Elisa dejó los cuadros sobre la mesa del comedor con una calma que asustó más a Rodrigo que cualquier grito.
—Tienes dos días para sacar tus cosas —dijo ella.
Rita soltó una risita nerviosa.
—Perdón, ¿tus cosas? Este departamento es de Rodrigo.
Elisa la miró por primera vez.
—Entonces que él te explique algo: está a mi nombre desde hace ocho años. Lo compré yo, con mi sueldo, cuando él dijo que tenía “problemas de liquidez”. Él solo vive aquí.
Rodrigo abrió la boca, pero no dijo nada.
Rita perdió el color.
Durante años, Rodrigo había presumido una vida que no era suya. Sus trajes, sus cenas, sus contactos, incluso los ascensos que había conseguido, todo había sido sostenido por la presencia elegante de Elisa. Él la llevaba a reuniones para impresionar, pero en privado la trataba como si no valiera nada.
Esa noche, Elisa durmió en un hotel. Al amanecer fue a la universidad y presentó su renuncia temporal. Después llevó los retratos a un taller de restauración en el centro histórico.
El especialista apenas vio el primer cuadro y se puso serio.
—Señora, esto no es decoración vieja. Este retrato puede tener más de cien años. Y la firma… parece de un pintor importante del siglo XIX.
Elisa sintió que las piernas le fallaban.
En ese momento, alguien dijo su nombre detrás de ella.
Era Marcelo, el notario.
—Pensé que estaría en San Román —dijo él—. ¿Todo bien?
Elisa, cansada de fingir fortaleza, le contó lo sucedido: la herencia, los vecinos, la traición de Rodrigo, los retratos escondidos en la pared.
Marcelo no la interrumpió. La escuchó como nadie la había escuchado en años.
—Elisa —dijo al final—, yo hice unas llamadas después de su visita a la notaría. No quería molestarla hasta tener algo concreto, pero encontré un dato extraño.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué dato?
—Don Bernardo modificó su testamento dos meses antes de morir. Antes de eso, la casa iba a pasar a una asociación cultural. Pero cuando descubrió que usted existía, lo cambió todo.
—¿Cómo me encontró?
Marcelo bajó la voz.
—Por una mujer llamada Gloria Salazar. Fue enfermera en el hospital donde usted nació.
Elisa sintió que el mundo se detenía.
Marcelo le explicó que Gloria había reconocido a Elisa años atrás, en una posada organizada por doña Teresa, pero nunca se atrevió a decirle nada. Ella había estado de turno cuando Vera, la madre de Elisa, escapó del hospital dejando a su bebé recién nacida.
—¿Mi madre me abandonó en un hospital? —preguntó Elisa.
Marcelo asintió con dolor.
—Sí. Pero hay algo más. Vera no dio un nombre real. La policía buscó durante semanas. Después apareció una anciana que dijo conocerla, pero el expediente se perdió.
—¿Se perdió?
—O alguien lo desapareció.
Esa frase se le clavó en el pecho.
Elisa regresó a San Román del Monte al día siguiente. Esta vez Marcelo la acompañó, con documentos, copias del testamento y una carpeta llena de notas.
Don Neco y doña Catalina los recibieron con tamales de acelga y atole. Al escuchar el nombre de Gloria Salazar, doña Catalina se persignó.
—Esa mujer vino una vez, hace muchos años. Habló con don Bernardo en secreto. Después de eso, él se encerró tres días.
—¿Y qué pasó luego? —preguntó Elisa.
Don Neco miró hacia la casona.
—Empezó a buscar a su nieta como loco. Publicó anuncios, pagó investigadores, fue a hospitales, casas hogar, parroquias. Pero doña Rosa, su esposa, ya estaba enferma y nunca se perdonó lo que Vera hizo.
—¿Mi abuela supo que yo estaba viva?
—No estamos seguros —respondió doña Catalina—. Pero Bernardo sí lo sospechó. Por eso escondió cosas en la casa.
Elisa recordó los retratos.
Marcelo propuso revisar la casona completa.
Durante dos días abrieron baúles, cajones y armarios. Encontraron vestidos antiguos, cartas de familiares, fotografías de fiestas patronales, actas de bautizo y recortes de periódico. La historia de los Román no era de pobreza ni abandono, sino de orgullo, errores y secretos protegidos por vergüenza.
En la tercera tarde, mientras Marcelo revisaba un librero, Elisa notó una pequeña grieta detrás de otro tramo de papel tapiz, en el pasillo del segundo piso.
Jaló lentamente.
La madera detrás del muro tenía una tapa. Marcelo usó una navaja para levantarla.
Adentro había una caja metálica.
Elisa la abrió con las manos temblorosas.
Dentro encontró una carta amarillenta dirigida a “mi nieta, si algún día vuelve a esta casa”.
La letra era de Bernardo.
Elisa comenzó a leer, pero se detuvo en la primera línea:
“Tu madre no actuó sola.”
Marcelo la miró, alarmado.
Elisa siguió leyendo, con el corazón golpeándole el pecho, justo cuando afuera se escuchó un coche detenerse frente a la casona.
Don Neco gritó desde el patio:
—¡Elisa! ¡Hay una mujer preguntando por usted… dice que se llama Vera Román!
Y Elisa supo que la verdad todavía no había terminado de romperla.
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