Mi hijo me dejó en una banca del aeropuerto mientras él y su esposa viajaban con mis 780.000 pesos.

Cuando entraron a la sala del piso cuarenta y me vieron sentado en la cabecera, Diego se quedó inmóvil.

—Papá…

Fernanda, en cambio, no perdió tiempo. Sus ojos recorrieron la sala, las carpetas, las cámaras y las puertas. Calculaba.

—Siéntense —dije.

Expliqué que el comité revisaría su solicitud, pero que antes necesitaba una respuesta.

—Diego, ¿quién te dijo que si me llevabas a una residencia Rodrigo ayudaría con tu deuda?

Mi hijo miró a Fernanda.

Ella intervino enseguida.

—Eso no tiene relación con la empresa.

—No le pregunté a usted.

Diego apretó las manos.

—Fernanda dijo que tenía contactos en Horizonte. Que si resolvíamos “el problema familiar”, podrían darnos tiempo.

—¿Yo era el problema familiar?

Bajó la cabeza.

—Sí.

En ese instante entendí que mi hijo había hecho algo terrible, pero también que alguien había trabajado durante meses para alimentar su miedo y su egoísmo.

Fernanda se levantó.

—Esto es una emboscada.

Beatriz entró entonces acompañada por Mauricio. Puso sobre la mesa las fotografías, las transferencias y los registros de reuniones con Rodrigo.

La cara de Diego cambió página por página.

—¿Tú trabajabas para él antes de conocerme? —preguntó.

Fernanda no respondió.

Ese silencio fue la primera confesión.

Pero Beatriz todavía no había mostrado lo más extraño.

Sacó una carpeta amarillenta del archivo histórico de Grupo Senda. Dentro había un dibujo técnico fechado treinta y dos años atrás.

Reconocí mi letra en cuanto lo vi.

Después del incendio en el que salvé a Beatriz, fui a verla al pequeño hotel donde se hospedaba. Tenía la mano vendada y no podía dejar de temblar. Para distraerse me habló de un problema con un sensor de presión que quería desarrollar.

Yo era mecánico. Sabía cómo se comportaban la presión, el calor y las piezas sometidas a esfuerzo. Tomé un lápiz y dibujé una solución para distribuir las cámaras alrededor del rotor.

Nunca volví a pensar en aquello.

Beatriz sí.

Aquel diseño terminó formando parte de la primera patente con la que nació Grupo Senda.

—Los documentos originales reconocen a los autores identificados en los anexos técnicos —explicó Mauricio—. Su firma está aquí, don Ernesto. El abogado fundador le asignó una participación del quince por ciento. La firma que llevaba el archivo cerró hace veinte años y nadie digitalizó estas hojas. Encontramos la cláusula al revisar el fideicomiso.

Me reí una sola vez, sin alegría.

—¿Me están diciendo que llevo treinta años siendo socio de una empresa sin saberlo?

—Eso dicen los documentos —respondió Mauricio.

La noticia cambiaba todo. Mi matrimonio con Beatriz ya bloqueaba el traspaso automático de votos a Rodrigo, pero mi participación histórica hacía todavía más difícil que él impugnara su control.

Por primera vez comprendí por qué Rodrigo se había interesado tanto en mí.

No quería únicamente aislar a Beatriz.

Necesitaba neutralizar al hombre cuya firma podía arruinar su plan.

Diego parecía haber envejecido diez años en una hora.

—Papá, yo no sabía nada de esto.

—Yo tampoco. Pero sí sabías que me estabas abandonando.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Sí.

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