Durante 4 días, Elena apenas durmió. No quería destruir el matrimonio de Diego por una sospecha, pero tampoco podía olvidar el terror de Valeria cuando mencionó el hoyuelo de Emiliano.
Encontró a Marta Cárdenas, una investigadora privada que había trabajado en la fiscalía.
—Necesito saber quién era Valeria antes de conocer a mi hijo —dijo Elena—. No busco venganza. Busco la verdad.
Marta le advirtió que esa verdad podía romper a la familia.
—La familia ya está rota. Solo que Diego todavía no lo sabe.
Una semana después, Marta colocó sobre su escritorio fotografías y una copia de un contrato de renta. Valeria aparecía abrazada a Mauricio Salgado, un hombre con cabello negro, ojos oscuros y un hoyuelo profundo en la mejilla izquierda.
—Vivieron juntos casi 2 años en Guadalajara —explicó—. Valeria desapareció cuando estaba embarazada de unas 8 semanas. Cambió de número y su familia dijo que se había ido al extranjero.
Elena sintió rabia y compasión. Diego había sido engañado, pero quizá Mauricio también.
Faltaba una prueba.
La oportunidad llegó cuando Diego la invitó a comer.
—Valeria quiere empezar de nuevo contigo. Ya pasó lo de la boda.
Como si sentarla junto a la basura hubiera sido un simple malentendido.
Elena aceptó. Emiliano estaba en su silla alta, golpeando una cuchara contra la mesa.
—Mira cómo se emociona cuando llega su abuela —dijo Diego.
Elena sintió un nudo. Amaba a ese niño, aunque sospechara que no llevaba su sangre.
Durante la comida, Valeria actuó amable.
—Quiero que Emiliano crezca rodeado de familia.
Cuando el bebé dejó caer la cuchara, Elena la recogió y la guardó en una bolsa limpia. También conservó un vaso desechable que Diego había usado.
Al día siguiente, Marta la acompañó a un laboratorio privado. La química aclaró que cualquier proceso legal requeriría pruebas autorizadas. Elena aceptó. Solo necesitaba saber si estaba equivocada.
Cinco días después llegó el resultado: Diego no era el padre biológico de Emiliano.
Elena lloró. No sintió triunfo. Pensó en su hijo cargando al bebé durante noches enteras, presumiendo sus primeras palabras y ahorrando para una casa. Pensó también en el niño, inocente de las mentiras de los adultos.
Marta le mostró mensajes de una antigua cuenta. En uno, Valeria decía a su madre que Diego era “la oportunidad perfecta” porque tenía trabajo estable y una familia pequeña, fácil de controlar.
La traición había sido planeada.
Elena decidió hablar con Diego en privado, pero Valeria se adelantó y la invitó a una comida por los primeros pasos de Emiliano.
—Vendrán mis papás, mi hermana y algunos amigos —dijo—. Quiero que esta vez se comporte como una verdadera abuela.
Elena cerró los ojos.
Su nuera no sabía que acababa de reunir a todos los testigos que la verdad necesitaba.
Cuando Elena entró a aquella casa con un sobre bajo el brazo, Valeria comprendió demasiado tarde que ya no podía detenerla.
¿Qué debería hacer Elena: hablar a solas con Diego o revelar todo frente a quienes participaron en la humillación? Dejen su predicción antes de leer el final.
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