El portón dorado de la casa se cerró detrás de mí y sentí, por primera vez en diez años, que respiraba sin permiso de nadie.
Mis hijas seguían llorando. Valentina se limpiaba la mejilla con la manga del vestido barato que doña Ofelia le había obligado a usar “para no gastar”. Renata apretaba mi mano y repetía bajito:
—Mamá, yo no soy un parásito, ¿verdad?
Me agaché frente a ella en plena banqueta, aunque mi blusa oliera a caldo rancio y aunque una camioneta de los meseros pasara junto a nosotras.
—No, mi amor. Ustedes son lo más valioso que tengo. Y perdónenme por haber dejado que alguien les hiciera creer lo contrario.
Pedí un auto privado y las llevé a un restaurante elegante en Polanco. No para presumir, sino para sanar una herida que yo misma había permitido que creciera demasiado. Pedí camarones, sopa de mariscos, pescado a la talla y postres de chocolate. Mis hijas comieron al principio con miedo, como si alguien fuera a quitarles el plato.
Yo les pelé los camarones con mis propias manos.
—Coman tranquilas —les dije—. Desde hoy, ninguna de las dos vuelve a agachar la cabeza.
Mientras ellas probaban por primera vez una comida servida con respeto, en la mansión rentada comenzaba el verdadero espectáculo.
A las dos de la tarde, los invitados ya estaban satisfechos. Los tíos felicitaban a Rodrigo, las primas grababan videos para presumir la fiesta, doña Ofelia caminaba entre las mesas como reina de pueblo coronada con bisutería dorada. Todos repetían que Rodrigo era “un hombre de éxito”, “un orgullo para los Salazar”, “un ejemplo de que el que quiere puede”.
Entonces llegó el gerente del banquete con una carpeta roja.
Lo acompañaban cuatro guardias.
Rodrigo sonrió, todavía borracho de elogios.
—Tráigame la terminal —dijo, sacando su tarjeta negra—. Un hombre de mi nivel no paga con efectivo.
El gerente inclinó la cabeza.
—Por supuesto, señor Salazar. El total del evento es de trescientos mil pesos. Como firmó usted en el contrato, el pago debe realizarse ahora.
Hubo murmullos. Doña Ofelia sonrió nerviosa, pero siguió levantando la barbilla.
Rodrigo pasó la tarjeta.
La terminal pitó.
“Fondos insuficientes.”
Rodrigo se puso pálido. Pasó otra tarjeta. Luego otra.
Todas fueron rechazadas.
El gerente abrió la carpeta en la última página y señaló la cláusula que Rodrigo jamás había leído.
—Si no paga, tenemos derecho a retener el evento y llamar a las autoridades por fraude. Además, el contrato está firmado por usted y por su madre.
Doña Ofelia gritó que todo era culpa mía, que yo tenía el dinero de mis padres, que yo debía transferirlo. Rodrigo me llamó una, diez, veinte veces.
Mi teléfono estaba apagado.
Entonces el gerente dijo la frase que partió la fiesta en dos:
—Y antes de seguir mintiendo, señor Salazar, esta casa no es suya. Es rentada.
Los parientes se levantaron furiosos. La tía Ernestina, la misma que me había llamado inútil, señaló a Rodrigo delante de todos.
—¿Nos trajiste desde el pueblo para presumir una casa prestada y una fiesta que no puedes pagar?
Rodrigo cayó de rodillas.
Y justo cuando todos pensaron que esa era su peor humillación, el gerente pidió que cerraran el portón.
La verdad apenas estaba comenzando a salir.
PARTE 3 Continua en la siguiente pagina