¿CUÁNTO TIEMPO LLEVA EL PALACIO ESCONDIÉNDOLA?
Se me heló la sangre.
El rey espetó: “¡Ciérrenlo!”.
Los funcionarios se apresuraron hacia el equipo.
Pero el mensaje ya había cambiado.
Aparecieron las imágenes.
Yo entrando en la capilla.
Yo caminando hacia el altar.
El rey me llama por mi nombre.
Alexander me miraba fijamente.
Editado, retocado y enmarcado.
Parecía íntimo.
Planificado.
Como una revelación secreta en lugar de una citación de emergencia.
El titular volvió a cambiar.
LA NOVIA DEL PRÍNCIPE HA SIDO DESCARTIFICADA: LA HERMANA, HÉROE DE GUERRA, TOMA SU LUGAR.
Rachel comenzó a reír.
Suavemente al principio.
Luego más fuerte.
Los guardias la sujetaron, pero ella ya no opuso resistencia.
Alexander me miró horrorizado, no porque lo creyera, sino porque comprendía lo que el mundo podría creer al amanecer.
Mi uniforme, mi nombre, mi servicio, mi rostro: todo lo que Rachel había robado estaba siendo utilizado de nuevo.
Solo que esta vez, fue por alguien a quien no pude ver.
El rey se volvió hacia Miranda Vale.
Su sonrisa había desaparecido.
—Yo no hice eso —dijo rápidamente.
Por una vez, parecía sincera.
Las pantallas se pusieron negras.
Luego apareció un último mensaje.
NO TODAS LAS CORONAS SE USAN EN PÚBLICO.
Las puertas de la capilla se abrieron de golpe.
Un joven ayudante del palacio entró corriendo, pálido y sin aliento.
—Su Majestad —dijo con voz temblorosa—. La noticia ya está en todas partes. En todos los medios importantes. En todas las redes sociales. Estaba previsto con antelación.
Rachel inclinó la cabeza hacia mí.
—Te lo dije —susurró.
Pero ella miraba más allá de mí.
No en Alexander.
No al rey.
A alguien que estaba sentado tranquilamente en la última fila.
Me giré.
Un hombre al que no reconocí se levantó de entre los invitados.
Vestía como un diplomático de poca monta, fácil de pasar por alto con su traje oscuro y corbata plateada, y tenía un rostro tranquilo y agradable. Le dedicó a Rachel un leve asentimiento.
Entonces me miró directamente.
Y sonrió como si me hubiera estado esperando mucho más tiempo que ella.
Los guardias avanzaron hacia él, pero la capilla quedó sumida en la oscuridad antes de que pudieran llegar a su fila.
Alguien gritó.
Una puerta se cerró de golpe.
Cuando las luces de emergencia se encendieron segundos después, el hombre ya no estaba.
Y sobre el altar, junto al anillo de bodas abandonado de Alexander, yacía una pequeña tarjeta blanca.
Lo recogí antes de que nadie pudiera detenerme.
Solo había una frase escrita en él.
Bienvenido a la verdadera herencia, Comandante Carter.