Ramira intentó sonreír, pero terminó llorando de nuevo.
—Sí, mi amor.
Méndez pidió que llevaran el expediente completo de la investigación original.
No quería resúmenes.
No quería conclusiones.
Quería fechas.
Quería saber quién había visto qué, cuándo se recogió cada objeto y en qué momento apareció el testigo que terminó colocando a Ramira fuera de la casa.
Mientras esperaba, volvió a revisar lasprimeras pruebas.
Las huellas de Ramira estaban en el arma.
Eso seguía siendo cierto.
Pero el arma había pertenecido a la casa donde ella vivía y el expediente no aclaraba cuándo había sido manipulada por ella por última vez antes del crimen.
La ropa manchada también seguía siendo real.
Sin embargo, la conclusión de que esa mancha demostraba participación directa dependía de la secuencia de hechos que el testigo había ayudado a establecer.
Si la secuencia se movía, todo debía reconsiderarse.
Ramira observó la expresión del director.
—Usted nunca me creyó.
Méndez no intentó defenderse.
—No.
Ella bajó la mirada.
—Al menos es sincero.
—Creí en el expediente.
—Es lo mismo.
Méndez aceptó el golpe sin responder.
Minutos después llegó otra carpeta.
Era más gruesa y tenía copias de declaraciones antiguas, inventarios y hojas de registro.
El director comenzó por la declaración del testigo.
La leyó en silencio.
Salomé sequedó junto a su madre.
La trabajadora social había dejado el teléfono y ahora también observaba el cuaderno.
—Aquí dice que vio a Ramira salir a una hora específica —dijo Méndez.
Luego señaló la página infantil.
—Y esto sitúa a la niña con su madre antes de ese momento.
Ramira frunció el ceño.
—Yo recuerdo que Salomé estaba dormida cuando llegué.
La niña negó.
—Me desperté cuando entraste.
Ramira la miró fijamente.
Un recuerdo comenzó a regresar.
Una habitación oscura.
La voz pequeña de Salomé preguntando si ya podían dormir juntas.
Ramira sentándose a su lado.
—Tú me pediste agua —dijo.
Salomé asintió.
—Y escribí después.
Méndez levantó la vista de golpe.
—¿Después de qué?
—Después de que escuchamos un ruido.
La habitación pareció encogerse.
Ramira se inclinó hacia su hija.
—¿Qué ruido?
Salomé miró el cuaderno.
—Una puerta.
Méndez abrió otra sección del expediente.
—¿Viste quién era?
—No bien.No adivines —dijo Ramira inmediatamente—. Solo di lo que recuerdas.
Salomé respiró hondo.
—Vi a alguien pasar por el patio.
Méndez apoyó la mano sobre la carpeta.
—¿Hombre o mujer?
—No sé.
—¿Ropa?
—Oscura.
—¿Cara?
—No.
Méndez dejó de preguntar.
Aquello no era una identificación y no debía convertirse en una.
Pero sí era otro elemento que había quedado fuera del relato original.
Ramira cerró los ojos.
—Yo salí después porque pensé que alguien había entrado.
Méndez volvió a mirar el expediente.
—Eso explicaría por qué tus huellas pudieron estar en objetos de la casa sin establecer necesariamente el momento del crimen.
—Lo dije durante el juicio.
—Sí.
—Y nadie me creyó.
Méndez no respondió.
Continuó leyendo.
Entonces encontró un detalle pequeño.
El testigo había declarado que Ramira llevaba determinada prenda cuando salió de la casa.
Méndez pidió la hoja donde se describía la ropa que llevaba puesta al momentode su detención.
No coincidía por completo.
No era una diferencia suficiente para exonerarla.
Pero tampoco era el relato impecable que todos habían aceptado.
Salomé empezó a pasar páginas por su cuenta.
—Aquí hay otra.
Méndez se acercó.
La fecha correspondía a dos días después del crimen.
Salomé había escrito una frase breve sobre una visita.
La inicial aparecía de nuevo.
Esta vez junto a una palabra infantil que Ramira reconoció de inmediato.
—Mochila —susurró.
Salomé asintió.
—Él me pidió que le enseñara mis cosas.
Méndez dejó la pluma sobre la mesa.
—¿El testigo revisó tu mochila?
—Sí.
Ramira se puso de pie tan rápido como le permitieron las esposas.
—¿Por qué nadie me dijo esto?
La trabajadora social retrocedió un paso.
Méndez mantuvo la voz firme.
—Siéntate, Ramira.
—¡Entró con mi hija después de que me arrestaron!
—Y vamos a averiguar por qué. Pero necesito que Salomé pueda seguirhablando sin miedo.
Ramira miró a su hija.
La rabia desapareció de su postura.
Se sentó.
—Perdóname.
Salomé tocó su muñeca.
—No pasa nada.
Méndez hizo que se registrara formalmente la existencia del cuaderno y ordenó que no fuera alterado.
No permitió que arrancaran páginas ni que se separara de Salomé más de lo necesario para revisarlo.
Después pidió localizar la declaración complementaria del testigo.
Había una.
Había sido presentada varios días después de la primera.
En ella, el hombre agregaba detalles que no aparecían en su versión inicial.
Uno de esos detalles era precisamente la prenda de Ramira.
Otro era la dirección hacia la que supuestamente la vio caminar.
Méndez comparó ambas declaraciones.
—Cambió su historia.
Ramira se inclinó hacia adelante.
—¿Qué cambió?
—Primero dijo que te vio salir. Después dijo que también observó hacia dónde te dirigiste y cómo ibas vestida.
—¿Eso no lo revisaron?
—Se consideró unaampliación.
Ramira soltó una risa sin alegría.
—Una ampliación que me costó cinco años.
Salomé apretó los dedos de su madre.
Méndez siguió revisando.
La nueva pregunta ya no era solamente si Ramira podía demostrar su inocencia.
Era por qué el testigo había añadido detalles después y por qué había buscado a Salomé en esos mismos días.
La niña volvió a hablar.
—Tengo otra cosa escrita atrás.
Méndez giró el cuaderno.
En la última hoja había una frase casi borrada por el roce.
No era una acusación.
Era el recuerdo de una conversación.
Salomé había anotado que aquel hombre le dijo que su mamá tardaría mucho en volver si ella hablaba demasiado.
Ramira dejó de respirar por un segundo.
—¿Te amenazó?
Salomé negó lentamente.
—No gritó. Me lo dijo bajito.
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