—Gustavo.
Sergio lo miró con una mezcla de furia y miedo.
—Si está vivo, alguien lo está escondiendo. Y tú tienes una esposa que de pronto desaparece por las noches.
Aquella tarde, Ricardo visitó a su madre, Vera.
Ella le contó que había pasado por la casa del Ajusco mientras Diana trabajaba y había encontrado una taza usada, ropa de hombre y un reloj carísimo sobre la mesa.
—Diana mete a alguien ahí —aseguró—. Yo sabía que esa mujer no era tan santa.
—¿Dónde está el reloj?
—Me lo traje.
Ricardo sonrió.
Para él, todo encajaba de la peor manera: Diana tenía un amante, ese amante conocía secretos de la empresa y quizá era responsable del bloqueo.
No imaginaba que el dueño del reloj era un hombre oficialmente muerto.
Esa noche llegó al Ajusco bajo una tormenta.
Diana apenas abrió cuando él la empujó contra la pared.
—Se acabó el juego. Vas a decirme quién está aquí.
—Suéltame.
—Primero hablas.
—Hazle caso.
La voz salió desde la sala.
Ricardo volteó.
Gustavo estaba de pie frente a la chimenea.
Durante unos segundos, Ricardo fue incapaz de respirar.
—No puede ser…
Gustavo lo miró con calma.
—Eso mismo pensaron quienes pagaron para que me cremaran.
Ricardo soltó a Diana y retrocedió.
Después ocurrió algo que ella nunca olvidaría: el miedo de su marido duró apenas unos segundos.
Luego fue reemplazado por codicia.
—Entonces sí estás vivo —murmuró—. Sergio pagaría lo que fuera por saber dónde estás.
—Si quisieras llamarlo, ya lo habrías hecho.
Ricardo sonrió.
—Podemos negociar. Tú necesitas tiempo. Yo necesito una salida. Me das acciones y yo cierro la boca.
Diana lo miró horrorizada.
—¿Estás tratando de vender la vida de una persona?
—No te metas. Esto es de hombres que entienden negocios.
Gustavo hizo una pausa.
—¿Qué quieres?
—Una participación importante. Y un puesto directivo cuando recuperes la empresa.
—Está bien —respondió Gustavo.
Diana se volvió hacia él, incrédula.
Ricardo salió eufórico después de acordar volver al día siguiente con un notario y un contrato preparado.
Cuando el auto desapareció, Diana cerró la puerta de golpe.
—¿Estás loco?
Gustavo sonrió.
—No voy a firmarle nada. Necesitaba que creyera que ganó.
Aquella misma noche, Enrique coordinó con los abogados de Gustavo una salida discreta. A la mañana siguiente, un helicóptero privado aterrizó en un terreno cercano.
Gustavo debía presentarse ante las autoridades, someterse a estudios médicos independientes y comenzar el proceso para demostrar legalmente que seguía vivo.
Antes de subir al helicóptero, miró a Diana.
—Ven conmigo.
Ella negó con la cabeza.
—Todavía no.
—Aquí corres peligro.
—Tengo a mi tía, mi trabajo y un matrimonio que terminar. No quiero empezar una vida nueva dejando todo lo viejo pudriéndose detrás.
Gustavo sonrió con tristeza.
—Entonces prométeme que vas a divorciarte.
—Eso sí te lo prometo.
Él la abrazó.
—Yo también te debo una promesa. Voy a volver.
Diana quiso responder, pero Gustavo agregó:
—Y no voy a volver como el hombre rico al que salvaste. Voy a volver como alguien que quiere estar contigo, si tú todavía quieres verme.
Diana bajó la mirada.
Durante aquellas semanas había descubierto algo doloroso: no se había enamorado de Gustavo porque tuviera dinero. Se había acercado a él porque la escuchaba, porque nunca la trató como una sirvienta y porque después de tantos años alguien había vuelto a mirarla como una persona.
—Primero regresa vivo oficialmente —dijo ella—. Luego hablamos.
Gustavo rio y subió al helicóptero.
Esa tarde, Diana compró medicinas para Lucía y después regresó al Ajusco para esperar a Ricardo.
Su marido llegó acompañado de un notario.
—¿Dónde está Valdés? —preguntó apenas entró.
Diana abrió los ojos con fingida sorpresa.
—¿Gustavo Valdés? ¿El empresario que murió hace semanas?
El notario frunció el ceño.
—Señor Mendoza, usted me dijo que él firmaría una cesión de acciones.
—¡Estaba aquí ayer!
Diana se llevó una mano al pecho.
—Ricardo, todos vimos en las noticias que ese hombre murió.
El notario sacó el teléfono. Buscó el nombre. Aparecieron decenas de notas sobre la muerte y cremación del empresario.
Su rostro cambió.
—Yo no participo en esto.
—Espere, yo puedo explicarlo —balbuceó Ricardo.
—Explíqueselo a otra persona.
El notario guardó sus documentos y salió.
Ricardo quedó rojo de furia.
—Te crees muy lista.
—No. Solo estoy cansada de tener miedo.
—Pues ya no vuelves al departamento. Hoy mismo cambio las cerraduras.
Diana lo miró fijamente.
—Perfecto. Mañana comienzo el divorcio.
El rostro de Ricardo cambió.
Por primera vez comprendió que ella hablaba en serio.
Durante los días siguientes, la vida de Ricardo comenzó a desmoronarse.
Primero fue Vera.
La mujer llevó el reloj de Gustavo a una joyería de Polanco para preguntar cuánto valía. El empleado comprobó el número de serie y descubrió que la pieza estaba registrada a nombre del empresario supuestamente fallecido.
La policía fue avisada.
Vera terminó declarando ante el Ministerio Público.
Asustada, llamó a su hijo.
—Ricardo, necesito un abogado.
—No tengo tiempo para tus tonterías.
—Hijo, la policía dice que el reloj pertenecía al hombre que murió.
—Pues explícales que no sabes nada.
—Tengo miedo.
—Resuélvelo tú.
Y le colgó.
Vera permaneció varios minutos mirando el teléfono.
Después llamó a la última persona a quien alguna vez habría querido pedir ayuda.
—Diana… necesito que vengas.
Diana pudo negarse.
Recordaba perfectamente cada desprecio de su suegra, cada crítica y cada ocasión en que Vera había defendido los abusos de Ricardo.
Aun así, fue.
Explicó a las autoridades que el reloj había aparecido en su propiedad y que Vera desconocía su procedencia. No mintió sobre lo esencial, aunque dejó los detalles relacionados con Gustavo en manos de los abogados que ya colaboraban con la investigación.
Al salir, Vera lloraba.
—Toda la vida pensé que tú no eras suficiente para mi hijo —confesó—. Y cuando de verdad necesité a alguien, él me abandonó y tú viniste.
Diana respiró profundamente.
—No quiero que me pida perdón para ponerse de mi lado contra Ricardo. Solo quiero que entienda algo: durante años usted le enseñó que podía tratarme como quisiera y que alguien siempre iba a justificarlo.
Vera bajó la cabeza.
—Lo sé.
Aquella conversación terminó de romper las últimas ilusiones que conservaba sobre su hijo.
Días después decidió vender su departamento y mudarse con una hermana a Querétaro. También modificó su testamento.
Ricardo perdió así a la última persona que siempre había defendido todo lo que hacía.
Pero su peor error estaba por venir.
Sergio lo llamó a su oficina.
Sobre el escritorio había impresiones de movimientos internos y fotografías tomadas por el investigador que Ricardo había contratado.
—Tu esposa escondió a Gustavo —dijo Sergio—. Quiero que la hagas hablar.
Ricardo tragó saliva.
—Ya nos estamos divorciando.
—Mejor. Tendrás una razón para verla. Quiero saber dónde está mi hermano antes de que aparezca ante la Fiscalía.
—¿Y después qué?
Sergio sonrió.
—Después terminamos lo que el hospital no pudo terminar.
Incluso Ricardo sintió repulsión.
Por primera vez comprendió hasta dónde estaba dispuesto a llegar aquel hombre.
Pero en vez de levantarse, denunciarlo y marcharse, pensó en la promoción perdida, en el dinero, en las acciones prometidas.
Y aceptó.
Eso terminó de condenarlo.
Lo que ninguno de los dos sabía era que Gustavo ya había comparecido ante las autoridades.
Los médicos independientes encontraron indicios compatibles con una intoxicación provocada y documentaron lesiones que no coincidían con la versión oficial de su supuesta muerte.
Los abogados obtuvieron medidas para preservar expedientes clínicos, cámaras de seguridad, registros de medicamentos y comunicaciones internas.
Dos empleados del hospital aceptaron declarar.
La grabación de Diana, aunque corta, coincidía con fechas, modificaciones irregulares del expediente y movimientos de medicamentos que no estaban justificados.
La doctora Gabriela Ortega fue suspendida.
Sergio quedó bajo investigación por tentativa de homicidio, falsificación de documentos y fraude.
Ricardo todavía no sabía nada.
El día de la audiencia de divorcio, Diana llegó al juzgado familiar con un vestido sencillo y una carpeta pequeña.
No quiso pelear por el departamento.
No quería pasar años atada a Ricardo por unos muebles o unas paredes.
Solo exigió recuperar sus objetos personales y terminar legalmente aquella relación.
Ricardo convirtió la audiencia en un espectáculo.
La llamó infiel.
Mentirosa.
Desagradecida.
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