Caminaron juntos por el pasillo central.
Mateo llevaba la enorme chaqueta de su abuelo.
Elena caminaba a su lado.
La iglesia estaba completamente en silencio.
Cuando llegaron al ataúd, Mateo colocó los claveles junto a él.
Apoyó una mano sobre la madera.
—Llegué, abuelo —susurró.
Después ocupó un asiento en la primera fila.
El asiento que siempre debería haber sido suyo.
Elena se sentó junto a él.
La ceremonia comenzó.
Pero la verdadera historia empezó después.
Al terminar, Elena llevó a Mateo a un lugar tranquilo para hablar.
Pidieron algo de comer.
Ninguno tenía hambre.
Mateo seguía usando la chaqueta.
—Quiero contarte algo sobre tu abuelo —dijo Elena.
—Está bien.
Ella comenzó por aquel edificio derrumbado.
Por la pierna rota.
Por el miedo.
Por el reloj.
Mateo escuchó sin interrumpir.
Cuando Elena terminó, el muchacho tardó varios segundos en reaccionar.
—Nunca me contó eso.
—Por lo poco que he descubierto sobre él, parece que no le gustaba hablar de sí mismo.
Mateo sonrió levemente.
—Decía que uno debía hacer lo que tenía delante.
—¿Eso decía?
—Todo el tiempo.
Elena miró el reloj.
—Entonces describió su propia vida sin darse cuenta.
Mateo bajó la mirada.
—¿Lo estuvo buscando todos estos años?
—Sí.
—¿Por qué nunca lo encontró?
Elena pensó antes de responder.
—Creo que tu abuelo no quería que lo encontraran por lo que había hecho. Vivió tranquilo. Ayudaba a quien tenía cerca y seguía adelante.
Mateo conocía esa versión.
Tomás reparaba bicicletas gratis para niños del barrio.
Acompañaba a antiguos compañeros cuando necesitaban hacer trámites.
Una vez pasó toda una tarde arreglando la puerta de una vecina mayor porque ella no tenía dinero para pagar a nadie.
Nunca hablaba de esas cosas.
Simplemente volvía a casa.
Se lavaba las manos.
Preparaba la cena.
—¿Qué va a pasar contigo ahora? —preguntó Elena.
Mateo permaneció callado.
—Una trabajadora social está revisando mi caso.
—¿Tienes más familia?
—No.
—¿Nadie?
—Éramos mi abuelo y yo.
Mateo giró el vaso entre sus dedos.
—La casa era rentada. Tengo que salir pronto. Me dijeron que seguramente viviré temporalmente con una familia mientras encuentran una solución.
Elena sintió una presión en el pecho.
Tomás Herrera le había salvado la vida.
Y mientras todos en aquella iglesia hablaban sobre su servicio, su único nieto estaba a punto de quedarse sin hogar estable.
—Mateo.
El muchacho levantó la cabeza.
—Hace muchos años le prometí algo a tu abuelo.
Le contó las palabras exactas.
Construir algo que valiera la pena salvar.
Empezar por las personas cercanas.
—He intentado cumplirlo —dijo Elena—. Pero nunca pude demostrarle que lo hice.
Mateo guardó silencio.
—No puedo reemplazar a tu abuelo. Nadie puede.
Elena señaló suavemente el reloj.
—Pero puedo asegurarme de que no tengas que enfrentar solo lo que viene.
Mateo frunció ligeramente el ceño.
—No quiero caridad.
Elena sonrió.
—Eso también suena como algo que diría Tomás.
Mateo casi sonrió.
—Quiero hablar con las personas responsables de tu caso. Quiero saber qué opciones existen para que tengas estabilidad. Y quiero ayudarte con tus estudios cuando llegue el momento.
—¿Por qué?
Elena miró el reloj.
—Porque tu abuelo me dio décadas que yo pensaba que no iba a tener.
Mateo tocó el cristal rayado con un dedo.
Entonces recordó algo.
—Él sabía.
—¿Qué cosa?
—Que usted estaría en el funeral.
Elena se quedó inmóvil.
—La noche anterior me dijo exactamente eso del reloj.
Mateo levantó la muñeca.
—No dijo “si alguien pregunta por él”. Dijo “si alguien reconoce el reloj”.
Elena sintió un escalofrío.
Tomás había encontrado información sobre ella.
Quizá supo que Elena había confirmado su asistencia.
Había llevado aquel reloj durante casi cuarenta años.
Y justo antes de morir se lo entregó a Mateo.
No había sido un recuerdo solamente.
Había sido un mensaje.
Una última forma de cuidar al niño.
Elena respiró con dificultad.
—Me estaba dejando un camino para encontrarlo.
Mateo negó suavemente.
—Creo que le estaba dejando un camino para encontrarme a mí.
Elena no pudo responder.
Mateo comenzó a llorar.
Hasta ese momento había mantenido todo dentro.
Había planchado solo su camisa.
Había comprado las flores.
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