Parte 2.
—Claudio Reyes Hinojosa —dijo la muchacha del banco—. La cuenta está a nombre de Claudio Reyes Hinojosa. Abierta hace cuatro años. ¿Le ayudo en algo más, señora?
Le dije que no. Colgué.
Mi hijo.
Ya lo sabía. Llevaba media hora sabiéndolo. Pero una cosa es saberlo aquí adentro y otra es oír su nombre completo en la boca de una desconocida, igualito que cuando se lo dictaron a la enfermera el día que nació.
Cuatro años. Cada mes, sin faltar uno, yo mandando dinero “para la escuela de Valentina” a la cuenta de mi propio hijo.
Y cada domingo él hablándome para contarme que mi nieta ya no me quería.
Me senté en la silla de la cocina. El café seguía ahí, frío, el mismo de la mañana. Ni lo había tocado.
No lloré. Otra vez no lloré. Me dio un coraje que no me cabía en el pecho.
Agarré el bolso. Iba a ir a verlo a la cara. A preguntarle de frente cómo se atreve uno a hacerle esto a su madre.
Lo que no me imaginaba es que, cuando llegara a su casa, él no iba a estar.
Ni esa tarde. Ni desde hacía mucho.
Claudio vivía en un departamento por la López Mateos. Toqué. Nada. Toqué otra vez, fuerte, con el coraje en los nudillos.
Salió la vecina de enfrente. Una señora amable, Doña Carmen.
—¿Busca a Claudio? —me dijo—. Ay, señora, él casi no para aquí. Está más en el hospital que en su casa.
Me le quedé viendo.
—¿Cómo en el hospital?
Y ahí Doña Carmen se dio cuenta de que yo no sabía nada. Se le descompuso la cara.
—Pensé que usted… discúlpeme. No me haga caso.
Le agarré el brazo. Le dije que yo era su madre. Que por favor me dijera.
Me contó que Claudio llevaba más de un año entrando y saliendo del IMSS. Que lo había visto bajar de peso así —y juntó dos dedos, dejando un huequito chiquito entre ellos—. Que una vez tuvo que ayudarlo a subir las escaleras porque solo no podía.
Más de un año.
Más de un año de domingos. Más de un año de “¿ya comiste, má?, ¿ya te tomaste la pastilla?”.
Él preguntándome a mí por mi pastilla.
Me agarré del barandal de la escalera y me quedé quieta un rato largo, sin saber para dónde caminar.
Y aquí quiero que me entiendan una cosa, porque luego la gente cree que una perdona así nomás, de golpe. No. Yo seguía furiosa. Me había robado cuatro años. Me había mentido cada domingo. Le había dicho a mi nieta que su abuela no la quería.
Nada de eso se borra porque alguien esté enfermo.
Pero algo empezó a moverse adentro. Como cuando le quitas la primera capa a la cebolla y ya pica distinto.
Me acordé de un domingo, hará unos meses, que lo oí ronco. Le pregunté qué tenía. “Una gripa, má, no es nada.” Le dije que se cuidara, cambié de tema y le pregunté si venía a comer.
Una gripa.
Esa palabra se me quedó atorada todo el camino de regreso. Porque todavía me faltaba lo peor de saber, y no era en el hospital. Era en mi memoria.
No fui al IMSS ese día. No me dio el cuerpo. Me fui a mi casa y me senté en el patio, donde me siento siempre.
Y empecé a hacer una cosa que no le recomiendo a nadie: empecé a volver a oír, una por una, las llamadas de los domingos. Como quien vuelve a pasar las fotos de un velorio.
Doce años creyéndolo el bueno. El que se quedó. El único que llamaba.
Y aquí me tengo que confesar algo feo, porque si no, no sirve que les cuente esto.
Durante doce años yo presumí a Claudio. En el club de tejido, con las comadres, yo era la señora del hijo bueno. “El mío sí me llama”, decía, como dándome golpecitos de pecho. Y de Valentina, de mi propia nieta, yo decía que había salido malagradecida, que se había ido con el bando de la mamá, que ya ni se acordaba de su abuela.
Lo decía con la boca llena. Repitiendo, palabra por palabra, lo que Claudio me metía cada domingo.
Yo ayudé a manchar a mi nieta sin saberlo. Esa es mi parte, y no me la quita nadie.
Seguí pasando las llamadas. Me acordé de que en los últimos meses ya casi no me contaba del trabajo. Yo pensé que andaba ocupado.
Me acordé de una vez, hace como medio año, que al colgar me dijo: “Te quiero, má.” Así, sin venir a cuento. Yo me reí. Le dije: “Ay, ¿y ahora? ¿qué hiciste?”. Pensé que se había peleado con alguien, que andaba sentimental.
No andaba sentimental. Se estaba despidiendo de a poquito, domingo con domingo, y yo lo tomaba a broma.
Me acordé de la última vez que lo vi en persona, en mi cumpleaños. No quiso comer casi nada. “Es que almorcé tarde, má.” Yo le insistí con el guisado. Me dio coraje que no comiera. Le dije que estaba muy flaco, que las mujeres lo iban a confundir con un perchero. Nos reímos.
Estaba flaco porque se estaba muriendo en mi cara, y yo le ofrecía más arroz.
Eso es lo que nadie te cuenta de querer a alguien: que puedes estar viéndolo todos los domingos y no verlo.
Y mientras repasaba todo eso, en el patio, con la tarde cayéndose, me empezó a doler una pregunta distinta. Ya no era “¿por qué me robó?”. Era otra, más callada, que dolía más.
Era: ¿por qué no me dejó?
Yo soy su madre. Yo le habría dado todo. Los ahorros, la casa, la sangre si hiciera falta. Le habría limpiado la baba y le habría cantado como cuando era chiquito. ¿Por qué prefirió cargar él solo, y de paso que yo lo creyera un ladrón, antes que dejarme ser su mamá una última vez?
Me dieron las tres de la mañana sentada en esa silla del patio, con el suéter encima, sin entrar.
Y todavía no entendía nada. Todavía me faltaba oírlo de su boca. Porque hay preguntas que una no puede dejar colgando, aunque la respuesta venga a terminar de partirla.
A la mañana siguiente agarré el camión al IMSS.
Lo encontré en una cama de hospital, pegado a un suero.
Y por un segundo no lo reconocí.
El hombre de las cuarenta fotos, el que estaba hasta adelante con la copa en alto, sonriendo en el casamiento de su hija… ese hombre no estaba ahí. En la cama había uno más viejo que yo, con la piel pegada al hueso y los ojos hundidos.
Apenas me vio, se quiso tapar con la sábana. Como un niño al que cachas haciendo algo.
—Má —me dijo, con un hilito de voz—. Te dije que no vinieras.
—Tú nunca me dijiste que vinieras —le contesté.
Y ahí, parada a los pies de esa cama, le solté todo. Que sabía lo de la cuenta. Que sabía lo del dinero. Que sabía que le había dicho a Valentina que yo renegaba de ella.
No lo negó. No tuvo fuerzas ni para negarlo.
—¿Por qué, Claudio? —le pregunté—. El dinero te lo daba si me lo pedías. ¿Por qué le hiciste creer eso a la niña?
Cerró los ojos. Tardó.
—Porque si ustedes hablaban —dijo—, ibas a venir. Y si venías, ibas a ver esto.
Señaló con la barbilla su propio cuerpo. El suero. La cama.
—¿Y eso qué? —le dije—. Soy tu madre.
—Por eso —dijo—. Porque eres mi madre. Y una madre no debería enterrar a un hijo. Te quise ahorrar el año más feo de tu vida.
Me quedé sin aire.
Parte 3. Continua en la siguiente pagina