Solo comenzaron a sacar la vida de Daniela de mi departamento como quien retira santos de una casa maldita.
Su mamá encontró los zapatitos blancos sobre la mesa y se llevó una mano al pecho.
Daniela los tomó antes de que yo pudiera decir nada y los guardó en su bolsa.
Mariana permaneció junto a la pared, con la cara mojada, esperando que alguien la corriera también.
La tía quiso decirle algo, pero Daniela levantó la mano.
No la defendió con cariño, la defendió con dignidad.
Dijo que lo de Mariana lo arreglarían ellas, lejos de mí, porque ningún hombre que las había roto merecía presenciar cómo intentaban pegarse los pedazos.
Esa frase me hizo entender que mi castigo no era perder a 1 mujer, sino quedar afuera de una historia donde incluso el dolor tenía más lealtad que yo.
Intenté ayudar cargando una caja, pero don Ernesto me la quitó de las manos y dijo que lo único que yo podía cargar era mi vergüenza.
Daniela entró por última vez al cuarto.
Sacó su ropa, sus cremas, la foto de su abuela y la libreta donde apuntaba gastos para nuestro supuesto futuro.
Cuando salió, el departamento parecía más grande, pero no porque hubiera espacio, sino porque ya no quedaba amor ocupándolo.
Mariana se acercó a su hermana y le pidió perdón otra vez.
Daniela no la abrazó.
Tampoco la apartó.
Solo le dijo que ser sangre no le daba derecho a destruirla, pero que quizá algún día podrían hablar sin que mi sombra estuviera sentada entre las 2.
Después me miró.
Yo le supliqué una oportunidad, no para volver, sino para demostrar que podía cambiar.
Daniela respiró hondo y me respondió que ojalá cambiara, pero no por ella, ni por Mariana, ni por un hijo imaginario; que cambiara antes de encontrar a otra mujer buena y convertir su confianza en una trampa.
Luego dejó la llave sobre la mesa y se fue.
Mariana salió detrás, mirando al piso, y por primera vez no sentí celos, ni deseo, ni rabia.
Sentí miedo de lo fácil que había sido destruir a 2 hermanas que antes se defendían del mundo tomadas de la mano.
Esa noche me quedé solo con el eco de los mensajes, con los sobres amarillos abiertos y con la grabación de mi propia voz repitiendo verdades que ya no servían para salvar nada.
Durante meses pensé que Daniela había inventado 2 embarazos para vengarse.
Hoy entiendo que inventó 2 futuros para obligarme a mirar lo que yo habría hecho con ellos.
Y cada vez que paso por una tienda de ropa de bebé y veo unos zapatitos blancos en el aparador, recuerdo que no perdí un hijo, ni 2 mujeres, ni una familia.
Perdí el único lugar donde alguien todavía creía que yo podía ser un hombre decente.