El pequeño café olía a canela y a espresso ligeramente quemado. Estaba en una calle tranquila de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Era uno de esos lugares donde la gente iba cuando necesitaba esconderse un momento del caos de la vida.
En una tarde nublada de martes, Lucía Herrera estaba sentada en un booth en la esquina, cerca de la ventana. Llevaba una sudadera gris holgada que claramente había sido usada durante años. Su cabello estaba simplemente recogido en un moño desordenado que no tenía nada que ver con la moda.
También había elegido sus jeans más viejos — aquellos con una pequeña mancha en la rodilla causada por un accidente con espagueti que prefería olvidar.
No llevaba maquillaje.
Ni un poco.
Cada detalle de su apariencia había sido cuidadosamente elegido.
Lucía miró su celular por tercera vez en cinco minutos, resistiendo la tentación de escribirle a Carla, su mejor amiga, quien había organizado aquella cita a ciegas.
La verdad era simple.
Había aceptado porque era más cansado decirle que no a Carla que venir a la cita.
Después de tres años de relaciones fallidas y un compromiso humillante que terminó cuando su prometido desapareció llevándose todos sus ahorros, Lucía había creado su propia regla.
Verse lo menos atractiva posible en la primera cita.
Para obtener más información,continúa en la página siguiente