PARTE 1
“Tu mamá no está enferma, Mariana… solo está haciendo teatro para que le sigas manteniendo sus caprichos.”
Eso me dijo Esteban mientras mi madre, doña Rosa, se agarraba el vientre con las dos manos, sentada en una silla de plástico frente a la cocina.
Mi mamá tenía 76 años, pero nunca fue una mujer débil. Vendió tamales en el mercado de Nezahualcóyotl durante media vida, cargó cubetas de agua cuando no había servicio, cuidó enfermos, enterró a mi padre y todavía se levantaba antes que todos para barrer la banqueta.
Por eso, cuando empezó a decir que le ardía el estómago, yo supe que algo no estaba bien.
—No es nada, mija —me decía—. Seguro fue el chile.
Pero cada semana estaba más flaca. La ropa le colgaba. Comía dos cucharadas y dejaba el plato. A veces se quedaba mirando la pared como si estuviera recordando algo que le daba miedo decir.
Una noche la encontré en el baño, sudando frío.
—Mamá, mañana te llevo al doctor.
Ella negó con la cabeza.
—No quiero problemas.
Esa frase se me quedó clavada.
Cuando se lo conté a Esteban, ni siquiera se preocupó. Estaba sentado en la sala, viendo videos en el celular, con los zapatos sobre la mesa.
—Otra vez con lo mismo —dijo—. Tu mamá sabe cómo manipularte.
—Está bajando de peso.
—A su edad todos se secan, Mariana.
—No hables así.
Entonces levantó la mirada, molesto.
—Lo que me molesta es que quieras gastar dinero en estudios inútiles. Bastante tenemos con la renta, la escuela del niño y tus deudas.
Mis deudas, dijo. Como si no hubiera sido él quien me convenció de firmar préstamos “para invertir en un negocio”. Como si no fuera él quien controlaba mis tarjetas, mis horarios y hasta mis visitas a mi madre.
Esa noche no dormí. Esperé a que Esteban saliera temprano al trabajo y fui por doña Rosa sin avisarle a nadie.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, con su rebozo apretado al pecho.
—Al hospital. Y esta vez no me vas a decir que no.
La llevé a una clínica particular pequeña, cerca de Pantitlán. El médico la revisó, le tocó el abdomen y su rostro cambió.
—Necesitamos estudios de inmediato.
Le hicieron análisis, ultrasonido y después una tomografía. Mientras esperábamos, mi celular no dejaba de vibrar.
Esteban.
“¿Dónde estás?”
“Contesta.”
“No hagas tonterías.”
Lo apagué.
Cuando el médico me llamó, entré con las piernas temblando. Mi madre estaba sentada en la camilla, pálida, con los ojos llenos de lágrimas.
El doctor cerró la puerta.
—Encontramos algo —dijo.
—¿Cáncer? —pregunté, sintiendo que se me rompía la voz.
Él señaló la pantalla. No era una mancha. No era un tumor. Era una pequeña pieza metálica, alargada, atrapada dentro del cuerpo de mi madre.
—Esto no debería estar ahí.
Miré a mi mamá.
—¿Qué es eso?
Ella empezó a llorar.
—Perdóname, mija.
Antes de que pudiera preguntarle más, la puerta se abrió de golpe.
Esteban entró furioso, respirando como animal acorralado. Miró la pantalla y se quedó blanco.
No preguntó qué tenía mi madre.
No preguntó si podía morir.
Solo susurró:
—Eso no tenía que aparecer.
Y entonces entendí que no podía creer lo que estaba a punto de pasar…
¿Ustedes qué habrían hecho en el lugar de Mariana: enfrentar a Esteban ahí mismo o esperar a descubrir toda la verdad?
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente