PARTE 2:
La camioneta quedó con las luces encendidas, apuntándonos como si fuéramos delincuentes atrapados.
Valeria bajó despacio, impecable, con tacones, lentes oscuros y esa seguridad arrogante que durante meses confundí con elegancia. Detrás de ella venían dos hombres de traje, cada uno con un portafolio.
Mariana abrazó más fuerte a los bebés.
Yo me puse frente a ella.
“Vete, Valeria”, dije, tratando de no gritar. “Ya sé todo. Las fotos falsas, las cuentas, el collar, el hospital. Todo.”
Valeria sonrió.
“Qué dramático te ves, Luis. ¿De verdad creíste que un investigador de pueblo iba a ganarme?”
Uno de los abogados abrió el portafolio y sacó una carpeta gruesa. Valeria la recibió como si estuviera presentando un trofeo.
“Llegaste tarde”, dijo. “Como siempre.”
Me mostró la primera hoja.
Contrato de gestación subrogada y cesión de derechos parentales.
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
“¿Qué es eso?”
Mariana cerró los ojos, como si ya supiera que ese momento iba a llegar.
Valeria se acercó un paso.
“¿Recuerdas cuando Mariana fue a la clínica por sus estudios de anemia? Pobrecita, firmó muchas hojas en una tableta. Consentimientos, análisis, autorizaciones. Ni leyó. Nadie lee.”
“Eso es fraude”, dije.
“Pruébalo”, contestó ella sin pestañear. “El documento dice que Mariana aceptó actuar como gestante para nosotros. Que cualquier bebé nacido de ese procedimiento sería reconocido por ti y por mí. Que ella renunciaba a la custodia.”
Mariana temblaba, pero no bajó la mirada.
“Es mentira.”
“Mentira o no, está firmado”, dijo Valeria. “Y mientras un juez decide, esos niños pueden ser entregados a sus tutores legales. Mis abogados ya avisaron a la policía estatal. Si no me los das hoy, Mariana será acusada de sustracción de menores.”
Sentí ganas de golpear una pared.
“¡Son bebés, Valeria, no propiedades!”
“Son mi futuro”, respondió. “Mi entrada definitiva a tu familia, a tu empresa, a todo lo que tu apellido representa. ¿O creías que iba a dejar que una muerta de hambre se quedara con ellos?”
Mariana dio un paso al frente.
“No son tuyos.”
Valeria soltó una carcajada.
“Claro que sí. Se parecen a Luis. Todo el mundo lo va a ver. Nadie le creerá a una mujer que durmió en albergues y juntó latas para comprar leche.”
Me giré hacia Mariana. Ella tenía la cara pálida, pero había una fuerza extraña en su voz.
“Luis”, dijo, “hay algo que nunca pude decirte. Algo que intenté contarte antes de que me echaras.”
“Dímelo ahora.”
Uno de los abogados de Valeria levantó la mano.
“Señora, le recomiendo no hacer declaraciones sin asesoría.”