PART 2:
un juez. —¿Qué pasa? —preguntó Elena a Rosa, la otra mesera. Rosa se persignó discretamente. —Dicen que viene Dante Moretti. Elena sintió que se le enfriaba la sangre. En Chicago, hasta quienes no sabían nada sabían quién era Dante Moretti. Su nombre aparecía en susurros, en rumores, en notas de periódico que nunca decían suficiente. Algunos lo llamaban empresario. Otros, criminal. Otros simplemente bajaban la voz y cambiaban de tema. Decían que era dueño de media ciudad sin aparecer en ningún documento. Que jueces, políticos y hombres armados le debían favores. Que no perdonaba traiciones. Que había sobrevivido a tres intentos de asesinato y jamás había denunciado a nadie, porque los problemas de Dante Moretti desaparecían antes de llegar a la policía. Y Elena acababa de meter a una niña de cuatro años en el restaurante donde él iba a cenar. Durante la primera hora, todo salió bien. Camila se quedó en la pequeña oficina de inventario, sentada sobre una caja de servilletas, dibujando casitas torcidas y soles gigantes. Elena entraba cada pocos minutos con agua, un trocito de pan, una sonrisa rápida. —¿Te estás portando bien? —Sí, mami. —Eres mi campeona. Pero el restaurante empezó a llenarse de tensión. A las siete en punto, tres hombres entraron primero. Grandes, serios, con abrigos oscuros y miradas que recorrían el salón como perros entrenados. Luego entró él. Dante Moretti no era como Elena lo había imaginado. No gritaba. No caminaba con prisa. No necesitaba demostrar nada. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, alto, vestido con un traje gris impecable, el cabello oscuro con algunas hebras plateadas y una cicatriz fina junto a la mandíbula. Tenía una calma tan pesada que el aire parecía obedecerlo. Cuando cruzó el salón, las conversaciones murieron solas. Elena bajó la mirada. —Tú atiendes la mesa siete —le dijo Whitmore al oído. —¿Yo? —susurró ella, aterrada. —Eres la más discreta. No hables de más. No tropieces. No molestes. Elena tragó saliva y caminó hacia la mesa con una botella de agua mineral en la mano. Sus dedos temblaban, pero logró servir sin derramar. —Buenas noches, señor Moretti. Él levantó los ojos hacia ella. No eran crueles. Eso la sorprendió. Eran cansados. —Buenas noches. Nada más. Elena volvió a respirar cuando se alejó. Pasaron veinte minutos. Luego treinta. Ella corrió entre mesas, pedidos, copas y platos, pensando en Camila cada vez que pasaba cerca del pasillo trasero. En un momento, escuchó una risita pequeña. Se detuvo. La puerta de la oficina estaba entreabierta. El corazón le dio un golpe. Entró rápido. Camila no estaba. Elena sintió que el mundo se le vaciaba bajo los pies. —Camila —susurró. Miró detrás de las cajas. Debajo del escritorio. En el baño del personal. Nada. La música suave del restaurante siguió sonando como una burla. Elena salió al pasillo con las piernas flojas. Quiso gritar, pero no podía. Si el gerente descubría a su hija, la despediría. Si los guardias de Moretti la encontraban correteando por el salón, quién sabe…