PARTE 1
—Esta casa no mantiene a mujeres flojas que llegan a echarse bajo el aire acondicionado como reinas.
Eso fue lo primero que me dijo mi suegra aquella tarde de junio, cuando yo apenas llevaba 10 minutos sentada en la orilla de la cama, con la blusa empapada de sudor y la cabeza partiéndoseme por el calor.
Me llamo Mariana Salgado, tengo 32 años y trabajo como gerente financiera en una constructora de la Ciudad de México. Ese domingo había salido de emergencia a la oficina porque un pago importante venía mal cargado y, si no lo corregíamos antes del lunes, la empresa podía perder un contrato. Desde las 8 de la mañana hasta casi las 2 de la tarde no probé más que café. Le mandé mensaje a mi esposo, Diego: “Tu mamá y tú coman primero. Yo llego tarde, pero regreso y recojo todo.”
Lo leyó. No respondió.
Cuando llegué a la casa de sus padres, en la colonia Narvarte, el calor subía desde la banqueta como si la ciudad entera fuera un comal. Abrí la puerta y olí pollo en mole, arroz rojo y tortillas recién calentadas. En la mesa estaban mi suegra, doña Teresa, y Diego, terminando de comer. Mi plato estaba apartado en una esquina, frío, con un pedazo seco de pollo y arroz apelmazado.
—Mira nada más la hora —dijo doña Teresa, dejando caer la cuchara con fuerza—. Mientras una vieja como yo cocina, la señora anda en la calle, muy ejecutiva, muy importante.
—Tuve una emergencia en el trabajo —respondí con la garganta seca—. Le avisé a Diego. Solo voy a cambiarme y ahorita lavo los trastes.
Miré a mi esposo esperando que dijera algo. Nada. Diego siguió quitándole carne al hueso del pollo como si yo fuera un ruido molesto en la habitación.
—Trabajar, trabajar —se burló mi suegra—. ¿Cuánto ganas para creer que puedes abandonar tu casa? Una mujer vale por cómo atiende a su marido, no por el título que trae en la bolsa.
No contesté. Me dolía más el silencio de Diego que las palabras de ella.
Entré al cuarto. Estaba sofocante. Ese aire acondicionado lo había comprado yo 2 años antes, después de remodelar la casa, porque Diego se quejaba de que no podía dormir. También había pagado la cocina, los tubos, la pintura, el refrigerador, la lavadora y hasta la mesa donde mi suegra acababa de insultarme.
Me quité los tacones, encendí el aire y cerré los ojos un momento. Solo quería respirar.
No pasaron ni 10 minutos cuando el aire se apagó de golpe.
Salí al pasillo. La televisión seguía encendida. El ventilador de la sala también. No era un apagón. Doña Teresa estaba parada junto al tablero eléctrico, con los brazos cruzados.
—¿Qué hizo? —pregunté.
—Apagar el desperdicio —respondió—. Llegas tarde, no lavas, no sirves, y todavía quieres gastar luz. Esta casa no sostiene mujeres mantenidas.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—Yo pago la luz, doña Teresa.
Diego salió con el celular en la mano.
—Mariana, no empieces. Mi mamá tiene razón. Acabas de llegar. Ayúdala primero y después descansas.
Lo miré fijo.
—¿Leíste mi mensaje?
—Sí, pero eso no significa que mi mamá tenga que atenderte.
Entonces entendí. No era el aire acondicionado. No era el plato frío. Era yo, viviendo de puntitas en una casa que todos disfrutaban gracias a mí.
Entré al cuarto, saqué una maleta café del clóset y empecé a guardar mi ropa, documentos, tarjetas y una foto de mi papá.
Diego se asomó.
—¿Ahora vas a hacer drama por un apagador?
Doña Teresa apareció detrás de él.
—Vete. A ver cuánto duras sin techo ni comida de tu marido.
Cerré la maleta. Tomé mi celular y llamé al licenciado Armando Rivas.
—Licenciado, prepare los papeles. Quiero recuperar la casa de la Narvarte. Ya no voy a permitir que Diego y su madre sigan viviendo aquí a mis costillas.
Diego palideció.
—¿Recuperar la casa? ¿De qué estás hablando?
Miré a mi suegra por primera vez sin bajar la cabeza.
—No se preocupe, doña Teresa. Me voy. Pero antes voy a devolverle la casa como usted la quiere: sin aire acondicionado, sin televisión, sin agua y sin una nuera a quien humillar.
Y caminé hacia el tablero eléctrico.
PARTE 2 Continua en la siguiente pagina