PART 3:
sabe qué pasaría. —Camila… —dijo, ahora con voz quebrada. Entonces escuchó algo. Una tos. Pequeña. Ahogada. Venía del salón principal. Elena caminó hacia el ruido con el alma colgando de un hilo. Al doblar la esquina, vio a Rosa inmóvil junto a la barra, con la boca abierta. Vio al gerente pálido como una servilleta. Vio a los hombres de seguridad de Moretti quietos, sin saber si intervenir. Y luego vio a su hija. Camila estaba en medio del salón, junto a la mesa siete, con la cara roja, los ojos llenos de lágrimas y una mano apretada contra el pecho. Su muñeca había caído al suelo. Respiraba con dificultad, como si cada bocanada de aire tuviera que pelearla. Elena corrió. —¡Camila! Pero antes de que llegara, Dante Moretti ya se había levantado. En un movimiento inesperadamente suave, aquel hombre al que toda la ciudad temía se arrodilló frente a la niña. —Hey, pequeña —dijo con voz baja—. Mírame. Respira conmigo. Camila intentó responder, pero solo salió un sonido roto. Elena cayó de rodillas a su lado. —Tiene asma —balbuceó—. Su inhalador… Dios mío, está en la mochila. —¿Dónde? —preguntó Moretti, sin apartar la mirada de la niña. —En la oficina de atrás. Uno de sus hombres salió disparado antes de que él dijera nada. Elena sostuvo la carita de su hija. —Mi amor, mírame. Mamá está aquí. Camila abrió la boca buscando aire. Sus labios empezaban a perder color. Elena sintió que se moría. El gerente apareció detrás de ella, furioso y asustado a la vez. —Elena, ¿qué significa esto? ¿Trajiste una niña al restaurante? Ella no contestó. No podía. Solo podía mirar a su hija. Moretti levantó una mano, sin siquiera girarse. —Silencio. Una sola palabra. El gerente cerró la boca. El hombre regresó con la mochilita rosa. Elena la abrió con dedos torpes, revolviendo colores, galletas, la bufanda, el cuaderno. No estaba. Elena recordó entonces, con un terror helado, que por la mañana había sacado el inhalador para revisar cuánto quedaba. Lo había dejado sobre la mesa de la cocina. —No está —susurró. Rosa se llevó las manos a la boca. —Llamen al 911 —ordenó Moretti. —Ya —dijo uno de sus hombres. Camila se dobló hacia adelante. Elena la abrazó, llorando sin ruido. —Perdóname, mi amor. Perdóname. Dante Moretti miró a la niña durante un segundo largo. Algo cambió en su rostro. La dureza se quebró apenas, como una pared vieja dejando pasar una luz escondida. —Mi hija también tenía asma —dijo. Elena lo miró, confundida entre el miedo y la desesperación. Moretti se quitó el saco y envolvió con él los hombros de Camila. —No la acuestes. Mantenla sentada. Tranquila. Que no sienta tu pánico. Era una orden, pero también era una súplica. Elena intentó controlar su llanto. Pegó su frente a la de Camila. —Respira conmigo, mi cielo. Uno… dos… uno… dos… Camila temblaba. Los minutos hasta que llegó la ambulancia parecieron años. Nadie en el restaurante se movía. Los clientes observaban en silencio. Algunos