Mamá dijo que saldríamos en tres días. Había transferido la mitad del pago y tenía una ruta marcada desde Guadalajara hasta Tapachula, con paradas, hoteles y documentos falsos para justificar el viaje como tratamiento especializado.
Nos quitó los teléfonos, colocó una cámara en la recámara y empezó a cerrar la puerta con llave desde afuera.
Mariana no protestó.
Mientras mamá lavaba ropa, revisé las bisagras, memoricé qué tablas del piso rechinaban y descubrí que la ventana del baño podía abrirse si retiraba una malla oxidada. Encontré un pasador de seguridad, lo escondí en el calcetín y aprendí de memoria la contraseña del wifi escrita debajo del módem.
Aquellas pequeñas cosas eran lo único que todavía me pertenecía.
Durante la cena, mamá hablaba de la cirugía como si organizara una fiesta de quince años. Decía que después daríamos una entrevista exclusiva, que contaríamos nuestra “decisión valiente” y que recuperaríamos todo el dinero perdido por el escándalo.
Mariana la escuchaba fascinada.
Esa noche le recordé nuestro plan de vivir separadas al cumplir dieciocho.
—Ya no quiero eso —respondió—. Estar lejos de ti se siente como si me faltara una parte del cuerpo.
—Somos hermanas, no una sola persona.
—Eso es lo que tú crees.
Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.
Al día siguiente encontré su diario abierto sobre la cama. Solo leí una frase, escrita varias veces con tinta negra:
“Si somos un solo cuerpo, nunca podrá abandonarme”.
Comprendí que mamá no era la única que quería controlarme.
Necesitaba pedir ayuda. Recordé a la doctora Murillo, pero no sabía cómo localizarla. Durante una ducha supervisada, mamá dejó su celular sobre el lavabo. Aproveché el ruido del agua, busqué las noticias de la gala y encontré el nombre del hospital donde trabajaba. Escribí un correo explicando todo: el pegamento, las quemaduras, la clínica clandestina y la fecha del viaje. Adjunté una fotografía de mi costado y borré cada rastro del mensaje.
Después escondí nuestras actas de nacimiento y las identificaciones de mamá dentro de una rejilla de ventilación. Sin esos documentos, pensé, tendría que retrasar el viaje.
Pero Mariana me observaba demasiado.
La tarde siguiente, mamá recibió decenas de mensajes. Una donante había publicado comprobantes de que el dinero de la supuesta cuenta médica terminaba en su cuenta personal. En redes la llamaban estafadora. Los organizadores de la gala anunciaron una denuncia.
Mamá perdió el control. Rompió un florero, vació cajones y empezó a buscar los documentos.
Yo fingí no saber nada.
A la mañana siguiente, Mariana se arrodilló frente a la rejilla, retiró la tapa y sacó las actas. Se las entregó a mamá sin decir una palabra.
—Nos vamos esta noche —decidió ella, mirándome con una sonrisa rígida—. Antes de que alguien intente detenernos.
Una hora después tocaron a la puerta dos policías. Mamá se transformó: habló con dulzura, explicó que estudiábamos en casa por una condición médica y nos llevó ante ellos.
—¿Alguien las está lastimando? —preguntó uno.
Yo conocía el guion de memoria. Sí, estábamos bien. No, nadie nos hacía daño. Nuestra madre nos cuidaba. Las palabras salieron solas, como si me hubieran programado.
Los agentes se marcharon.
Cuando mamá fue al baño, revisé su computadora. En la carpeta de correo no deseado había una respuesta de la doctora Murillo: había enviado mi denuncia al DIF y a la fiscalía. Una trabajadora social intentaría contactarnos en menos de veinticuatro horas.
Por primera vez sentí esperanza.
Duró muy poco.
Mamá entró cargando una maleta con vendas, medicamentos, dinero en efectivo y nuestros documentos.
—Duerman vestidas —ordenó—. Saldremos a las tres y media de la mañana. Cuando las autoridades regresen, ya estaremos lejos.
Mariana se acercó a mi cama cuando apagaron la luz.
—No arruines esto —me suplicó—. Lo he deseado desde que éramos niñas.
—¿Deseado qué?
—Que no puedas irte nunca.
A las tres y media, mamá nos arrastró hacia el auto. Mientras la ciudad desaparecía detrás de nosotros, vi una notificación encender su teléfono: “Reporte urgente recibido. Localización en proceso”.
La ayuda venía en camino.
Pero nosotros ya viajábamos hacia el sur, y la frontera estaba cada vez más cerca.
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