La novia se escondió bajo la cama como una broma en su noche de bodas…

PARTE 1

—Firma eso y en 1 año esa casa será nuestra. Ella no va a poder hacer nada.

Jimena escuchó la voz de su suegra debajo de la cama, con el vestido de novia aplastado contra el pecho y el corazón golpeándole como si quisiera salirse.

Todo había empezado como una broma tonta.

Después de la fiesta en un hotel elegante de Polanco, Jimena quiso esconderse para sorprender a su esposo, Rodrigo. Imaginó que él entraría cansado, se quitaría el saco, la buscaría riéndose y ella saldría de debajo de la cama con el velo chueco, feliz, enamorada, creyendo que esa noche comenzaba su vida.

Pero quien entró primero fue Aurora, su nueva suegra.

El sonido de sus tacones plateados cruzó la suite como si el cuarto le perteneciera. Jimena contuvo la respiración.

—Ya estoy arriba —dijo Aurora, hablando por teléfono—. Rodrigo sigue abajo pagando lo del salón. No sé dónde anda la muchachita, seguro retocándose ese maquillaje corriente.

Jimena sintió que se le helaba la espalda.

Horas antes, esa misma mujer la había abrazado frente a todos y le había dicho:

—Desde hoy eres como mi hija.

Entonces una segunda voz salió del celular en altavoz.

—¿Ya quedó todo, señora Aurora? —preguntó una mujer.

Jimena reconoció la voz de Brenda, la “mejor amiga” de Rodrigo. La misma que había llegado a la boda con un vestido rojo demasiado ajustado y una sonrisa demasiado segura.

—Quedó perfecto —respondió Aurora—. El anillo ya está en su dedo, los papeles ya están firmados y la tenemos justo donde queríamos.

Jimena apretó los labios para no hacer ruido.

—¿Y el departamento de la Roma Norte? —insistió Brenda—. ¿Seguro Rodrigo se lo puede quedar si se divorcia?

Aurora soltó una risa seca.

—Claro. Hicimos que el enganche pareciera salido de la cuenta de Rodrigo, aunque el dinero era de ella. En 1 año la vamos a hacer quedar como celosa, inestable, inútil. La provocamos hasta que se vaya sola, y luego mi hijo pelea por el departamento.

Jimena cerró los ojos.

Ese departamento lo había comprado con dinero de su familia, aunque Rodrigo creía que venía de una pequeña herencia de su abuela. Lo que él no sabía era que Jimena no era una simple asistente administrativa. Su padre, Ernesto Luján, era dueño de uno de los grupos de transporte y logística más fuertes de México.

Ella había ocultado su apellido completo para saber si Rodrigo la amaba a ella o al dinero.

Durante 2 años, él pareció pasar la prueba. Le llevaba tacos cuando ella decía que no tenía para cenar fuera, le regalaba flores baratas del mercado y le juraba que solo quería una vida tranquila.

Entonces la puerta se abrió otra vez.

—Mamá —dijo Rodrigo—, ¿Jimena ya subió?

—No. Pero escucha bien. Tenemos que hablar del dinero antes de que aparezca.

Jimena esperó, rezando por escuchar a su esposo defenderla.

—Mañana hablamos —murmuró Rodrigo, fastidiado—. Hoy todavía tengo que fingir que me muero por estar con ella. Va a ser una noche larguísima.

Algo se rompió dentro de Jimena.

Aurora bajó la voz.

—Recuerda el plan. En 1 año Brenda se viene contigo, y el bebé por fin tendrá una recámara decente.

El bebé.

Jimena se tapó la boca con ambas manos.

Brenda estaba embarazada de Rodrigo.

—A veces me da culpa —dijo él—. Jimena es buena. Me mira como si yo fuera su héroe.

—No seas niño —escupió Aurora—. Es una secretaria sin chiste. Tú naciste para algo mejor.

Rodrigo soltó una risa baja.

—Sí. Jimena es como arroz blanco sin sal.

En ese instante, Jimena metió la mano en el bolsillo oculto de su corsé y sacó el celular. Con los dedos temblando, activó la grabadora.

La línea roja empezó a moverse.

Hablaron del departamento, del bebé, del divorcio, de cómo iban a hacerla parecer loca y de cómo Aurora pensaba quedarse con todo lo que pudiera.

Cuando salieron, Jimena esperó 10 minutos. Luego se arrastró fuera de la cama.

Se miró al espejo.

El vestido estaba lleno de polvo. El maquillaje, corrido. Pero sus ojos ya no eran los de una novia ilusionada.

Eran los ojos fríos de una mujer que acababa de despertar.

Se quitó el vestido, se puso jeans, una sudadera y salió por las escaleras de servicio.

A la 1 de la mañana, parada en la calle, llamó a su padre.

—Papá —dijo con voz firme—. Tenías razón. Rodrigo y su madre quieren destruirme.

Ernesto guardó silencio 2 segundos.

—¿Dónde estás, hija?

—Voy para la casa.

—Ven rápido —respondió él—. Si quieren guerra, van a conocer a la familia Luján.

Jimena no sabía todavía que esa grabación no solo iba a terminar con su matrimonio, sino que iba a destapar algo mucho más oscuro.

PARTE 2                                Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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