No llegamos a casa como en las películas.
No hubo música.
No hubo una puerta enorme abriéndose de par en par.
Solo estaba Caterina, una maleta vieja, mis pasos lentos y una noche fría esperando fuera de la residencia.
Pero yo sentía algo que hacía mucho no sentía.
Sentía que todavía pertenecía a algún sitio.
En recepción, una cuidadora se acercó con los papeles en la mano.
—Rosario, mañana Marta tiene que venir a terminar de firmar unas cosas —dijo con voz suave—. Esta noche queda como salida autorizada.
Miré a Caterina.
Ella bajó un poco la cabeza, como si hubiera estado esperando esa parte.
—Mamá ya lo sabe —me dijo—. Hablé con ella esta tarde.
No sé por qué, pero eso me dio miedo.
No por irme.
Sino por lo que Marta podía estar sintiendo.
Una hija también envejece por dentro cuando cree que ha fallado a su madre.
Caterina me ayudó a ponerme bien la bufanda azul.
Aquella bufanda torcida que ella había tejido siendo niña.
Sus dedos temblaban.
—¿Tienes frío, abuela?
—Un poco.
Era mentira.
No tenía frío.
Tenía un nudo en el pecho tan grande que no me dejaba respirar bien.
Al salir, me giré.
Vi el pasillo largo.
Vi la luz blanca.
Vi la silla donde yo me sentaba a mirar la puerta.
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