PARTE 2
El almacén parecía un lugar donde uno guarda muebles viejos, no secretos capaces de cambiar una vida. Julián estaba afuera, con barba de varios días y ojeras profundas. Nos metió al local, bajó la cortina y encendió una lámpara portátil. Adentro había mesas con carpetas, fotos, líneas de tiempo y nombres de mujeres que yo no conocía, pero que de pronto sentí demasiado cerca.
—Desde que Diana me llamó llorando después de renunciar, empecé a revisar a Mauricio —dijo—. Ha estado internado varias veces en 15 años. Siempre convence a alguien de que está estable. Siempre sale. Y siempre hay una mujer cerca que termina muerta o desaparecida en circunstancias “explicables”.
Diana se cubrió la boca.
—Yo debí hacer más.
—No —dijo Julián con firmeza—. Tú reportaste. Hay correos, incidentes, notas clínicas ignoradas. El sistema falló, no tú sola.
Nos explicó el problema: casi todo lo que teníamos era fuerte moralmente, pero débil legalmente. El expediente estaba obtenido de forma irregular. Las muertes anteriores estaban separadas por años y jurisdicciones. Mauricio tenía familia con dinero y abogados listos para decir que todo era paranoia de una exenfermera.
—Necesitamos prueba limpia —dijo Julián—. Prueba de que intentó entrar, de que venía preparado y de que su objetivo eras tú.
No me gustó la palabra objetivo. Me gustó menos el plan.
Julián había contactado a Patrick Salas, un exdetective que ahora asesoraba a víctimas de acoso. Patrick ya había hablado con policías de confianza de la fiscalía. Rentaron un departamento señuelo bajo otro nombre, con cámaras ocultas autorizadas por el arrendador y vigilancia cerca. No me dejarían sola. Diana estaría conmigo. Julián monitorearía todo desde una camioneta a 2 calles. Patrick coordinaría la intervención.
—Mauricio te está cazando porque cree que decide el lugar y el momento —dijo Patrick cuando llegó—. Vamos a quitarle eso.
Hicimos publicaciones discretas desde una cuenta vieja de Diana: que yo estaba quedándome con una amiga unos días, que necesitaba descansar, que no iría a trabajar. No pusimos dirección, solo pistas suficientes para alguien que ya me vigilaba. Fue horrible actuar vulnerable a propósito. Cada minuto sentía que estaba invitando al monstruo.
El departamento señuelo era frío, casi vacío. Un sillón, una mesa, cortinas claras, una cama que nadie pensaba usar. Cenamos sopa instantánea sin hambre. Diana intentó bromear, pero se le quebraba la voz. A las 6:34 de la tarde, Julián escribió: “Entró al edificio con uniforme de repartidor.”
Sentí que el estómago se me caía.
El primer toque a la puerta fue suave.
Diana miró por la mirilla.
—¿Quién?
—Entrega para Nora —dijo una voz tranquila.
—Aquí no vive ninguna Nora.
—Disculpe.
Pero por la rendija vi sus ojos recorriendo la sala. No miraba como repartidor. Miraba como dueño. Cuando se fue, Patrick informó que no se había alejado; estaba afuera, vigilando el acceso.
La noche se volvió interminable. Apagamos luces para fingir que dormíamos. Diana tenía gas pimienta. Yo tenía las manos vacías, porque Julián dijo que mi papel era sobrevivir, no pelear. A la 1:42 llegó otro mensaje: Mauricio había comprado cinta, cuerda y bolsas negras en una tienda cercana. La policía ya estaba lista, pero necesitaban que intentara entrar para asegurar el caso.
El primer sonido vino de la puerta: un raspón mínimo en la cerradura. Después silencio. Luego otro ruido, esta vez del cuarto. La ventana se estaba abriendo desde la escalera exterior.
Diana me tomó del brazo. Vimos a Mauricio entrar por la ventana con movimientos cuidadosos. Traía una mochila y algo metálico en la mano. Cuando pisó el suelo, Diana gritó para atraerlo hacia las cámaras.
—¡Mauricio, detente!
Él giró. Su rostro no tenía furia. Tenía una felicidad espantosa.
—Diana, trajiste a Nora. Sabía que lo entenderías.
Se movió hacia mí. Diana le lanzó gas pimienta directo a la cara. Mauricio gritó y avanzó a ciegas. En ese instante Julián abrió la puerta principal con Patrick y 3 policías detrás.
—¡Al suelo!
Mauricio no obedeció. Tropezó, intentó correr hacia mí y Julián lo derribó desde un costado. La mochila cayó abierta: dentro había cinta, una libreta, guantes y el vestido blanco doblado con cuidado. Los policías lo esposaron mientras él repetía:
—No entienden. Era nuestra ceremonia.
Diana empezó a llorar sin hacer ruido. Yo no podía moverme.
Patrick bloqueó mi vista cuando Mauricio intentó mirarme.
—Sáquenlo.
Mientras lo llevaban al pasillo, él gritó:
—¡Nora, esto no termina! ¡Lo nuestro ya estaba escrito!
Pero por primera vez, su voz no sonó como destino. Sonó como un hombre esposado.
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