en el lugar equivocado.”
Unas risas ahogadas se oyeron entre los manteles. Se alzaron discretamente los teléfonos. La tía abuela de Juliette desvió la mirada. Su prometido, Romain, palideció, incapaz de comprender este drama familiar que ya estaba fracturando su matrimonio.
André señaló el suelo de mármol.
“De rodillas. Pídele perdón a tu hermana y vete.”
Las palabras calaron más hondo que la bofetada. Desde la muerte de su madre, Camille había aprendido a tragarse las puertas cerradas, los cumpleaños olvidados y los comentarios que se lanzaban en la mesa como migajas para los perros. Éliane se había apropiado del dormitorio de los padres, de las joyas, del nombre en el buzón. Juliette había recibido los viajes, las prácticas concertadas, las felicitaciones por éxitos que ya estaban predeterminados.
Camille, por otro lado, había recibido silencio.
Pero esa mañana, ella no había venido a mendigar.
Observó las lámparas de araña, el aparador, los arreglos florales, los músicos. Todo ese lujo tenía un olor peculiar: el del dinero que no pertenecía a quienes lo gastaban.
Con delicadeza, liberó los dedos de Éliane de su cabello, le alisó el vestido y luego colocó el bolso de mano beige sobre la mesa de regalos.
“Ábrelo antes que el pastel de bodas”, dijo.
Juliette soltó una risa seca. “Siempre tan dramática. Nunca soportaste la idea de que fuéramos felices sin ti.”
André susurró: “Sal de aquí”.
Camille obedeció. En la puerta, su teléfono vibró. El mensaje del señor Béraud constaba de cuatro palabras.
Todo está listo.
Camille respondió sin temblar.
Lanzamiento.
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