Parte 2 :
—Fernando se está muriendo.
Eso fue lo primero que me dijo Samuel. Sin adornos. Como si lo hubiera tenido atorado en la garganta ocho meses y por fin alguien le abriera la reja.
Yo tenía el teléfono en una mano y la llave del cajón en la otra. La llave donde había encerrado los papeles la noche anterior, muy digna, muy valiente.
Se me resbaló al piso. Ni me agaché por ella.
—¿Qué?
—Riñones. Los dos. Desde el año pasado.
Yo quería que me repitiera lo de la comida, lo de la camioneta, lo de su mamá descarada. Quería seguir teniendo la razón. Es feo decirlo, pero es cierto: en ese segundo lo que más me dolió no fue mi cuñado. Fue quedarme sin mi coraje.
Porque llevaba una semana entera siendo la buena de la película.
Y en una frase, Samuel me la quitó.
—¿Por qué no me dijiste? —le grité—. ¿Por qué me dejaste odiarlos ocho meses?
Del otro lado se quedó callado. Nomás lo oía respirar, como cuando llega del taller y no puede ni con los zapatos.
Y luego dijo una cosa que todavía no me cabe en la cabeza:
—Porque a ti, precisamente, era a la que no te podíamos decir.
Colgué y me subí a la camioneta. A la de la pelea. Manejé al taller con las manos temblando en el volante, y en el camino me fueron cayendo los veintes uno por uno, y cada uno pesaba más que el anterior.
Fernando lleva ocho meses conectado a una máquina tres veces por semana. Cada tercer día. Lunes, miércoles, viernes. En el IMSS, hasta el otro lado de la ciudad.
Cada tercer día.
Y me acordé del tío. De lo único que mi suegra le preguntó antes de que le firmara el traspaso: que si la camioneta aguantaba bien el camino largo, ida y vuelta, cada tercer día.
No era para un regalo de cumpleaños.
Era para no llevar a su hijo en dos camiones y un micro, vomitando, después de que una máquina le lavara la sangre.
Y yo le arranqué los papeles de las manos. Y la corrí de mi cocina. Y me sentí valiente.
Llegué al taller. Samuel estaba sentado en el piso, entre las llantas, con la cara gris.
Me contó lo demás despacio, como quien desconecta algo que puede tronar.
Fer casi no come. Lo que le dan en el hospital lo devuelve. Lo que le cocina su mamá, lo devuelve.
Hubo una sola cosa que le cayó bien, desde el principio, y ni él supo por qué.
Lo que yo cocino.
—El miércoles pasado mi mamá no fue al taller porque “andaba por ahí” —me dijo Samuel, y ya no me veía a los ojos—. Fue porque Fer amaneció sin querer nada, y dijo que a lo mejor la comida de la esposa de Samuel sí se le pasaba.
Me dolió en un punto exacto del pecho. Como cuando te clavan algo fino y no lo ves entrar.
Llevaba meses dándole de comer a un muchacho que se muere.
Y no lo sabía.
Pero todavía no entendía lo peor. Lo peor no era la enfermedad. Lo peor era por qué Fer, precisamente él, había pedido que a mí me dejaran afuera. Y a eso voy.
Me tuve que sentar en la banqueta del taller un rato, porque las piernas no me respondían.
Y ahí, sentada, me acordé de Fernando. Del de antes. Del que yo conocí.
Cuando me casé con Samuel, yo era la de fuera. La que no tenía apellido en esa familia. En la fiesta, nadie me sacaba a bailar, todos en su bolita, y yo ahí parada con mi vestido, sintiéndome de adorno.
El que se paró fue Fernando. El “bueno para nada”. Me sacó a bailar una cumbia y me dijo al oído, muerto de risa: “Eres la única de aquí que me cae bien. Los demás nomás cuentan billetes.”
Yo me reí. Me cayó bien también. Ese Fernando.
Y llevaba ocho meses diciéndole “el mantenido”. “El flojo”. “El que se la pasa de fiesta.”
Mientras una máquina le sacaba la sangre para devolvérsela limpia, cada tercer día, yo lo llamaba flojo en mi propia cocina.
Les voy a confesar algo que todavía no me deja dormir.
En esos ocho meses, cuando Samuel llegaba callado, con la mirada baja, yo creía que era por su mamá. Me daba coraje que se dejara. Le decía: “ya ponle un alto a tu familia, siempre igual, siempre exprimiéndote.”
Lo estaba regañando por cargar a su hermano moribundo en silencio.
Y él me dejaba regañarlo. Agachaba la cabeza y me aguantaba.
Porque había jurado.
Me acordé de la voz de mi suegra quebrándose en el teléfono el día que Samuel le reclamó lo de la comida. Yo lo tomé por teatro de vieja manipuladora.
Era una mamá que acababa de quitarle el almuerzo a un hijo para dárselo al otro que se le iba, y que no lo podía decir.
“Andaba por ahí.”
Andaba saliendo del hospital.
Hay odios que uno arma con mucho cuidado, ladrillo por ladrillo, nomás para no tener que ver lo que hay del otro lado de la pared.
Esa misma tarde manejé a casa de mi suegra. La camioneta de la pelea, otra vez, pero ahora para otra cosa.
Toqué. Abrió con la cara de quien ya no tiene fuerza ni para pelear.
Nos quedamos las dos en la puerta, mirándonos. La ladrona y la descarada.
—Ya sé lo de Fernando —le dije.
Se le arrugó toda la cara. Pero no lloró. Las mamás así no lloran enfrente de una; lloran cuando cierras la puerta.
Me dejó pasar.
—¿Por qué no me dijeron? —le pregunté.
—Porque él no quiso.
—Es mi cuñado. Yo tenía derecho a…
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