Daniela abrió la puerta con una sonrisa cansada, usando una bata de seda color vino y el cabello recogido a medias. Había llorado la noche anterior porque Sergio volvió a prometerle lo mismo de siempre: “pronto voy a dejarla”. Pero al ver la bolsa del restaurante y la nota amarilla, sus ojos brillaron como si por fin hubiera ganado.
—El señor Sergio dijo que era especial —explicó Tomás—. Que se lo comiera ahorita y que no dejara nada.
Daniela leyó el mensaje despacio. Luego sonrió con una mezcla de orgullo y venganza.
—Ya ves, Tomás. Tarde o temprano un hombre entiende dónde está su verdadero amor.
Antes de probar la comida, acomodó la caja sobre la mesa de mármol, tomó una foto y la subió a sus historias privadas:
“Cuando él sabe quién lo espera de verdad, vuelve solito.”
Después bebió la sopa.
Tomás, desde el estacionamiento, escribió:
“Señor, ya lo recibió. Está feliz. Empezó a comer.”
Sergio estaba sentado frente a 10 socios de la clínica cuando leyó el mensaje. Sintió un alivio frío recorriéndole la espalda.
“Perfecto. Que se lo termine”, respondió.
A esa misma hora, Mariana no estaba en el comedor de San Ángel. Estaba en la bodega de uno de sus locales en la Roma organizando despensas para un comedor comunitario. Tenía cita con el dentista por una muela inflamada y, por indicación médica, no podía comer sólidos.
—Señora, usted se ve pálida —le dijo Irene, su empleada de confianza.
—Es la muela. Al rato voy al consultorio.
Irene la observó con preocupación.
—Y también es el señor Sergio.
Mariana no contestó. En su bolsa llevaba una memoria USB con mensajes impresos, pólizas de seguro contratadas sin su consentimiento y copias de documentos donde Sergio intentaba mover parte de su herencia usando firmas dudosas.
No iba a denunciarlo todavía. Quería entender hasta dónde había llegado.
En Nuevo Polanco, Daniela dejó los palillos sobre la mesa. Primero sintió ardor en la garganta. Luego un dolor profundo, como si el cuerpo se le cerrara por dentro. Intentó ponerse de pie, pero las piernas le fallaron.
La copa cayó. El celular resbaló al piso.
Daniela quiso llamar a Sergio. Marcó 3 veces. Él no contestó.
Con los dedos temblando llamó al conserje. Apenas alcanzó a decir:
—Ayuda…
Cuando el hombre subió, la encontró tirada junto a la mesa, con la caja abierta y la nota manchada de salsa. La ambulancia llegó minutos después. Tomás vio entrar a los paramédicos y sintió que algo estaba terriblemente mal.
—¿A qué departamento van? —preguntó.
—Al 1104. Una mujer intoxicada.
Tomás subió corriendo. Al ver a Daniela en el piso, se llevó las manos a la cabeza.
—Dios mío… yo traje esa comida.
La policía aseguró la caja, la nota, el teléfono y las cámaras del edificio. En la pantalla seguía abierto el último mensaje de Sergio: “Que se lo termine”.
Tomás llamó a Mariana llorando. Ella estaba saliendo de la bodega cuando escuchó su voz quebrada.
—Señora, perdóneme. Yo creí que era para la señorita Daniela. El señor dijo “la mujer que siempre me espera”. Yo le pregunté a cuál casa y se enojó.
Mariana se quedó inmóvil en la banqueta. Los autos pasaban, la ciudad seguía viva, pero dentro de ella algo se apagó.
—Tomás, repíteme exactamente sus palabras.
Él lo hizo.
Mariana no gritó. No lloró. Solo apretó la memoria USB en la mano. Por primera vez entendió que la amante quizá no había recibido por error un regalo de reconciliación.
Quizá había recibido la muerte que Sergio le había preparado a ella.
Cuando Sergio recibió la llamada del Hospital Español, salió de la junta sin pedir permiso.
—La señora Daniela Márquez ingresó por intoxicación grave —informó una médica—. Su número aparece como contacto reciente.
—¿Daniela? —preguntó él, sin aire—. ¿Está segura?
—Fue encontrada después de comer algo enviado por usted.
Sergio sintió que el piso se movía.
Al llegar a urgencias encontró a Tomás sentado entre 2 agentes, y a Mariana de pie al fondo del pasillo, viva, serena, mirándolo como si por fin pudiera verlo completo.
Un policía se acercó con una bolsa transparente. Dentro estaba la nota.
—Señor Robles, necesitamos que explique por qué escribió que debía comérselo todo.
Sergio miró a Mariana. Ella no apartó la vista.
—Fue un malentendido —dijo él—. Esa comida no era para ella.
—¿Para quién era? —preguntó el agente.
Sergio abrió la boca, pero ninguna respuesta lo salvaba. Si decía Daniela, admitía la relación y el motivo. Si decía Mariana, aceptaba que su esposa era la destinataria original.
Entonces Mariana sacó la memoria USB de su bolsa.
—Oficial, creo que esto también les interesa. Son 7 meses de mensajes, pólizas y documentos de mi herencia que mi esposo escondió.
Sergio palideció.
En ese instante una doctora salió de urgencias con el rostro grave, y todos entendieron que la verdad estaba a punto de volverse imposible de ocultar.
¿Crees que Mariana debía enfrentarlo ahí mismo o esperar a que la policía descubriera todo?
PARTE 3 Continua en la siguiente pagina