PARTE 1
—Cómetelo todo, mi amor. Que no quede ni un bocado.
La nota venía doblada sobre una caja elegante de comida japonesa y tenía la letra perfecta de Sergio Robles, un hombre que llevaba meses sin mirar a su esposa como mujer y que, sin embargo, acababa de escribir una frase capaz de parecer ternura.
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Mariana Esquivel la habría leído con esperanza cualquier otro día. Tal vez habría pensado que Sergio por fin quería arreglar las cosas, que las noches dormido en el sofá, los viajes repentinos a Monterrey y los mensajes borrados del celular tenían una explicación menos cruel. Pero esa mañana, en su casa de San Ángel, Mariana ni siquiera estaba esperando comida.
A las 7:30 había preparado huevos con nopales y café de olla. Sergio bajó con el traje gris, oliendo a loción cara y con el teléfono pegado a la mano.
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—Otra vez hiciste desayuno como si fuéramos familia de comercial —murmuró—. No tengo hambre.
Mariana respiró hondo. Tenía 39 años, una calma aprendida a golpes de decepción y una herencia que Sergio nunca mencionaba frente a otros, pero que administraba como si le perteneciera: 2 locales en la Roma, la casa de San Ángel y acciones de una clínica privada que sus padres habían levantado desde cero.
—Solo pensé que podíamos desayunar juntos —dijo ella.
—Piensas demasiado —respondió él—. Hoy no me estés llamando. Tengo una junta importante.
No la besó al salir. Ni siquiera volteó.
Mariana se quedó en la cocina mirando la taza intacta de su esposo. Desde hacía 7 meses guardaba capturas, estados de cuenta y conversaciones que le llegaban por caminos extraños. No quería aceptar lo evidente, pero Sergio ya no era solo un marido frío. Era un hombre escondiendo algo.
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Lo que Mariana no sabía era que esa mañana él no pensaba en divorciarse.
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Pensaba en enviudar.
En la camioneta, mientras avanzaban por Periférico, Sergio escuchó un audio de Daniela, su amante.
—Ya me cansé de ser la otra, Sergio. Si hoy no haces algo, le mando a Mariana todo: las transferencias, las pólizas, lo de la firma falsa y hasta los depósitos que me hiciste desde la cuenta de la clínica.
Sergio apretó los dientes.
Divorciarse significaba perder la casa, los locales y la comodidad que había construido con dinero ajeno. Daniela quería un departamento en Polanco, una vida pública y un lugar que él nunca estuvo dispuesto a darle. Mariana, en cambio, era el obstáculo: sin hijos, con bienes heredados y demasiado confiada.
A media mañana pidió a su chofer, Tomás, que se detuviera frente a un restaurante japonés en Polanco. Compró un salmón teriyaki con sopa miso, el platillo favorito de Mariana cuando aún celebraban aniversarios.
Después, dentro de la camioneta con vidrios polarizados, sacó del portafolio un frasco pequeño, sin etiqueta. Lo había conseguido semanas atrás fingiendo una compra para fumigar una bodega. Con guantes delgados, inyectó el líquido en el pescado y mezcló el resto en la sopa.
Escribió la nota:
“Perdóname por estos días. Come tranquila. Cómetelo todo, mi amor. Sergio.”
A las 12:10, frente al edificio donde tendría su junta, le entregó la bolsa a Tomás.
—Llévale esto a casa a la mujer que siempre me espera. Y asegúrate de que lo coma caliente.
Tomás dudó.
—¿A cuál casa, señor?
Sergio volteó furioso.
—A casa, Tomás. ¿También tengo que explicarte eso? No hagas preguntas. Cuando empiece a comer, me avisas.
Tomás asintió, nervioso.
Sergio bajó de la camioneta convencido de que acababa de poner en marcha el final de Mariana. Pero olvidó algo que se había vuelto rutina: durante 7 meses, cada vez que decía “casa”, Tomás manejaba hacia el departamento de Daniela en Nuevo Polanco.
El chofer miró la nota. “Mi amor”. Recordó que Sergio trataba a Mariana con fastidio y que Daniela siempre bajaba arreglada, esperándolo como si fuera la dueña de su vida.
Para Tomás, la instrucción parecía clara.
En el siguiente semáforo no tomó camino hacia San Ángel.
Giró hacia Nuevo Polanco con la bolsa en el asiento trasero, llevando aquel almuerzo preparado para matar a una mujer distinta.
Y nadie podía imaginar que esa equivocación iba a destapar un plan mucho más oscuro.
¿Qué habrías pensado tú al leer esa nota: un gesto de amor o una trampa demasiado perfecta?
PARTE 2 Continua en la siguiente pagina